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EL SOLAR NATIVO
- Enrique Mario Mayochi
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Comenzaba el año de 1817. Mientras José de San Martín,
al frente del Ejército de los Andes, pasaba "las cordilleras
más elevadas del globo", vencía en Chacabuco y entraba
triunfante en Santiago de Chile, tropas portuguesas
mandadas por el brigadier Chagas reducían a cenizas,
entre otros pueblos misioneros, al de Yapeyú.
"...en
1817 tropas portuguesas
reducían a cenizas a Yapeyú..."
"Ni los templos ni las cabañas -dice Mitre- fueron respetados;
todos los pueblos fueron arrebatados, y el vencedor
se replegó a su territorio cargado de botín, ostentando
como trofeo ochenta arrobas de plata labrada, robada
a las iglesias fundadas por los antiguos jesuitas."
Después de la conquista, la historia no presenta ejemplo
de una invasión más bárbara que ésta. Desde entonces
las Misiones occidentales son un desierto poblado de
ruinas.Cuarenta años corridos, en 1856, el geógrafo
francés Martín de Moussy describía el lugar y sus ruinas
con estas palabras: "A ocho leguas arriba de Restauración,
sobre la misma costa del Uruguay, se encuentran las
ruinas de Yapeyú, capital que fue de todas las Misiones
en tiempo de los padres de la Compañía de Jesús.
Yapeyú era una verdadera ciudad, y es fácil reconocerlo
por el espacio que cubren sus ruinas. Hace sesenta años
tenía todavía cinco mil quinientos habitantes, Un bosque
casi impenetrable cubre el lugar de su emplazamiento,
y para examinar las ruinas que todavía se conservan,
es necesario abrir una picada con el machete, entre
la espesura del bosque".
Dentro de ese bosque impenetrable del que habla Martín
de Moussy, subsistían las paredes de la casa en que
el 25 de febrero de 1778 había nacido José de San Martín,
el futuro Libertador de América y protagonista de una
de las epopeyas más extraordinarias que registra la
historia de la humanidad.
BREVE HISTORIA DE YAPEYU, CUNA DEL
HEROE.
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El 4 de febrero de 1627, en
un paraje donde hasta entonces sólo había tres
casas con cien indios, por decisión del provincial
de la Compañía de Jesús, padre Nicolás Durán Mastrillo,
quedó fundada la reducción de Nuestra Señora de
los Tres Reyes de Yapeyú. Se levantaría sobre
la margen derecha del río Uruguay, junto al río
entonces llamado Yapeyú y denominado más adelante
Guaviraví. La nueva población no difería en mucho
de otras creadas antes o después por los misioneros
jesuitas. Uno de ellos, el padre José Cardiel,
describe así la planta de los pueblos misioneros:
"Todas las calles están derechas a cordel y tienen
de ancho dieciséis o dieciocho varas. Todas las
casas tienen soportales de tres varas de ancho
o más, de manera que cuando llueve se puede andar
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| Ruinas de
la casa natal de San Martín, Yapeyú, Corrientes.
Fotografía. Archivo gráfico del INS. Buenos Aires.
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por todas partes sin mojarse,
excepto al atravesar de una calle a otra. Todas
las casas de los indios son también uniformes:
ni hay una más alta que otra, ni más ancha o o
larga; y cada asa consiste en un aposento de siete
varas en cuadro como los de nuestros colegios,
sin más alcoba, cocina ni retrete..." Y más adelante
agrega: "Todos los pueblos tienen una plaza de
150 varas en cuadro, o más, toda rodeada por los
tres lados de las casas más aseadas y con soportales
más anchos que las otras: y en el cuarto lado
está la iglesia con el cementerio a un lado y
la casa de los padres al otro... Hay almacenes
y granero para los géneros del común y algunas
capillas".
Por ser el lugar de residencia del superior de
los misioneros jesuitas, Yapeyú tuvo situación
privilegiada entre todos los pueblos destinados
a reunir a los indios reducidos e incorporados
plenamente a las formas de convivencia propias
de lacivilización cristiana. Pero por su privilegiada
situación geográfica fue el blanco de las asechanzas
de los portugueses y de las hordas de indígenas
de yaros, minuanes y charrúas, que alentados por
los primeros saqueaban las estancias, robando
ganados, y destruyendo las sementeras.
Por esto los pobladores debieron en muchas ocasiones
tomar las armas para escarmentar a los invasores
y así impedir la pérdida de vidas humanas y de
importantes riquezas materiales. En julio de 1768,
y dándose así cumplimiento a lo dispuesto por
la real cédula firmada por Carlos III el 27 de
febrero de 1767, los jesuitas eran expulsados
de Yapeyú, hasta donde llegó para ejecutar la
orden -una orden que sería repudiada y resistida
por muchos vasallos del rey Borbón- el gobernador
Francisco de Bucarelli y Ursúa.
"En julio de 1768 los jesuitas eran expulsados
de Yapeyú..."Idos los jesuitas -esos misioneros
que, junto con las verdades evangélicas, enseñaron
concomitantemente a los indios a amar el trabajo
y a defender con su libertad la independencia
del suelo patrio-, pronto el desorden se generalizó
en las reducciones, como lo testimonió Juan José
de Vértiz al afirmar en un memorial dirigido al
monarca que los indios "se entregaron a la matanza
de ganados para alimentarse sin término ni medida,
no atendiendo ya sus telares, siembras y otros
trabajos establecidos, y lo que antes se llevaba
y gobernaba por unas muy escrupulosas reglas se
redujo a confusión y trastorno".
Reemplazado Bucarelli en 1770 por Vértiz (entonces
en el ejercicio de la gobernación del Río de la
Plata), el nuevo mandatario designó en 1774 por
teniente gobernador de Yapeyú al mayor Juan de
San Martín, oficial que había llegado América
en 1765 y que desde 1767 administraba una vasta
hacienda, la Estancia y Calera de las Vacas, en
la Banda Oriental, también propiedad de los jesuitas.
Así, por obra del encadenamiento histórico que
sucedió a la real orden de extrañamiento de los
hijos de San Ignacio, se instalaron en Yapeyú
don Juan de San Martín, que a poco sería ascendido
a capitán, y su esposa Gregoria Matorras. El capitán
San Martín ejerció el cargo con gran responsabilidad.
Si bien debió prestar preferente atención a la
lucha armada contra minuanes y portugueses, no
descuidó su gestión administrativa, que llegó
a ser fecunda. Tanto fue así, que cuando dejó
el cargo, el Cabildo de Yapeyú manifestó respecto
de aquélla que "ha sido muy arreglada, y ha mirado
nuestros asuntos con amor y caridad sin que para
ello faltase lo recto de la justicia y ésta distribuida
sin pasión, por lo que quedamos muy agradecidos
todos a su eficiencia."
Mientras don Juan de San Martín se entregaba a
la atención del cargo que se le había confiado,
Gregoria Matorras vivía en Yapeyú dedicada a la
crianza de sus cinco hijos, el menor de los cuales
era José Francisco, nacido allí, el 25 de febrero
de 1778.
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