DESASTRE DE RANCAGUA
El 18 de septiembre de 1810 se había instalado
en Chile el primer gobierno independiente presidido
por el venerable anciano Mateo de Toro Zambrano
e integrado, entre otros, por el mendocino Juan
Martínez de Rozas.
Ignacio de la Carrera pertenecía a una de las
principales familias chilenas, era padre de
Juan José, José Miguel, Javiera y Luis, apasionados
patriotas que serán protagonistas de sucesos
dramáticos y trágicos en la Argentina. José
Miguel regresó de España en 1811. Era un joven
arrogante, de hermosas facciones, ambicioso,
dominante y con cierto poder carismático que
le conquistaba simpatías, hasta admiración.
Apoyado por sus hermanos que tenían comando
de tropas, se apoderó del gobierno y desterró
a algunos patriotas, entre ellos a Martínez
de Rozas que murió amargado en su ciudad natal.
También llegaron, desterrados, el brigadier
Juan Mackenna y el diplomático Antonio José
de Irizarri.
En Chile, se fueron dividiendo y encontrando
las opiniones y llegaron a formarse dos núcleos
o bandos: los "carrerinos" y los "larraines",
entre éstos figuraba Bernardo O'Higgins quien
estando al frente de sus tropas sufrió el desastre
de Rancagua, el 2 de octubre de 1814, sin que
le socorriera José Miguel Carrera que comandaba
la división del ejército a ojos vista de la
ciudad sitiada. En Rancagua terminó la Patria
Vieja y empezó la emigración de familias y soldados.
Apenas supo San Martín el desastre, solicitó
auxilios a los mendocinos y con la mayor prontitud
-ha escrito él- salieron al encuentro de estos
hermanos más de mil cargas de víveres y muchísimas
bestias de sillas para su socorro. "qout;Yo
salí a Uspallata -agrega- distante 30 leguas
de Mendoza, en dirección a Chile, a recibirlos
y proporcionarles personalmente cuantos consuelos
estuvieran en mi posibilidad". Entre los cientos
de emigrados venían el general O'Higgins con
su madre, doña Isabel Riquelme y su hermanastra
Rosita; venían fray Luis Beltrán y los Carrera.
Desde que José Miguel pisó suelo argentino mostró
su habitual soberbia y espíritu de mando a extremos
que San Martín le comunicó que nadie daba órdenes
más que el Gobernador- Intendente y no permitiría
que alguien se atreviera a recomendarle sus
deberes. Desde ese día se inició el desacuerdo
entre estos dos hombres, que en Carrera llegará
al más desorbitado odio.
GOBIERNO Y ADMINISTRACION DE SAN MARTIN
Fueron decisivos los trabajos realizados por
San Martín en el gobierno y administración de
Cuyo, en particular en Mendoza donde residió,
desde el 7 de septiembre de 1814, día en que
llegó, hasta el 23 de enero de 1817, día en
que salió para Chile. Aquí, en realidad, forjó
la independencia de tres naciones.
Muchos de los emigrados chilenos fueron alojados
en casas de familia, otros en cuarteles, algunos
soldados quedaron en Mendoza y los demás siguieron
a Buenos Aires, donde ya estaban los Carrera.
Ahora necesitaba el gobernador redoblar su
atención al gobierno civil y militar. Era indispensable
recuperar Chile, la "ciudadela de América" y
poco podía esperar entonces del gobierno de
Buenos Aires urgido por las necesidades del
Ejército del Norte. Entre bromas y veras, el
Director Posadas le aconsejaba arreglarse como
pudiera, "ínterin acá me peleo para mandar tercerolas,
sables viejos, o demonios coronados para que
se ponga la cosa en pie de defensa". Era indispensable
obtener los recursos de Cuyo que, a pesar de
su pobreza, con el sacrificio y la abnegación
de las tres provincias, dio vida al Ejército
de los Andes.
San Martín desempeñó todas las funciones de
gobierno: fue poder ejecutivo, legislador, juez,
edil y jefe militar; además, diplomático y político.
No obstante la extensión de su poder, no lo
desempeñó como déspota. En todas las funciones
demostró las características de su personalidad:
previsor, disciplinado, virtuoso, infatigable,
apasionado por la libertad.
Tuvo excelentes colaboradores que supieron
interpretarlo, entre otros, los tenientes gobernadores
Toribio de Luzuriaga en Mendoza, José Ignacio
de la Rosa en San Juan y Vicente Dupuy en San
Luis. Más de una vez exigió contribuciones y
ayudas extraordinarias. "El pueblo derrama a
borbotones toda clase de ayuda", dice Luzuriaga.
Prueba de la estimación popular fue la adhesión
que le demostró el Cabildo Abierto cuando en
1815 el Director Alvear le aceptó la renuncia
y designó en su reemplazo al coronel Perdriel.
"¡Queremos a San Martín!", fue el grito unánime
de los mendocinos y el voto de los Cabildos
de San Juan y San Luis. Y fue el Cabildo mendocino
quien le donó doscientas cuadras en Los Barriales,
donde él hubiera deseado vivir siempre. Ese
mismo Cabildo lo declaró "Ciudadano Honorario
y Regidor Perpetuo" en 1821, cuando ya no era
gobernador y estaba lejos de Mendoza.
Durante su gobernación, entre otras iniciativas
y realizaciones, San Martín difundió la vacuna
antivariólica; embelleció y extendió la vieja
Alameda, paseo habitual de la sociedad mendocina;
abrió canales de riego; delineó la Villa Nueva;
impulso la industria y el comercio; dispuso
el blanqueo de las casas; prohibió la construcción
de balcones y ventanas voladas que obstruían
el paso de los transeúntes. Era asiduo lector
y escribía con elevación y cierta elegancia,
pero deplorable ortografía. Por él se fundó
la primera biblioteca mendocina y más tarde
la del Perú; fomentó la instrucción y educación
en Cuyo, dictó instrucciones a los maestros
de escuela, prohibió los castigos corporales
a los escolares y contribuyó a la creación del
colegio de la Santísima Trinidad, primer establecimiento
educacional mendocino de enseñanza secundaria.
No pudo asistir a su inauguración, que estuvo
a cargo de Luzuriaga, pero ha dejado un mensaje
inolvidable que está transcripto en el Acta
funcional de la Universidad Nacional de Cuyo
del 27 de marzo de 1939: "Ningún hombre nacido
en esta tierra debe tener a menos o creer que
hace un sacrificio viniendo a esta ciudad excelente
a fundar estudios hasta que ellos puedan marchar
por sí solos..."
"El gobierno de San Martín en Cuyo se parece
un poco al de Sancho Panza en la ínsula Barataria",
dice Mitre. Y es verdad, porque el juzgó y sentenció
con criterio humano, de acuerdo con la verdad
sabida, el buen juicio y la clemencia, sin invocación
de leyes ni intervención de abogados y procuradores.
Fue juez como un buen padre de familia y hay
muchas anécdotas que lo atestiguan y demuestran
sensibilidad. Cuando supo que a los presos en
la cárcel de Mendoza les daban de comer cada
24 horas, se dirigió al Cabildo para que se
incluyera cena en la alimentación diaria.
SU HOGAR
En la vida pública y privada de San Martín
hay unidad moral en su conducta. Ninguno de
los que lo envidiaron, calumniaron y odiaron,
pudo, con verdad, señalar un solo acto de inconducta
de este hombre.
San Martín se había casado en septiembre de
1812 con Remedios de Escalada de la Quintana,
de una de las principales familias de Buenos
Aires. Tenía él entonces 34 años y ella cumplía
15. En el año siguiente, San Martín fue enviado
a Tucumán y luego pasó a Mendoza en 1814. Aquí
forma su hogar. El Director Posadas, amigo suyo
y de la familia Escalada, organiza el viaje
de la joven esposa, cuya salud fue siempre delicada.
La acompañan dona Benita Melo y su esposo "Manolito
Corvalán que es natural de esa ciudad y de una
de las familias principales", así le escribe
Posadas. El 1 de octubre le informa: "por fin
partió su madama, la cual no ha tenido culpa
en la demora, sino sus padres, según ellos mismos
me lo han dicho, pues no han querido que pase
a un país nuevo sin todos los atavíos correspondientes
a su edad y nacimiento. Al fin, son sus padres
y es forzoso que, al menos en esa ocasión, los
disculpe usted."
A los pocos días de llegar, Remedios - como
la nombran- era el centro de la sociedad mendocina
que espontáneamente simpatizo con la gentil
esposa del gobernador. Fue ella quien organizó
la donación de joyas para el servicio de la
patria amenazada por un supuesto ejército español,
y fueron damas mendocinas, sanjuaninas y puntanas,
quienes respondieron a su reclamo. Ella, con
sus nuevas amigas Margarita Corvalán, Mercedes
Alvarez, Laureanita Ferrari y la joven chilena
Dolores Pratt de Huici, cuyo esposo murió en
el desastre de Rancagua, fueron quienes bordaron
la bandera de los Andes jurada el 5 de enero
de 1817, en el mismo día que se consagró patrona
del ejército a la Virgen del Carmen de Cuyo.
El hogar de San Martín se instaló en una modesta
casa de la actual calle Corrientes y allí nació,
el 24 de agosto de 1816, su única hija, Merceditas,
que será su felicidad y consuelo hasta la muerte.
EL EJERCITO DE LOS ANDES
San Martín había pedido la gobernación de Cuyo
para organizar un pequeño ejercito bien disciplinado,
para pasar a Chile y, después de libertarlo,
continuar al Perú, centro nutricio de la resistencia
española.
Mientras actúa en el fuero civil, trabaja en
la organización del ejército. Se levanta a las
4 de la mañana y desde las 5 está en la faena.
"Trabajo como un macho", le escribe a Guido,
pero no recibe franco apoyo de Buenos Aires.
El mismo cree que "San Martín será siempre sospechoso."
Le llegan anónimos y pasquines con calumnias,
insultos y amenazas.
Le dicen que es ambicioso, cruel, ladrón y
poco seguro a la causa, porque habría sido enviado
por los españoles. "Usted dirá -le escribe Guido
- que me he incomodado. Sí, mi amigo, un poco.
Pero después llamé a la reflexión en mi ayuda,
hice lo que Diógenes, zambullirme en una tinaja
de filosofía y decir: todo es necesario que
sufra el hombre público para que esta nave llegue
a puerto..."
Sin duda, Buenos Aires ayudó mucho, pero más
ayudó Cuyo. La mayor parte del ejército, hombres,
armas, caballería, vituallas, ropas y diversos
pertrechos fue de origen cuyano. Todo Cuyo estuvo
al servicio del ejército, incluso indios pehuenches
y negros esclavos. Más de 700 operarios trabajaron
día y noche en la maestranza que dirigía Fray
Luis Beltrán, en el molino de Tejeda, en la
fábrica de pálvora de Alvarez Condarco y cientos
de mujeres y muchas monjas de Mendoza, San Juan
y San Luis tejían ponchos, matras, picotes y
cosían ropas para los 7000 hombres que llegó
a tener el ejército, incluso los milicianos,
boyeros, herradores, barreteros y baqueanos.
En septiembre se concentró el ejército en el
campamento del Plumerillo, ya que hasta entonces
estaba alojado en cuarteles, conventos y casas
de familia de la ciudad. Todos los cuyanos respondieron
al reclamo de San Martín, incluyendo algunos
niños.
Todos dieron algo, unos dinero, otros acémilas,
caldos y las más diversas cosas. Impresiona
la lista de donaciones de mujeres sanjuaninas
y puntanas. Ya en vísperas de la partida, del
paso de la cordillera, que era lo único que
le hacia perder el sueño a San Martín, le escribió
a Godoy Cruz que le faltaba tiempo, dinero,
salud, "pero estamos en la inmortal provincia
de Cuyo y todo se hace. No hay voces ni palabras
para expresar lo que son estos habitantes."
Dos meses después, desde la cuesta de Chacabuco,
el 12 de febrero de 1817, el general San Martín
"al apearse de su caballo -dice Mitre- cubierto
aún con el polvo del combate, su primer pensamiento
fue por los pueblos cuyanos que le habían proporcionado
los medios de realizar su empresa y escribió
a los Cabildos de Mendoza, San Juan y San Luis:
"gloríese el admirable Cuyo de ver conseguido
el objeto de sus sacrificios. Todo Chile es
nuestro."