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EL SOLITARIO DE BRUSELAS El 10 de febrero de 1824, partió
el general con su hija Mercedes comenzando así su voluntario
exilio, que finalizaría años después en la villa costera
francesa de Boulogne-sur-Mer. Desembarcó en el Havre,
pero no le fue dado entrar en Francia. Después de una
corta gira por Inglaterra -donde visitó a su amigo el
Lord Fife- se instaló en Bruselas, a fines de 1824.
Allí se consagró a la educación de su hija que internó
en un pensionado. El vivía oscura y pobremente. "El
general Miller -dice Vicuña Mackenna- que le visitó
entonces y le trató con la intimidad que San Martín
permitía sólo a sus camaradas, nos ha referido que la
existencia de aquel ilustre americano no podía ser más
sencilla ni más austera. Su hija estaba en una pensión
y él mismo, que vivía en un lejano arrabal, se veía
obligado a andar a pie todos los días más de una milla
para comer a la mesa redonda de un café a que estaba
abonado".
La salud no le favorecía y soportaba
crisis frecuentes. De América, llegáronle noticias de
las victorias de Junín y Ayacucho que pusieron fin a
la dominación española. Llegábanle también diarios de
Buenos Aires, en que se veía zaherido por la prensa.
Él no podía comprender que se atacara a un General "que
por lo menos no ha hecho derramar lágrimas a su Patria".
La soledad, y la injusticia de los hombres, poníanle,
a veces sombrío y melancólico. "Si no fuera por los
consuelos que me presta la compañía de Mercedes -escribe-
mi vida sería insoportable". En un día de 1825, (fines
de ese año), estuvo en su casa de Bruselas el coronel
peruano Juan Manuel Iturregui, que pasó a Bélgica desde
Inglaterra "con el único objeto de saludarle y presentarle
sus respetos". Iturregui hizo, años más tarde, revelaciones
históricas de interés sobre lo tratado en aquella visita.
"Hallándome de gobernador de una provincia
en 1823, fui llamado por el finado general don José
de la Riva Agüero, presidente entonces de la República,
quien, a consecuencia de un descenso del ejército español
sobre la capital y de fuertes contestaciones con el
congreso, había pasado a esta ciudad de Trujillo, y
el que procedió a nombrarme Enviado Extraordinario ante
el gobierno de Chile, y asimismo del general San Martín.
"La primera parte de esta misión debía
expedirse en corto tiempo, siendo sus objetos primordiales
solicitar auxilios de fuerza de aquel gobierno y que
se suspendiese la entrega de un millón de pesos que
había ofrecido dar de empréstito al Perú, mientras desaparecía
de éste la anarquía que se había introducido y se restablecía
la utilidad administrativa. Nada me era practicable
sobre esto último porque cuando ingresé a Santiago ya
había tenido lugar casi totalmente la entrega de aquel
empréstito. Mas, habiendo sido recibido en mi carácter
público por el gobierno de esa República, tuve la satisfacción
de tratar a su presidente, el muy distinguido y muy
caballero general Freire, a quien manifesté, muy por
extenso, los peligros que amenazaban la causa de la
independencia en el Perú, y la necesidad de que Chile
procediese sin demora a auxiliarle para acabar de destruir
en América el poder peninsular. El general Freire se
manifestó muy penetrado de la exactitud de mis exposiciones,
y, dejando ver el más vivo patriotismo, me aseguró que
pondría cuantos medios estuviesen a su alcance para
que en efecto se prestase al Perú el deseado auxilio.
"La segunda parte de dicha misión tenía por objeto el
regreso del general San Martín al Perú. El presidente
Riva Agüero y el senado existente en Trujillo, me entregaron
comunicaciones para dicho general y me dieron poderes
para que negociase su vuelta al Perú, recomendándome
con la más grande eficacia, que emplease todos los medios
posibles para obtener este resultado. Procedí, por tanto,
sin demora a atravesar los Andes con dirección a Mendoza,
mas cuando ingresé a esta ciudad, tuve el sentimiento
de instruirme que hacía algún tiempo que el general
San Martín había marchado para Buenos Aires. Frustrado
hasta allí mi viaje, me propuse continuarlo corriendo
las pampas; pero cuando me hallaba haciendo los preparativos
necesarios, fui atacado de una fiebre maligna que me
invalidó en lo absoluto, más de un mes. Extenuado, en
consecuencia, asegurándoseme en Mendoza que el general
San Martín se había embarcado para Inglaterra, desistí
de mi proyectada marcha, mas considerando que acaso
podía ser inexacta la noticia del viaje a Europa de
aquel general, le dirigí a Buenos Aires una extensa
comunicación con inclusión de las que para él se me
habían entregado, haciéndole una relación exacta de
los últimos acontecimientos desgraciados, tanto políticos
como militares, que habían tenido lugar el Perú, e interesándolo,
por lo más sagrado, para que volviese a asegurar la
independencia que con tanta gloria había proclamado
en el Perú, en circunstancias de hallarse amenazado.
No recibí contestación ninguna del general San Martín,
y la noticia de su marcha a Europa me fue confirmada.
"Subsiguientemente, verifiqué mi regreso
al Perú y a mediados de 1825 me embarqué para Inglaterra.
Allí me informé de que el general San Martín se había
establecido en Bruselas, y, hallándome lleno de gratitud
a este general, no sólo por los servicios que había
prestado a mi país, sino también por las consideraciones
y amistad que invariablemente me había dispensado, pasé
a esa ciudad con el único objeto de saludarlo y presentarle
mis respetos. "Hablándole sobre la misión que se me
había dado para procurar su regreso al Perú, y sobre
las comunicaciones que le habían dirigido desde Mendoza,
me indicó haberlas recibido en Europa, y me manifestó
una fuerte animosidad contra el señor Riva Agüero, a
quien consideraba autor del movimiento tumultuario de
la población de Lima para deponer al ministro Monteagudo,
exponiéndome al mismo tiempo lo siguiente: "Que jamás
había temido ni por un instante que hubiese podido fracasar
la independencia del Perú, una vez proclamada y estando
sostenida por la opinión pública y por un ejército,
aparte de las innumerables partidas de guerrilla que
el odio a los españoles había creado en todos los ángulos
de su territorio"; que no obstante, había creído justo
y conveniente entrar en un acuerdo de unión y amistad
con el general Bolívar, así por la identidad de la misión
de ambos en Sud- América, como para que aquel general
auxiliase al Perú con parte de su ejército y se pusiese
un término más corto a la guerra con los españoles,
del mismo modo que el Perú había auxiliado a Colombia
en la batalla de Pichincha, con cuyo objeto había procurado
la entrevista que tuvo lugar con dicho general Bolívar
en Guayaquil; que desde luego había encontrado en este
general las mejores disposiciones para unir sus fuerzas
a las del Perú contra el enemigo común, pero que al
mismo tiempo le había dejado ver muy claramente un plan
ya formado y decidido de pasar personalmente al Perú
y de intervenir en carácter de Jefe, tanto en la dirección
de la guerra como en la de su política; que no permitiéndole
su honor asentir a la realización de este plan, era
visto que de su permane ncia en el Perú, debía haber
resultado un choque con el general Bolívar, (cuya capacidad
militar y recursos para terminar pronto la guerra eran
incontestables) y además el fraccionamiento en partidos,
del Perú, como sucede siempre en casos semejantes, y
conociendo las inmensas ventajas que todo esto debería
dar a los españoles, se había decidido a separarse del
teatro de los acontecimientos, dejando que el general
Bolívar, sin contradicción ninguna, reuniese, sus fuerzas
a las del Perú y concluyese la guerra; que al tomar
esta determinación había conocido muy bien que su separación
del Perú le haría perder la gloria de concluir la obra
que había, no sólo planteado, sino conducido, venciendo
inmensas dificultades, hasta muy cerca de su término,
exponiéndose al mismo tiempo a las glosas detractoras
de la emulación y la maledicencia; pero que se penetró
de que era un deber suyo hacer este nuevo, aunque grande
sacrificio, ante las aras de la causa de América, a
que había consagrado su vida.
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