EL BANQUERO AGUADO
En 1831 el general se trasladó a París donde fijó
residencia con su hija, en las afueras de la ciudad.
Vivía pobremente y muy quebrantado de salud, cuando
encontró al banquero Alejandro Aguado, antiguo camarada
suyo en la guerra peninsular. Sarmiento ha narrado
el episodio con alguna dosis de fantasía, manteniéndose
verídico en lo esencial.
"Durante la famosa guerra de la Península, que tan
honda brecha abrió al poder, hasta entonces incontrastable
de Napoleón, la juventud española, desprovista de
otro teatro de acción para desarrollar las dotes del
espíritu o la energía del carácter, acudía presurosa
a los campamentos improvisados por la exaltación guerrera
del pueblo y probaba a cada momento cuánta savia corre
aún por las venas de aquella nación cuyo vuelo han
contenido instituciones envejecidas. La cordialidad
fraternal que une fácilmente a hombres que tienen
que partir entre sí iguales peligros y esperanzas,
aumentábala el entusiasmo que exaltaba las pasiones
generosas, haciéndola más expansiva la genial franqueza
del carácter castellano. Entre aquella juventud bulliciosa,
ardiente y emprendedora, tan dispuesta a una serenata
como a un asalto, tan lista para escalar un balcón
como una fortaleza, partían habitación y rancho dos
oficiales en la flor de la edad y llegados a los grados
militares que son como la puerta que conduce al campo
de los sueños de ambición. Era uno el capitán Aguado,
llamaban al otro el mayor San Martín. "Las vicisitudes
de las campañas separaron los cuerpos en que servían
los amigos; terminóse la guerra; el tiempo puso entre
ambos su denso velo; transcurrieron los años y no
se volvieron a encontrar más en el camino de la vida.
Quince años después, empero, hablábase delante de
Aguado de los famosos hechos de armas en América del
general rebelde San Martín: Es curioso, decía Aguado,
yo he tenido un amigo americano de ese apellido, que
militó en España. San Martín oyó nombrar al banquero
español Aguado: ¿Aguado?, decía a su vez. He conocido
a un Aguado, pero hay tantos Aguados en España...
"San Martín llegó a París en 1824 y mientras hacía
una mañana su sencillo y rígido tocado, introdúcese
en su habitación un extraño que lo mira, lo examina,
y exclama, aún dudoso: -¡San Martín! - ¡Aguado!
"le responde el huésped y antes de cerciorarse, estaba
ya estrechado entre los brazos de su antiguo compañero
de rancho, amoríos y francachelas - ¡Y bien! almorzaremos
juntos... - Eso me toca a mí, respondió Aguado, que
dejó en un restaurant pedido el almuerzo para ambos.
"Dirigiéronse luego de la Rue Nueve Saint- George
hacia el Boulevard, y, andando sin sentir y conversando,
llegaron, en la plaza Vendome, a la puerta de un soberbio
hotel, en cuyas gradas, lacayos con libreas tenían
en bandejas de plata la correspondencia para presentarla
al amo que llegaba. San Martín se detuvo en el primer
tramo, y, mirando con sorpresa a su amigo: - ¡Pues
qué! le dijo, ¿eres tú el banquero Aguado? - Hombre,
cuando uno no alcanza a ser el libertador de medio
mundo, me parece que se le puede perdonar el ser banquero.
"Y riendo de la ocurrencia, y echándole Aguado un
brazo para compelerlo a subir, llegaron ambos a los
salones casi regios, en cuyos muchos cojines aguardaba
la señora de la casa.
"Desde entonces, San Martín y Aguado, el guerrero
desencantado y el banquero opulento, se propusieron
vivir y tratarse como en aquella época feliz de la
vida en que ningún sinsabor amarga la existencia.
Establecióse San Martín en Grand-Bourg, no lejos de
París, y a sólo algunas cuadras de distancia del Chateaux-
Aguado, mediando entre ambas heredades el Sena, sobre
el cual echó el favorito de la fortuna un puente colgado
de hierro, don hecho a la comuna, servicio al público,
comodidad puramente doméstica para el, y facilidad
ofrecida al trato frecuente de los dos amigos. Por
algunos años, los paisanos sencillos del lugar vieron,
sobre el Puente Aguado, en las tardes apacibles del
otoño, apoyados sobre la baranda y esparciendo sus
miradas distraídas por el delicioso panorama adyacente,
aquel grupo de dos viejos extranjeros, el uno célebre
por aquella celebridad lejana y misteriosa que ha
dejado lejos de allí hondas huellas en la historia
de muchas naciones, el otro conocido en toda la comarca
por el don inestimable con que la había favorecido.
Murió Aguado en los brazos de su amigo y dejó encargada
a la pureza y rigidez de su conciencia la guarda y
distribución de sus cuantiosos bienes." D. F. Sarmiento
EL HOGAR DE GRAND BOURG - MAYO DE 1838
Lo que no dice Sarmiento es que Aguado salvó a San
Martín de una difícil situación, según escribió este
último a un amigo de América: "Aguado, el más rico
propietario de Francia..., sirvió conmigo en el mismo
regimiento en España y le soy deudor de no haber muerto
en un hospital, de resultas de una larga enfermedad".
San Martín contaba para vivir con una pensión del
gobierno del Perú que se le pagaba tarde y en valores
depreciados. También con el alquiler de una casa de
su hija, en Buenos Aires. Cualquier imprevisto, causábale
serios trastornos en la vida de aislamiento que llevaba.
Por esos días, su hija Mercedes casó, muy joven, con
Mariano Balcarce, agregado a la legación argentina,
En 1834, el banquero Aguado, facilitó la compra de
la casa de Grand Bourg, a que se refiere Sarmiento,
y allí se retiró San Martín en condición más holgada.
El matrimonio Balcarce partió para Buenos Aires y
estuvo ausente más de dos años, pero volvió después
a Francia para habitar la casa de Grand Bourg. En
1838, Mercedes tenía dos hijas pequeñas. Florencio
Balcarce, el poeta, hermano de Mariano, que se hallaba
ese año en París, describe así, en carta íntima, la
vida de la familia.
"Tengo el placer de ver la familia un día sí y otro
no. Iría todas las semanas si los buques de vapor
estuvieran del todo establecidos. El general (San
Martín) goza a más no poder de esa vida solitaria
y tranquila que tanto ambiciona. Un día lo encuentro
haciendo las veces de armero y limpiando las pistolas
y escopetas que tiene;otro día es carpintero y siempre
pasa así sus ratos en ocupaciones que lo distraen
de otros pensamientos y lo hacen gozar de buena salud.
Mercedes se pasa la vida lidiando con las dos chiquitas
que están cada vez más traviesas. Pepa, sobre todo,
anda por todas partes levantando una pierna para hacer
lo que llama volatín; todavía no habla más que algunas
palabras sueltas; pero entiende muy bien el español
y el francés. Merceditas está en la grande empresa
de volver a aprender el a b c que tenía olvidado;
pero el general siempre repite la observación de que
no la ha visto un segundo quieta." Florencio Balcarce"