Pasaba en la capital temporadas muy breves;
la mayor parte del año permanecía en su finca
de campo, junto al Sena, vecino de Aguado, a
quien visitaba con frecuencia. Grand-Bourg,
se hallaba a 7 kms. de París. Su extensión era
de escasas 70 áreas. La casa tenía un piso bajo
y dos altos: en la planta baja se encontraban
el salón, el comedor y la cocina; el primer
piso tenia cinco habitaciones y tres el segundo.
Su techo era de pizarra. El nuevo habitante
introdujo algunos cambios edilicios. La sede
actual del Instituto Nacional Sanmartiniano
de Buenos Aires es una réplica, con leve modificación
de escala, de la residencia francesa. La casa
estaba rodeada de un vasto parque: una huerta
con árboles frutales, un jardín, un invernáculo
y algunas dependencias en ese terreno circundante.
El Libertador se entretenía en el cuidado del
jardín y algo de la huerta. Casada Merceditas
con Mariano Balcarce, en 1832, fueron a vivir
a Grand- Bourg y allí crecieron las dos nietecitas:
Mercedes, nacida en Buenos Aires, y Josefa,
en aquella casa de campo, en 1836. Allí lo visitaba,
dominicalmente, Florencio Balcarce, hermano
de Mariano, el autor de "El cigarro", poema
escrito en Grand Bourg, en el que reflexiona
sobre lo efímero de la gloria humana.
A San Martín le placía la vida reposada y aislada
que el lugar le permitía. Sus jornadas eran
ordenadas y apacibles. Allí pasaba de 8 a 9
meses del año, con salidas a sitios mas cálidos
durante el invierno. Sus cartas registran su
gusto por esa sosegada existencia. Se levantaba
con el alba, preparaba su desayuno, consistente
en te o café, que tomaba en un mate con bombilla.
Luego pasaba a sus tareas habituales: el picado
de tabaco, que fumaba en pipa y, a veces, en
chala; el trapicheo, como llamaba a la tarea
de limpiar y lustrar su colección de armas;
la realización de pequeñas obras de carpintería,
a la que era afecto; o, bien, iluminaba litografías,
como entonces se decía al colorear de estampas,
particularmente de barcos, paisajes marinos
y escenas campestres; algunas de estas piezas
han llegado hasta nosotros. El mismo cosía sus
ropas, según el habito adquirido en el ejercito,
que no quería abandonar pese a los reclamos
de su hija. Tenia un perrito de aguas, un "choco",
traído de Guayaquil, al que adiestraba en pruebas
de obediencia. Hacía paseos a caballo por las
inmediaciones. De regreso, descansaba en una
vieja poltrona, donde tomaba mate, fumaba y
leía. La lectura fue la más sostenida de sus
distracciones. Lo hacía en inglés, italiano
y, naturalmente, francés. Era amigo de leer
periódicos particularmente americanos. En 1848,
el agravamiento de sus cataratas lo limitó en
ello. Su librería personal aún se conserva en
nuestra Biblioteca Nacional. Dormía en una simple
cama de hierro, comía asado, de preferencia,
y bebía vino con sobriedad.
Parte considerable de su tiempo lo destinaba
a ordenar los papeles y documentos de su archivo
personal. Había planeado escribir sus memorias,
que esperaba se dieran a publicidad después
de muerto. No avanzó en esta tarea; solo alcanzó
a trazar una cronología de los hechos que protagonizó,
desde 1813 a 1832, acompañada con documentos
probatorios. Quizá, les agrego algunas notas
y glosas a dichos papeles, pero, es de lamentar,
no compuso finalmente sus Memorias.
Cultivó un activo dialogo epistolar desde su
retiro de Grand-Bourg. Es abundante y reveladora
su correspondencia con los amigos distantes,
a los que confía sus opiniones siempre francas
y definidas, sobre la evolución política de
los pueblos americanos o de Europa, y se franquea
sobre rasgos de su salud o sobre la intimidad
familiar. Varios de sus corresponsales -v.g.
los chilenos Joaquín Prieto, Manuel Antonio
Pinto o Joaquín Tocornal- le encomendaban sus
hijos de viaje por Europa, que visitaban al
varón venerable con el respeto inculcado por
sus padres. De los prohombres americanos, quien
le arrancó epístolas mas fraternales fue Bernardo
O'Higgins. Y las más duras y contundentes las
provocaron Manuel Moreno (diplomático argentino
destacado en Londres, hermano de Mariano Moreno),
quien, aviesamente, animó el rumor de que el
general planeaba proyectos monárquicos para
América; y el peruano Riva Agüero, "despreciable
persona". También respondía las cartas de historiadores
y publicistas que requerían su información sobre
cuestiones en las que había sido ejecutor principal.
Así, las epístolas a Gastón Lafond de Lurcy,
quien componía sus "Viajes alrededor del mundo",
en uno de cuyos tomos insertó la polemizada
carta en la que se revelaría la situación de
la entrevista de Guayaquil. O, de igual manera,
a Guillermo Miller, que había servido a sus
órdenes y redactaba por entonces sus Memorias,
para las que obtuvo noticias de primera mano
y el último retrato de San Martín en Grand-
Bourg. Miller lo invitaba a un vasto viaje a
Oriente -Constantinopla, Irán, Jerusalén...
Nueva York-, casi una vuelta al mundo, pero
no cuajó el proyecto amical. San Martín hizo
viajes europeos en los meses de invierno, pues
el de París le resultaba nocivo a sus ataques
nerviosos que a veces lo aquejaban.
En 1841 hizo una excursión a Bretaña y a la
región de la Vandee. Al año siguiente, al Havre,
la Baja Normandía y el Mediodía de Francia.
En 1845 visitó Florencia, luego Nápoles, donde
permaneció hasta enero del año inmediato; se
desplazó a Génova y a Roma, regresando a su
finca en febrero. En 1847 hizo un viaje a los
Pirineos Orientales, visitó Port-Vendres y Colliure,
retornando a Grand-Bourg, para no emprender
ningún otro viaje de estación. El año 1842 fue
doblemente luctuoso para San Martín: murió O'Higgins,
en su destierro peruano y murió Aguado, en viaje
por España, nombrándolo albacea testamentario
y tutor de sus hijos y dejándole, como legado,
sus joyas y medallas. El prócer cumplió cabalmente
su tarea de albacea y curador, concluida en
1845.
Una satisfacción vino a morigerar el dolor
por la muerte de sus amigos: el gobierno de
Chile, presidido por don Manuel Bulnes, reconoce
los méritos del Libertador, considerándolo en
servicio activo hasta el fin de sus días e invitándolo
a residir en aquel país. Un año antes de 1842,
Sarmiento, con su artículo sobre la batalla
de Chacabuco, publicado en "El Mercurio" de
Valparaíso, había reavivado la conciencia chilena
de gratitud. En 1838, al enterarse del bloqueo
francés a Buenos Aires, escribió a Rosas ofreciendo
sus servicios en defensa de nuestra soberanía.
Cambiará varias cartas con el Gobernador de
Buenos Aires hasta 1850. En una de ellas, el
mismo le informa que se lo ha designado ministro
plenipotenciario frente al gobierno del Perú,
pero San Martín rechaza el honor y ofrece sus
gestiones en otros terrenos, en favor del suelo
patrio. Y lo hará en un par de epístolas con
sensatas y oportunas consideraciones que llamarán
a la reflexión a los gobiernos de Inglaterra
y Francia. La primera es la respuesta a Jorge
Federico Dickson, representante del alto comercio
de Londres, que fue difundida por la la prensa
inglesa. La segunda, dirigida al ministro francés
Bineau, fue leída en el Parlamento por Mr. Bouther.
Ambas surtieron poderoso efecto. La ultima decía:
"establecido y propietario en Francia veinte
años ha y contando acabar aquí mis días las
simpatías de mi corazón se hallan divididas
entre mi país natal y la Francia, mi segunda
patria." Sarmiento en una conferencia de 1847
en el Instituto Histórico de Francia, dijo que
todos los americanos de paso por ese país concurrían
a un punto: "Grand-Bourg se llama el lugar de
esta romería "(...) El monumento que los americanos
solicitan ver allí es un anciano de elevada
estatura, facciones prominentes y caracterizadas,
mirar penetrante y vivo, en despecho de los
años, y maneras francas y amables. La residencia
del general San Martín en Grand-Bourg es un
acto solemne de la historia de América del Sur,
la continuación de un sacrificio que principió
en 1822 y que se perpetúa aún, como aquellos
votos con que los caballeros o los ascéticos
de otros tiempos ligaban toda su existencia
al cumplimiento de un deber penoso." Señalaba
así el largo ostracismo del héroe y el desfile
incesante de personalidades que acudían a su
retiro campestre a conocerlo. Entre ellos, cabe
destacar a tres argentinos ilustres: Juan Bautista
Alberdi, quien en 1843, tras conocerlo en París,
en casa de los Guerrico, acudió a Grand-Bourg
y pasó una velada allí. Al año siguiente, lo
hizo Florencio Varela; y en el verano de 1846,
el mismo Sarmiento, quien dialogó extensamente
con el Libertador en el petit cottage. Todos
ellos han dejado páginas evocativas de aquellos
encuentros dignas de relectura y que registran,
con diversidad de ópticas, ricas y diferentes
impresiones sobre la figura prócera y los temas
de la conversación. A medida que los años pasaban
y no podía San Martín quebrar su exilio, regresando
a su patria querida, se afirmaba en sí "el sentimiento
doloroso de no poder dejar mis huesos en la
patria que me vio nacer." Su anhelo, nunca amortecido,
de retornar al Plata, reflotaba recurrentemente,
pero siempre se lo impedían las circunstancias
políticas mal barajadas.
En 1844, redacta y firma en París su testamento
ológrafo. Cuatro años después, ante el clima
revolucionario creciente en Francia, abandona
Grand- Bourg y París, y se instalará en Boulogne-
sur-Mer. A mediados de 1849 venderá su querida
finca de Evry, junto al Sena, que le dio sereno
cobijo desde 1834 hasta 1848, casi tres lustros
de apacible vida retirada, con el cálido entorno
familiar de los suyos.
Allí, en Grand-Bourg, cultivó las tres dimensiones
del diálogo humano: el hablar con los muertos,
que era la lectura de su selecta biblioteca;
el hablar con los vivos, los distantes, mediante
las epístolas, y los cercanos, con sus visitas;
Y, finalmente, el hablar consigo mismo, la meditación,
de la que extrajo luz de desengaño y verdad
para iluminar su estoico ostracismo.