"Antes de desvestirme, hice mi ajuste de cuentas
con el maestro de posta y, cuando quedó arreglado,
me retiré al carruaje, transformado en habitación
para pasar la noche, y pronto me dormí." No
habían corrido muchas horas cuando desperté
de mi profundo sueño a causa del tropel de caballos,
ruido de sables y rudas voces de mando a inmediaciones
de la posta. Vi confusamente en las tinieblas
de la noche los tostados rostros de dos arrogantes
soldados en cada ventanilla del coche. No dudé
estar en manos de los marinos.
- "¿Quién está ahí?", dijo autoritariamente
uno de ellos. - "Un viajero", contesté, no queriendo
señalarme inmediatamente como víctima, confesando
que era inglés. - "Apúrese", dijo la misma voz
"y salga". En ese momento se acercó a la ventanilla
una persona cuyas facciones no podía distinguir
en lo obscuro, pero cuya voz estaba seguro de
conocer, cuando dijo a los hombres: -
"No sean groseros; no es enemigo, sino, según
el maestro de posta me informa, un caballero
inglés en viaje al Paraguay".
"Los hombres se retiraron y el oficial se aproximó
más a la ventanilla. Confusamente, como pude
entonces discernir sus finas y prominentes facciones,
combinando sus rasgos con el metal de voz, dije:
- "Seguramente usted es el coronel San Martín
, y, si es así, aquí está su amigo mister Robertson".
El reconocimiento fue instantáneo, mutuo y cordial;
y él se regocijó con franca risa cuando le manifesté
el miedo que había tenido, confundiendo sus
tropas con un cuerpo de marinos. El coronel
entonces me informó que el Gobierno tenía noticias
seguras de que los marinos españoles intentarían
desembarcar esa misma mañana, para saquear el
país circunvecino y especialmente el convento
de San Lorenzo. Agregó que para impedirlo había
sido destacado con ciento cincuenta Granaderos
a caballo de su Regimiento; que había venido
(andando principalmente de noche para no ser
observado) en tres noches desde Buenos Aires.
Dijo estar seguro de que los marinos no conocían
su proximidad y que dentro de pocas horas esperaba
entrar en contacto con ellos. -
"Son doble en número", añadió el valiente coronel,
"pero por eso no creo que tengan la mejor parte
de la jornada". -
"Estoy seguro que no", dije; y descendiendo
sin dilación empecé con mi sirviente a buscar
a tientas, vino con que refrescar a mis muy
bien venidos huéspedes. San Martín había ordenado
que se apagaran todas las luces de la posta,
para evitar que los marinos pudiesen observar
y conocer así la vecindad del enemigo. Sin embargo,
nos manejamos muy bien para beber nuestro vino
en la oscuridad y fue literalmente la copa del
estribo; porque todos los hombres de la pequeña
columna estaban parados al lado de sus caballos
ya ensillados, y listos para avanzar, a la voz
de mando, al esperado campo del combate. No
tuve dificultad de persuadir al general que
me permitiera acompañarlo hasta el convento.
"Recuerde solamente", dijo, "que no es su deber
ni oficio pelear. Le daré un buen caballo y
si usted ve que la jornada se decide contra
nosotros, aléjese lo más ligero posible. Usted
sabe que los marineros no son de a caballo".
A este consejo prometí sujetarme y, aceptando
su delicada oferta de un caballo excelente y
estimando debidamente su consideración hacia
mí, cabalgué al costado de San Martín cuando
marchaba al frente de sus hombres, en obscura
y silenciosa falange. Justo antes de despuntar
la aurora, por una tranquera en el lado del
fondo de la construcción, llegamos al convento
de San Lorenzo, que quedó interpuesto entre
el Paraná y las tropas de Buenos Aires y ocultos
todos los movimientos a las miradas del enemigo.
Los tres lados del convento visibles desde el
río, parecían desiertos; con las ventanas cerradas
y todo en el estado en que los frailes atemorizados
se supondría lo habían abandonado en su fuga
precipitada, pocos días antes. Era en el cuarto
lado y por el portón de entrada al patio y claustros
que se hicieron los preparativos para la obra
de muerte. Por este portón, San Martín silenciosamente
hizo desfilar sus hombres, y una vez que hizo
entrar los dos escuadrones en el cuadrado, me
recordaron, cuando las primeras luces de la
mañana apenas se proyectaban en los claustros
sombríos que los protegían, la banda de griegos
encerrados en el interior del caballo de madera
tan fatal para los destinos de Troya. El portón
se cerró para que ningún transeúnte importuno
pudiese ver lo que adentro se preparaba. El
coronel San Martín, acompañado por dos o tres
oficiales y por mí, ascendió al campanario del
convento y con ayuda de un anteojo de noche
y por una ventana trasera trató de darse cuenta
de la fuerza y movimientos del enemigo. Cada
momento transcurrido, daba prueba más clara
de su intención de desembarcar; y tan pronto
como aclaró el día percibimos el afanoso embarcar
de sus hombres en los botes de siete barcos
que componían su escuadrilla. Pudimos contar
claramente alrededor de trescientos veinte marinos
y marineros desembarcando al pie de la barranca
y preparándose a subir la larga y tortuosa senda,
única comunicación entre el convento y el río.
Era evidente, por el descuido con que el enemigo
ascendía el camino, que estaba desprevenido
de los preparativos hechos para recibirlo, pero
San Martín y sus oficiales descendieron de la
torrecilla, y después de preparar todo para
el choque, tomaron sus respectivos puestos en
el patio de abajo. Los hombres fueron sacados
del cuadrángulo, enteramente inapercibidos,
cada escuadrón detrás de una de las alas del
edificio. San Martín volvió a subir al campanario
y, deteniéndose apenas un momento, volvió a
bajar corriendo, luego de decirme -
"Ahora, en dos minutos más estaremos sobre
ellos, sable en mano".
"Fue un momento de intensa ansiedad para mí.
San Martín había ordenado a sus hombres no disparar
un solo tiro. El enemigo aparecía a mis pies
seguramente a no más de cien yardas. Su bandera
flameaba alegremente, sus tambores y pitos tocaban
marcha redoblada, cuando en un instante y a
toda brida los dos escuadrones desembocaron
por atrás del convento y flanqueando al enemigo
por las dos alas, comenzaron con sus lucientes
sables la matanza, que fue instantánea y espantosa.
Las tropas de San Martín recibieron una descarga
solamente, pero desatinada, del enemigo; porque,
cerca de él, como estaba la caballería, sólo
cinco hombres cayeron en la embestida contra
los marinos. Todo lo demás fue derrota, estrago
y espanto entre aquel desdichado cuerpo. La
persecución, la matanza, el triunfo, siguieron
al asalto de las tropas de Buenos Aires. La
suerte de la batalla, aun para un ojo inexperto
como el mío, no estuvo indecisa tres minutos.
La carga de los dos escuadrones, instantáneamente
rompió las filas enemigas y desde aquel momento
los fulgurantes sables hicieron su obra de muerte
tan rápidamente que en un cuarto de hora el
terreno estaba cubierto de muertos y heridos.
Un grupito de españoles había huido hasta el
borde de la barranca; y allí, viéndose perseguidos
por una docena de granaderos de San Martín,
se precipitaron barranca abajo y fueron aplastados
en la caída. Fue en vano que el oficial a cargo
de la partida les pidiera se rindiesen para
salvarse. Su pánico les había privado completamente
de la razón, y en vez de rendirse como prisioneros
de guerra, dieron el horrible salto que los
llevó al otro mundo y dio sus cadáveres, aquel
día, como alimento a las aves de rapiña. De
todos los que desembarcaron, volvieron a sus
barcos apenas cincuenta. Los demás fueron muertos
o heridos, mientras San Martín solamente perdió
en el encuentro, ocho de sus hombres. La excitación
nerviosa proveniente de la dolorosa novedad
del espectáculo, pronto se convirtió en mi sentimiento
predominante; y quedé contentísimo de abandonar
el todavía humeante campo de la acción. Supliqué
a San Martín, en consecuencia, que aceptase
mi vino y provisiones en obsequio a los heridos
de ambas partes, y dándole un cordial adiós,
abandoné el teatro de la lucha, con pena por
la matanza, pero con admiración por su sangre
fría e intrepidez. Esta batalla (si batalla
puede llamarse) fue, en sus consecuencias, de
gran provecho para todos los que tenían relaciones
con el Paraguay, pues los marinos se alejaron
del río Paraná y jamás pudieron penetrar después
en son de hostilidades." G. P. Robertson.