Para entorpecer la acción de los españoles
que lo venían presionando desde el norte, Belgrano
decidió bajar hasta Tucumán imponiendo el estado
de tierra arrasada. Esta decisión originó el
épico suceso que la historia reconoce como Éxodo
Jujeño del 23 de agosto de 1812, y fue acompañado
con el apoyo incondicional de toda la población.
Belgrano pudo hacer pie en Tucumán, derrotando
al general Pío Tristán en la batalla que allí
se dio el 24 de septiembre. El jefe realista
debió retroceder hasta Salta y en el campo de
las Carreras sufrió, el 20 de febrero de 1813,
una nueva y definitiva derrota. Belgrano, avanzando
hacia el norte en el curso de la segunda campaña
al Alto Perú, choca con los realistas en Vilcapugio,
el 27 de setiembre de ese año. Pese a lo indefinido
de esta acción, pudo retirarse, pero al enfrentarse
nuevamente con el general Joaquín de la Pezuela
en Ayohuma sufre, el 14 de octubre, una aplastante
derrota que, como la del Desaguadero, significó
la pérdida del Alto Perú.
Volvió Belgrano hasta Tucumán donde, el 29
de enero de 1814, fue reemplazado por el entonces
coronel José de San Martín quien, con algunos
efectivos, había concurrido desde Buenos Aires
en su auxilio. San Martín, poco tiempo después
pidió su relevo por razones de enfermedad.
En mayo de 1.814, fue designado jefe del Ejército
Auxiliar el general José Rondeau, quien comandaría
la tercera campaña al Alto Perú. Diversos enfrentamientos
se producen en el curso del año 1815: el 19
de febrero, Martín Rodríguez es sorprendido
en El Tejar por el realista Olañeta; el 12 de
abril, Güemes se impone en Puesto del Marqués;
el 20 de octubre, Martín Rodríguez es nuevamente
vencido en Venta y Media y el 29 de noviembre
Pezuela derrota definitivamente a los patriota:
en Sipe-Sipe, batalla que los españoles recuerdan
como el triunfo de Viluma.
A partir de entonces tendrían otras prioridades
los planes revolucionarios, pues San Martín,
ya Gobernador de Cuyo, iniciaba la primera etapa
de su estrategia continental para libertar Chile
y Perú. Los pobladores del Alto Perú no se acobardaron
con las derrotas sufridas en su territorio por
las tres expediciones enviadas por el gobierno
de Buenos Aires. Con suficiente experiencia
- Chuquisaca y La Paz se habían insurreccionado
sin éxito en 1.809- y al verse abandonados a
su suerte, organizaron un alzamiento general
que Mitre, sin mucha propiedad, denominó "guerra
de las republiquetas".
Los "partidarios" pusieron en práctica un modo
de combatir acorde con una singular geografía
y con el apoyo popular que los nutría. Actúan
contra los realistas acosándolos e inutilizándoles
los víveres y bagajes, interceptando su correspondencia,
sustrayéndoles los productos de la tierra y
el ganado, obstruyendo los caminos y las entradas
a las poblaciones, apareciendo y desapareciendo
por sorpresa y desorientando al adversario hasta
quitarle su libertad de acción. De esta manera
proclaman y defienden los principios revolucionarios
y con su práctica y accionar reclutan y adiestran
gente para cubrir las constantes bajas producidas.
Los operativos de guerrilla abarcaron todo el
territorio de las cuatro provincias del Alto
Perú y puede afirmarse que esta singular contienda
-sin perjuicio de la que a nivel de ejércitos
regulares también se llevaba a cabo - tuvo vigencia
desde 1.809 hasta 1.825, es decir desde la mencionada
sublevación de Chuquisaca hasta el combate de
Tumusla, en que Olañeta, desconociendo la capitulación
de Ayacucho, pretendía aún luchar contra la
independencia de América y es derrotado y herido
de muerte.
Enumerar los combates más importante significaría
una larga lista de topónimos de la actual República
de Bolivia, de la cual solamente rescatamos
los nombres de Abapó, Cinti, Cochabamba, Chuquisaca,
Santa Cruz de la Sierra, Valle Grande, Larecapa,
Pomabamba, Oruro, Sica Sica y Tomina.
Por supuesto que al suceso de cada localidad
le corresponde el nombre de un caudillo y de
este heroico inventario anotamos a Vicente Camargo,
Esteban Arce, Alejo y Mariano Nogales, Cárdenas,
Ildefonso de las Muñecas, Jacinto Cueto, Carlos
Taboada, Manuel Asencio Padilla y su mujer Juana
Azurduy, Ignacio Warnes, Vedoya, Alvarez de
Arenales y los hermanos José y Miguel Lanza.
Miguel Ramallo, en su obra "Guerrilleros bolivianos",
describe esta contienda como "una de las guerras
más extraordinarias por su genialidad, la más
trágica por sus sangrientas represalias y la
más heroica por sus sacrificios oscuros y deliberados.
La caracteriza moralmente el hecho de que sucesiva
o alternativamente figuraron en ella ciento
dos caudillos de los cuales solamente sobrevivieron
nueve a la lucha." Las derrotas sufridas por
los ejércitos de la revolución en sus tres campañas
al Alto Perú, dieron lugar a que en Salta, Jujuy
y Tarija también se organizaran tropas irregulares
que habían de sostener una larga y cruenta lucha
contra los invasores realistas, contienda que
Leopoldo Lugones denominó "guerra gaucha". Su
conductor indiscutible fue Martín Miguel de
Güemes quien, con una veintena de jefes que
se plegaron a su causa y a su estilo, protagonizaron
páginas de gloria. El accionar de esta guerra
presenta, como característica, la cantidad de
encuentros que se libraron entre efectivos de
cierta importancia hasta ocasionales escaramuzas,
con muy disímiles actores: oficiales y soldados,
campesinos, mujeres y hasta niños. Todos lucharon
con bravura sin par y a favor de una escabrosa
geografía y una idiosincrasia especialísima.
También aquí es difícil confeccionar la nómina
de héroes y, sin mengua de los que se omitan,
al nombre de Güemes deben agregarse los de José
Ignacio Gorriti y su hermano Juan Francisco,
Manuel Eduardo Arias, Francisco Pérez de Uriondo,
Manuel Alvarez Prado, Juan José Fernández Campero,
Alejandro Burela, Bartolomé de la Corte, José
Gabino de la Quintana, Domingo Arenas y Juan
Antonio Rojas. Ellos, y cientos de combatientes
a su mando, cosecharon, junto con las penurias,
los lauros por la libertad.
La hora más gloriosa de la guerra gaucha fue,
sin duda, el rechazo de la "Gran Invasión" que,
en mayo de 1.817, comandó el general José de
la Serna. El jefe realista llegó a ocupar Jujuy
y Salta, pero fue ferozmente acosado en un sinfín
de encuentros que estamparon en la historia
los nombre de La Tablada, Abra de Zenta, Cangrejillos,
Viña, Los Sauces, Altos de la Quintana, Río
Reyes, Jujuy, Perdriel, Tìlcara, Tumbaya, Humahuaca,
La Pedrera, Volcán Sococha y Pumahuasi. También
cabe a Güemes y sus "infernales" el mérito de
colaborar con San Martín constituyéndose en
el bastión del norte, mientras el Libertador
actuaba en Chile y en Perú.