La familia se instaló en los altos de la casa
situada en la Grand Rue 105, propiedad del abogado
Alfred Gerard, director de la Biblioteca Pública
de la ciudad, quien ocupaba la planta baja del
edificio. Hasta aquel sosegado retiro le llegaron
a San Martín las insistentes invitaciones de
tres gobernantes de países americanos para que
se trasladara a las patrias que había ayudado
a fundar: Argentina, Chile y Perú. La decisión
de vender su dilecta residencia de Grand Bourg,concretada
el 14 de agosto de 1849, parecía confirmar su
decisión de alejarse de la convulsionada Francia.
Solamente rescató los muebles y pertenencias
de su dormitorio, que trasladó a su habitación
de Boulogne-sur-Mer, y que hoy se hallan resguardados
en una sala de nuestro Museo Histórico Nacional,
respetando la distribución que tuvieron en los
altos de Gerard. Estos muebles revelan la sobriedad
de ambientes en que desarrollaba su vida cotidiana,
pautada por hábitos estoicos.
En Boulogne-sur-Mer se agudiza el mal de cataratas
en ambos ojos, que empezó a presentarse en 1845
y que había de limitarlo sensiblemente provocándole
una acentuada desazón. La ceguera gradual le
impidió el goce de la lectura, a la que era
tan afecto, y la redacción de sus cartas, de
lo que se lamenta en reiteradas ocasiones. También
lo obligó a una mayor reclusión y a espaciar
sus paseos vespertinos con sus nietas Mercedes
y Josefa, por las que tenia entrañable cariño
y quienes a veces le servían de lazarillo. El
mismo había dicho, veinte años antes, en una
carta al general Miller, en la que se quejaba
de su incomodo reumatismo: "en casa vieja todas
son goteras", valiéndose de un refrán de los
que acostumbraba incluir en su correspondencia
y en su charla informal. A los males padecidos
por años, otros siguen desgastando su trajinado
organismo. "Me resta la esperanza de recuperar
mi vista el próximo verano, en que pienso hacerme
la operación a los ojos. Si los resultados no
corresponden a mis esperanzas, aún me resta
el cuerpo de reservas (en evidente alusión castrense),
la resignación y los cuidados y esmeros de mi
familia." La anhelada intervención quirúrgica,
efectuada en la primavera del año siguiente,
apenas si le restituyó algo de su vista. Ese
mismo año tuvo un nuevo ataque de cólera y recrudeció
su gastritis crónica -que tanto le afecto en
sus campanas militares- con vómitos de sangre
y punzantes dolores. También se agravó su úlcera.
A fines de la primavera de 1850 se trasladó,
para atenuar sus dolencias, a los baños termales
de aguas sulfurosas de Enghien, cerca de París.
Permaneció allí hasta el mes de julio, recuperándose
parcialmente. Su hija y yerno intentaron disuadirlo
de regresar a Boulogne-sur-Mer, considerando
la humedad de su clima, pero fue en vano. Escribe
Mariano Balcarce: "no pudo, por el mal tiempo,
hacer el ejercicio que le era necesario; perdió
el apetito y fue postrándose gradualmente. Aunque
sus padecimientos destruían sus fuerzas físicas
y su constitución, que había sido tan robusta,
respetaban su inteligencia.Conservó hasta el
último instante la lucidez de su ánimo y la
energía moral de que estaba dotado en alto grado."
El día 6 de agosto salió a dar un paseo en
carruaje - ya que le era imposible hacerlo a
pie – y volvió tan extenuado que debióser auxiliado
para descender del coche y subir las escaleras
hasta su dor mitorio. El día 13, por la noche,
fue atacado por agudos dolores de estomago y
debió recurrir a una fuerte dosis de opio para
amenguarlos. Como única manifestación frente
al padecimiento, dijo a su hija, que lo asistía
con la ternura de siempre: "C'est l'orage qui
mene au port!" ("Es la tempestad que lleva al
puerto"). Doble delicadeza del padre que se
vale del francés y de una metáfora para expresar
su sensación del inminente fin y no agravar
el dolor de su hija.
Al día siguiente amaneció amortecido, pero,
en medio de una fiebre alta, se recuperó. En
la mañana del 17 de agosto, se mostró con aparente
mejoría y pidió pasar a la habitación de su
hija y escuchar la lectura de los periódicos.
El doctor Jardón, que lo atendía, lo visitó
y aconsejó la asistencia de una hermana de caridad
para secundar a Mercedes en la atención que
el enfermo requería. Hacia las dos de la tarde
rodeando su lecho su hija, su yerno, las niñas
y Francisco Javier Rosales, encargado de la
representación de Chile en Francia- se produjo
una nueva crisis de gastralgia y fue recostado
en el lecho de su hija: "Mercedes, esta es la
fatiga de la muerte...". Sus últimas palabras
fueron para pedir a Mariano que lo condujera
a su habitación. A las tres de la tarde expiró.
Registrado oficialmente el deceso, se embalsamó
el cadáver y el día 20, poco después de las
seis de la mañana, salió de la casa de Gerard
un reducido cortejo que se detuvo, para un responso,
en la iglesia de San Nicolás. Después, la triste
procesión continuó hacia la catedral de Nuestra
Señora de Boulogne donde, gracias a los buenos
oficios del abate Haffreigue, sus restos fueron
depositados en la cripta catedralicia. Allí
reposarían hasta su traslado, en 1861, al panteón
familiar en el cementerio de Brunoy.
Tres testimonios directos nos ofrecen sus impresiones
sobre los penosos días del Libertador en Boulogne-sur-Mer:
las cartas de su yerno y los artículos necrológicos
de Félix Frías y de Albert Gerard.
Frías lo encontró durante su ultimo viaje a
los baños termales: "en algunas conversaciones
que tuve con él en Enghien... pude notar un
mes antes de su muerte, que su inteligencia
superior no había declinado. Ví en ella el buen
sentido, que es para mi el signo inequívoco
de una cabeza bien organizada." Conversó con
San Martín sobre Tucumán, Rivadavia, los años
de su Tebaida cuyana, el estado actual de Francia
y las cualidades de los franceses. "Su memoria
conservaba frescos y animados recuerdos de los
hombres y de los sucesos de su época brillante.
Su lenguaje era de tono firme y militar, cual
el de un hombre de convicciones meditadas. Pero,
hacía algún tiempo que el general consideraba
próxima su muerte, y esta triste persuasión
abatía su ánimo, ordinariamente melancólico
y amigo del silencio y del aislamiento... Su
razón, sin embargo, se ha mantenido entera hasta
el último momento." Frías arribó a la casa de
San Martín pocas horas después de su muerte:
"En la mañana del 18 tuve la dolorosa satisfacción
de contemplar los restos inanimados de este
hombre, cuya vida está escrita en páginas tan
brillantes de la historia americana. Su rostro
conservaba los rasgos pronunciados de su carácter
severo y respetable. Un crucifijo estaba colocado
sobre su pecho y otro entre dos velas que ardían
al lado de su lecho de muerte. Dos hermanas
de caridad rezaban por el descanso del alma
que abrigó aquel cadáver."
Gerard publicó su artículo en "L'Impartial"
de Boulogne-sur-Mer y en él decía de su huésped:
"El señor San Martín era un lindo anciano de
elevada estatura, que ni la edad, ni la fatiga,
ni los dolores físicos habían podido doblegar.
Sus rasgos fisonómicos eran muy expresivos y
simpáticos, su mirada viva y penetrante, sus
modales llenos de amabilidad... Su conversación,
fácil y jovial, era una de las más atractivas
que he escuchado."
Las más significativas cartas de San Martín,
en sus dos últimos años, fueron las dirigidas
a Juan Manuel de Rosas y al mariscal Ramón Castilla,
presidente del Perú. Es común, en ambas correspondencias,
el espacio que destina al análisis de la situación
política de Francia en el marco europeo –más
explayado en las dirigidas al presidente peruano-
de apreciable densidad y nitidez conceptual,
que ratifican su lucidez mental pese al deterioro
físico. También es común su gratitud para con
las gestiones y ofrecimientos que le hacen los
dos mandatarios.
La carta del 11 de noviembre de 1848, dirigida
a Castilla, contiene una apretada pero relevante
"autobiografía" que merece una detenida relectura
y que cierra así: "A la edad avanzada de setenta
y un años, una salud enteramente arruinada y
casi ciego, con la enfermedad de cataratas,
esperaba, aunque contra todos mis deseos, terminar
en este país una vida achacosa; pero los sucesos
ocurridos, desde febrero, han puesto en problemas
dónde iré a dejar mis huesos. "Sería ocioso
destacar la elocuencia lacónica de estas palabras
y el drama que representan. Cuando se le presentaban
propuestas para volver a alguna de las tres
patrias que libertara, que lo esperanzaban,
no pudo emprender el retorno al seno americano
porque la muerte lo libró de todos sus afanes.
Una comisión de argentinos, en París, promovió
y concretó, en 1909, la erección de una estatua
ecuestre del Gran Capitán en Boulogne-sur-Mer,
obra del escultor francés Henri Allouard. En
el acto inaugural destacó la memorable pieza
oratoria de Belisario Roldán: "Padre nuestro
que estas en el bronce...!"
En carta a Balcarce, el señor Gerard había
escrito: "Nos envanecía la posesión de un hombre
de esa edad y un carácter tan grande bajo este
techo que nos abriga. Esta casa estaba santificada
a nuestros ojos. El gobierno argentino, en 1926,
adquirió la casa que fuera hogar postrero del
Libertador."
La iconografía ha fijado para siempre algunas
instancias de aquella etapa de Boulogne-sur-
Mer. La única fotografía del anciano, en esos
años, es el daguerrotipo parisino de 1848. Sobre
él trabajó su aguafuerte Edmond Castan, difundiendo
la imagen del gran viejo de cabeza blanca, algo
ennegrecido todavía el bigote y las cejas,erguido
en su asiento.
El retrato de Christiano Junior (c.1870) lo
muestra con similar atuendo al del daguerrotipo.
Hacia 1871, el italiano Epaminondas Chiama pintó
a San Martín anciano luciendo traje militar.
María Obligado de Soto y Calvo nos presentó
un "San Martín en su lecho de muerte". Otra
visión magnifica es la conocida de Antonio Alise,
"San Martín en Boulogne-sur- Mer", de pie sobre
una roca, mirando el horizonte que clarea sobre
el mar de la Mancha, en tanto el viento se engolfa
en su capa negra. Simbólica es también "La visión
de San Martín" de Luis de Servi, cuadro en el
cual el anciano se ve rodeado por una nube que
encierra esfumadas escenas de los momentos decisivos
de su esforzada vida, como una objetivación
de recuerdos que rondan y acompañan al olvidado
en su ostracismo.