| |
EL COMIENZO DEL DESTIERRO: LONDRES Y BRUSELAS.
El 10 de febrero de 1824, el general San
Martín le escribe a su amigo y compadre, el coronel
Brandsen: "Dentro de una hora parto para Europa con
el objeto de acompañar a mi hija para ponerla en un
colegio y regresaré a nuestra patria en todo el presente
año, o antes, si los soberanos de Europa intentan disponer
de nuestra suerte."
Con la mente puesta en su país y en el futuro de su
pequeña hija, partía espartanamente hacia la vieja Europa
el hombre que más laureles y glorias había prodigado
a la tierra de su nacimiento. Atrás quedaban los recelos,
los odios y las diatribas de los pequeños en méritos
pero de grandes bocas frente al coloso de la historia.
Cuando San Martín comprendió, frente a Bolívar, que
los dos no cabían en América del Sur, y que el escenario
y el fruto de sus triunfos peligraban frente a posibles
o seguras disensiones, tuvo la abnegación yç el mérito
sublime de posponer sus derechos y sus concepciones
estratégicas y políticas para que la única causa, que
había abrazado y defendido con eficacia y con gloria,
no sufriera tropiezos. Su causa, como lo dijera muchas
veces, era "la causa de la libertad de América y la
dignidad del género humano."
Había regresado del Perú con la íntima convicción de
que su "ínsula cuyana" le depararía la tranquilidad
y quietud a que aspiraba; que podía colgar su sable
legendario y transformarse en un sereno observador del
acontecer humano y en un eficaz agricultor de la tierra
que tanto amaba. Su obra ya estaba en marcha y en vísperas
de su eclosión definitiva. Sus palabras proféticas,
dichas al virrey La Serna en la conferencia de Punchauca,
estaban grabadas en su mente: "Sus ejércitos se batirán
con la bravura tradicional, pero serán impotentes ante
la determinación de millones de hombres a ser independientes."
Bolívar y sus compañeros cerrarían inevitablemente este
capitulo que él había iniciado y, sin duda alguna, ambicionado
terminar. Mitre señaló con verdad y con justicia: "Sin
Chacabuco y sin Maipú no hubiesen tenido lugar ni Boyacá,
ni Carabobo, ni Ayacucho."
No era, pues, ese balance lo que turbaba la tranquilidad
del héroe. Su destino, que el había elegido, estaba
echado. Lo que torturaba su alma era la ingratitud,
la perfidia y la traición de quienes más le debían,
de aquellos a quienes había colmado de honores y abierto
las puertas de la posteridad. No volvía derrotado y
disminuido en su prestigio, como no venía tampoco huyendo
de ningún fantasma ni de ningún remordimiento, como
echaron a rodar sus adversarios mediante la cobardía
del libelo anónimo o del pasquín irresponsable. No era
verdad que la sociedad porteña lo recibiera con frialdad
o con disgusto, como no es verdad que su familia política
le negara su apoyo o su adhesión, como se comprueba
fácilmente a través de numerosos testimonios.
Su llegada a Mendoza, en enero de 1823, fue causa de
afectuosos y emotivos encuentros con sus antiguos camaradas
y amigos. Su chacra estaba lista para recibirlo y a
ella se dirigió, antes de proseguir su viaje a Buenos
Aires y reintegrarse a su familia. Allí experimentó
los primeros sinsabores y tropiezos al verse vigilado
en sus movimientos, violada o sustraída su correspondencia,
rodeado, en fin, por los sicarios al servicio delgobierno.
En esas condiciones no pudocontinuar su viaje a la capital,
pues se exponía a cualquier ultraje o atropello en el
camino.
El 3 de agosto de 1823 fallecía en Buenos Aires su
esposa y amiga Remedios de Escalada, sin que el Libertador
pudiera ofrecerle el aliento de su presencia y su postrera
despedida. El 20 de noviembre, San Martín inicia su
viaje a la capital, arribando, sin escolta ni aparato
alguno, el día 4 de diciembre. La calumnia volverá a
ensañarse contra su persona y Carlos María de Alvear
lanzará un libelo atacando su honradez y su entereza.
Qué podía esperar el Libertador de un gobierno que
cobijaba a los envidiosos de su gloria, y que, a todas
luces le rehuía y le temía? Solo cabía expatriarse.
Pedidos los pasaportes -y no los sueldos que se le debían
desde 1819- se ausentó hacia Europa a bordo del barco
francés "Le Bayonais". Zarpó de Buenos Aires el 10 de
febrero de 1824, en compañía de su pequeña hija Mercedes,
rumbo al puerto de El Havre en Francia. Dos meses más
tarde, el 24 de abril, arribó la nave a destino. La
presencia de San Martín despertó sospechas y múltiples
consultas entre las autoridades francesas y las cancillerías
amigas de los Borbones. Sus papeles fueron incautados
y prolijamente revisados, pues sus antecedentes revolucionarios
y republicanos le hacían persona no grata al régimen
imperante. Sus documentos, que según los funcionarios
estaban impregnados de un republicanismo exaltado, le
fueron devueltos y el 4 de mayo San Martín se embarcó
con su hija hacia Southampton, estableciéndose provisionalmente
en Inglaterra.
El mencionado puerto ingles era a la sazón refugio
de numerosos exiliados políticos. Allí se encontró con
su antiguo camarada Mac Duff - Lord Fiffe- quien lo
introdujo en la alta sociedad, presentándolo como conquistador
de las libertades de América y émulo digno de Washington.
Por esos días, se celebró un banquete en conmemoración
de la independencia norteamericana, al que concurrió
especialmente invitado. Se encontró con antiguos amigos:
García del Río, Paroissien y Alvear, entre otros. A
los postres, el primero ofreció una demostración y San
Martín, alzando la copa, brindó por su amigo Bolívar
y por la feliz culminación de la campaña.
Esta actitud del prócer fue motivo para que Alvear
reiniciara su tarea difamatoria, informando al gobierno
de Buenos Aires que San Martín conspiraba con el general
mejicano Agustín de Iturbide, apoyando su lucha para
imponer el sistema monárquico en América. Circuló, por
entonces unlibelo titulado "La vida del general San
Martín", cuya autoría se atribuyó a Alvear, como también
una caricatura del Libertador que lo mostraba con la
corona del Perú escapándosele de las manos. En cuanto
a la entrevista con Iturbide –que este sí le pidió por
carta- nunca se supo si efectivamente se realizó, pues
el político mejicano regresó a su patria con el objeto
de derrocar al régimen del general Guadalupe Victoria,
siendo capturado y fusilado en Padilla.
Es muy poco lo que se conoce de las actividades de
San Martín en Inglaterra. Se sabe,ciertamente, que permaneció
allí desde mayo hasta diciembre de 1824, viajando por
distintas partes del país, principalmente por el norte
de Escocia donde, por gestión de Lord Fiffe, fue distinguido
con la ciudadanía honoraria de Banff, principal localidad
vecina a las heredades del ilustre amigo inglés. Este
episodio no debe sorprender si tenemos en cuenta que
Inglaterra recibió con gran beneplácito a los próceres
sudamericanos y que San Martín cultivaba otras amistades
con nobles ingleses que había conocido durante las campañas
contra la invasión napoleónica en España.
El Libertador seguía aferrado a los problemas americanos.
En Londres intervino en las gestiones para adquirir
dos fragatas que reforzaran la armada peruana. La maledicencia
le atribuyó planes intervencionistas lo cual despertó
la indignación de Bolívar al creer, de buena fe, tamaños
infundios. Tomás Guido informará a la posteridad los
acontecimientos vividos en Lima con ese motivo.
San Martín intentó radicarse en Francia, pero fueron
infructuosas las gestiones de su hermano Justo, que
vivía en París, para que el conde de Corbiere accediese
a ello. Resolvió, entonces, viajar a los Países Bajos.
Obtenida su admisión a ese reino, retiró a su hija de
la pensión en que la había confiado y, a fines de 1824,
se estableció en una casa del arrabal de la ciudad de
Bruselas.
Bruselas y La Haya eran las dos ciudades más importantes
de los Países Bajos y ambas se destacaban por la cultura
y laboriosidad de sus habitantes. La liberalidad de
las costumbres, la sensación de seguridad y lo barato
de la vida, con respecto al resto de Europa, las señalaban
como las más indicadas para residir en ellas. No en
vano fueron refugio para numerosos extranjeros que,
por una u otra causa, debían exiliarse. San Martín eligió
Bruselas.
Desconocemos como consiguió radicarse en ese país y
que gestiones previas realizo. José Pacífico Otero efectúo
numerosas investigaciones al respecto, con resultado
negativo. En cuanto a la casa que habitó, pudo establecerse
que estaba ubicada en Rue de la Fiancee Nº 1422. Se
sabe que en el centro de la ciudad, en una pensión inglesa,
había alojado a su pequeña Mercedes, que entonces tenía
ocho años de edad.
En cartas a Guido y a otros amigos, los temas dominantes
de este período son la política y la educación de su
hija, contento de esto último al notar sus notables
progresos. Confiesa que se considera en cierta medida
feliz, aunque extraña sobremanera su tierra y sobre
todo Mendoza. Por su casa, con tres habitaciones y un
gran jardín, paga mil francos anuales, suma que considera
increíblemente barata. En ella hospedó, durante un tiempo,
a su antiguo subordinado y amigo, el general Miller,
y le proporcionó valiosos datos para concretar su biografía.
Esa era también la casa que ofreció a Guido para "compartir
un puchero".
Las viscisitudes económicas, no obstante, le agobiaban.
Del Perú se alejó con un modesto haber y sólo cuando
se tuvo la certeza de su viaje al exterior, se le adelantaron
dos años de la pensión votada por el Congreso. El gobierno
de Rivadavia, permitió que se fuese sin abonarle un
peso de sus sueldos atrasados. La caída de los valores
en Londres; la quiebra de la casa en la que su amigo
Alvarez Condarco había depositado parte de sus ahorros;
la depreciación del cambio; la falta de rentas sobre
algunas propiedades -excepto la casa de Buenos Aires;
todo, en fin, configuraba un panorama nada halagüeño.
No debe extrañar esto, por cuanto para San Martín el
vil metal no es un fin, sino un medio. El desinterés
constituía, para el, una virtud dinámica y primordial.
En 1830 el pueblo belga se levantó contra la opresión
holandesa y ofreció a San Martín, según una versión
repetida, la conducción del movimiento revolucionario.
El Libertador rehusó la propuesta, indicando que se
hiciera cargo de esa tarea un hijo del país. Atento
a las convulsiones sociales que sobrevinieron, San Martín
decidió llevar a su hija a un colegio de París y luego,
debido a una epidemia de cólera que asoló Bruselas y
solucionados los anteriores problemas de residencia
en Francia, resolvió trasladarse a París, previo paso
temporario en la ciudad termal de Aix-en- Provence.
El hombre que, lejos de la patria, la extrañaba y la
seguía sirviendo con denuedo; el hombre que no había
querido ser el verdugo de sus conciudadanos, diciéndole
a Lavalle, después de rehusar el mando que le había
ofrecido en 1829: "... en la situación en que Ud. se
halla, una sola víctima que pueda economizar a su país,
le servirá de consuelo inalterable, sea cual fuere el
resultado de la contienda en que se halle usted empeñado,
porque esta satisfacción no depende de los demás sino
de uno mismo"; ese hombre de excepción, que para gloria
de los siglos se llamó José de San Martín. continuaba
su peregrinación, esta vez en Francia.
|
|