"Su recepción fue festejada con las más vivas
demostraciones de adhesión y amor hacia su persona,
y, desde entonces, jamás Mendoza desmayó en
un solo día, de la casi idolatría que tuvo por
el general San Martín. El, a su vez, pagóla
con una extremada predilección, con la más distinguida
estimación, con los gratos recuerdos que constantemente
consagró a esa cuna de sus imperecederas glorias.
Su elevada estatura, su continente marcial,
sus maneras insinuantes, cultas y desembarazadas,
su mirada penetrante y de un brillo y movilidad
singulares, revelándose en ella el genio de
la guerra, la aptitud sobresaliente del mando;
su voz tonante de un timbre metálico, su palabra
rápida y conmovente, sus costumbres severamente
republicanas; todo esto, reunido a las altas
dotes que sus ilustrados biógrafos han descripto,
presentábanle como un hombre de Plutarco, llevado
en hombros de la popularidad. "No podía el gobierno
general haber hecho una más acertada elección
del jefe a quien confiaba tan delicado puesto
con la intuición, tal vez, de la inmensa trascendencia
que una tal medida iba a tener dentro de poco
tiempo. "Con la penetración de poderoso alcance,
con el golpe de ojo dado sólo al genio, que
descollaban entre sus demás eminentes cualidades,
San Martín, pasando por San Luis, llegando a
Mendoza y visitando a San Juan, abarcó con una
sola mirada, por decirlo así, la grande importancia,
las inmensas ventajas que poseía la provincia
de Cuyo para dar un fuerte impulso con su valioso
e inmediato concurso a la gigantesca empresa
de nuestra independencia." Damián Hudson.
SAN MARTIN EN MENDOZA - (ABRIL DE 1819)
En abril de 1819, visitó a San Martín en Mendoza
el viajero inglés Jhon Miers. Iba de paso a
Chile, para ocuparse en trabajos de minas y
en ese país se vinculó más tarde a la facción
de Lord Cochrane. En su libro "Travels in Chile
and La Plata", describe así su entrevista con
San Martín: "Después del breakfasf, fui a entregar
unas cartas que traía desde Londres para Don
Juan de la Cruz Vargas, Director de Correos.
Vargas vivía en los suburbios y me recibió con
mucha bondad, prodigándome después toda clase
de atenciones durante el tiempo que permanecí
en Mendoza. Fui luego a visitar al general San
Martín y a entregarle cartas que también traía
para él. Mientras esperaba, entré en conversación
con dos de sus edecanes por quienes supe la
noticia del ataque de Lord Cochrane al Callao.
El general me recibió muy cortésmente. Era un
hombre alto y bien proporcionado, enhiesto y
de anchas espaldas, de piel cetrina y mirada
viva y penetrante, cabello muy negro y anchas
patillas. Hablaba en forma rápida y vivaz. Me
ofreció toda la ayuda que pudiera serme necesaria
y me prometió darme una carta para O'Higgins,
el Supremo Director de Chile, invitándome a
pasar por su casa esa noche.
"Al anochecer me visitaron don Cruz Vargas
y don Ildefonso Alvarez, este último hermano
del diputado que yo había conocido en Londres;
era uno de los edecanes de San Martín. Ambos
me acompañaron a casa del general donde fui
recibido con mucha amabilidad. La conversación
recayó sobre granadas y otros proyectiles militares,
a cuyo respecto me hizo muchas preguntas, mostrándose
muy interesado. Después de estar con él cosa
de una hora, me pidió que lo viera en la mañana
siguiente a objeto de darme la carta para el
general O'Higgins. Don Cruz Vargas se quedó
para acompañar al general San Martín a la tertulia
del gobernador. Alvarez se vino conmigo a la
posada donde pasó la noche y me entretuvo contándome
sus andanzas con el ejército de Belgrano en
el Alto Perú.
"Abril 28. Esta mañana fui a casa del general
San Martín y me hicieron pasar a su despacho
particular donde estaba trabajando con un secretario.
Le ordenó que escribiera una carta para el general
O'Higgins y él mismo se la dictó. Una vez firmada,
la puso en mis manos. Mientras San Martín se
ocupaba de todo esto, tuve oportunidad de examinar
la pieza en que me hallaba. Estaba muy bien
arreglada a la manera europea; los muebles eran
todos ingleses: había lindas cómodas, mesas,
etc., de palo rosa, enchapadas de bronce y bonitos
sillones que formaban juego y una alfombra de
Bruselas. Lo que más particularmente llamó mi
atención, fue una miniatura bastante grande
que tenía parecido con San Martín y colgaba
entre dos grabados, uno de Napoleón Bonaparte
y otro de Lord Wellington, todos dispuestos
en la misma forma.
"Me llamó el general a una pieza contigua en
uno de cuyos rincones estaba su cama. Abrió
un armario y me mostró unas veinte armas de
fuego escogidas: fusiles, rifles, etc. Quedé
con él por algunos momentos y conversamos sobre
la topografía de la provincia de Cuyo. Se despidió
de mí con mucha cordialidad, ofreciéndome siempre
sus servicios y diciéndome que pronto tendría
el placer de verme en Chile." John Miers.