|
|
 |
 |

SUS GRANDES
RENUNCIAMIENTOS - Horacio José Timpanaro (1928-1990)
|
 |
 |
| |
La vida de José de San Martín estuvo jalonada por
una sucesión de renunciamientos. Renunció a la gloria
que los pueblos otorgan a los guerreros victoriosos;
al poder que aspiran los hombres públicos y a la riqueza
que buscan alcanzar los hombres comunes.
AL EJÉRCITO ESPAÑOL
San Martín cumplió en España una destacada carrera
militar. Fue admitido de cadete en el Regimiento de
Infantería Murcia “El Leal” en 1789, cuando apenas
contaba doce años. En 1793 obtuvo su primer ascenso
al grado de segundo subteniente y, nueve meses más
tarde, fue designado primer subteniente. Alcanzó la
segunda tenencia en 1795 y, a fines de 1802, fue ascendido
como segundo ayudante del Batallón Voluntarios de
Campo Mayor “El Incansable”. En noviembre de 1804
fue promovido a capitán segundo y cuatro años después
obtuvo el grado de teniente coronel de caballería:
tenía entonces treinta años de edad. En 1811, después
de 22 años de distinguidos servicios en el ejército
español, renunció a continuar su brillante carrera
no obstante ser americano, y solicitó su retiro para
sumergirse en la apasionante perspectiva de la revolución
americana. Se marchó pidiendo, solamente, el uso del
uniforme de retirado y el fuero militar, este oficial
antiguo y de tan buena opinión como ha acreditado
principalmente en la presente guerra (de la independencia
española), pues ha servido bien los 22 años que dice
y tiene méritos particulares de guerra que le dan
crédito y la mejor opinión. Así, con el citado reconocimiento
de sus superiores, sin uso de las franquicias que
otorgaba el montepío militar, dejó España, a la que
no volverá a ver.
A LA VIDA FAMILIAR
Al abandonar la península también renunció a permanecer
cerca de su madre, ya anciana y de su hermana María
Elena. El destino lo llama desde lejos y allá va,
a América, a cumplir con su misión. Años más tarde,
al iniciar la campaña de los Andes en 1817, debió
separarse de su joven esposa y de su pequeña infanta
mendocina, quienes dejaron las acogedoras tierras
Cuyanas cuando él se internó en los pasos cordilleranos
para llevar la libertad a Chile. Renunció a permanecer
cerca de su familia, a gozar de los momentos gratos
con sus seres queridos y, por último, a atender a
su esposa durante su fatal enfermedad.
|
|
| |
|
|
|
AL PODER POLÍTICO
“Prometo a nombre de la independencia de mi
patria, no admitir jamás mayor graduación que
la que tengo, ni obtener empleo público y, el
militar que poseo, renunciarlo en el momento
en que los americanos no tengan enemigos.” Estas
palabras fueron dichas en 1816, mientras preparaba
el Ejército de los Andes. Por eso, el 26 de
febrero de 1817, rechazó el grado de brigadier
que le otorgó el Gobierno de las Provincias
Unidas después del triunfo de Chacabuco y tampoco
aceptó el mismo grado concedido por el Gobierno
de Chile, a quien contesta: “este superior Gobierno
ha querido recompensar mis cortos servicios
por la libertad del país con el empleo de brigadier.
Sin embargo, para que esta resistencia no se
interprete a desaire, me honraría el grado de
coronel.” En conocimiento de que el Congreso
y el Director Supremo de las Provincias Unidas,
de las que emanaba su autoridad, fueron disueltos
después de la batalla de Cepeda -en la que Rondeau
fue vencido por los caudillos del litoral- San
Martín creyó que era su deber manifestar esta
situación al cuerpo de oficiales del Ejército
de los Andes, para que por sí nombren al jefe
que debía mandarlos.
|
|
Luis de
Servi. La visión de San Martín. Óleo
|
¿Pueden considerarse como un renunciamiento
los acontecimientos de Rancagua, de abril de
1820? Si nos atenemos al texto de la nota de
San Martín a Las Heras, del 26 de marzo, el
Libertador dejó librado a los oficiales del
ejército la elección del nuevo jefe. Esa oficialidad
manifiesta, en el Acta del 2 de abril, que consideraba
nulo el fundamento y las razones que se esgrimían,
“pues la autoridad del general (San Martín),
que la recibió para hacer la guerra, no ha caducado
ni puede caducar porque su origen, que es la
salud del pueblo, es inmutable.” San Martín
estaba convencido que la pasión del mando es,
en general, lo que con más empeño domina al
hombre. (Bruselas, 2 de junio de 1827). Podemos
decir con Mitre que San Martín “mandó, no por
ambición, sino por necesidad y por deber, y
mientras consideró que el poder era en sus manos
un instrumento útil para la tarea que el destino
le había impuesto”. Abdicó al mando supremo
en el Perú y transfirió el poder al Congreso
General Constituyente por él convocado, puesto
que “la presencia de un militar afortunado (por
más desprendimiento que tenga) es temible a
los Estados que de nuevo se constituyen” (Pueblo
Libre, 20 de setiembre de 1822). Con este gesto
de sublime renunciamiento, San Martín se despojó
voluntariamente del mando y entregó al pueblo
el ejercicio total de la soberanía y, sellando
la actitud consciente de su misión, dijo: “si
algún servicio tiene que agradecerme la América,
es la de mi retirada de Lima.” Por grandes que
fueran sus renunciamientos al poder, es mayor
su dejación en Guayaquil y su posterior retirada
del Perú. Es de espíritus superiores renunciar
a sí mismo y dejar que otro continúe la labor
libertaria: “tiempo ha que no pertenezco a mi
mismo, sino a la causa del continente americano”
(Lima, 19 de enero de 1822). El 17 de julio
de 1839, Juan Manuel de Rosas, gobernador de
Buenos Aires y encargado de las relaciones exteriores
de la Confederación Argentina, nombró a San
Martín ministro plenipotenciario ante el Gobierno
de la República del Perú, deseando dar al gobierno
de esa república una prueba inequívoca de los
ardientes votos que animan a la Confederación
de estrechar relaciones de confraternidad sincera,
bajo bases honrosas y de justa reciprocidad.
Sin embargo, el 30 de octubre de ese año, el
Libertador, desde Grand Bourg, renuncia al ofrecimiento
y contesta: “si sólo mirase mi interés personal,
nada podría lisonjearme tanto como el honroso
cargo a que se me destina. El clima es el que
más podía convenir para su salud; volvería a
un país cuyos habitantes le dieron pruebas de
afecto desinteresado y su presencia podía facilitar
el cobro de los atrasos de su pensión, ya señalada
por el Congreso peruano.
Pero faltaría a su deber si no manifestara
que enrolado en la carrera militar desde los
doce años, ni mi educación e instrucción las
creo propias para desempeñar con acierto un
encargo de cuyo buen éxito bien puede depender
la paz. No obstante si una buena voluntad, un
vivo deseo de acierto y una lealtad, la más
pura, fuesen sólo necesarias para el desempeño
de tan honrosa misión, es todo lo que podría
ofrecer para servir a la República.
A LOS BIENES MATERIALES
¿A qué riquezas puede aspirar un estoico, como
el hombre que dijo a los habitantes de Lima:
“los soldados no conocen el lujo, sino la gloria”?
San Martín renunció a ocupar la casa que le
tenía preparada el Cabildo de Mendoza cuando
por primera vez llegó a esa ciudad para desempeñar
el cargo de Gobernador-Intendente; al mismo
Cuerpo municipal no le aceptó que le abone la
diferencia de sueldo que voluntariamente dejaba
de percibir, no obstante las necesidades que
tenía. En tiempo de dificultades, el prócer
vivía con la mitad del sueldo asignado.
A VIVIR EN SU PATRIA
Tampoco quiso aceptar los 10.000 pesos oro
que el Cabildo de Santiago le obsequió después
de Chacabuco, suma que destinó para la creación
de la Biblioteca Nacional de Chile. Rechazó
el sueldo que tenía señalado como general en
jefe del Ejército de Chile y devolvió una vajilla
de plata que le habían obsequiado. Terminada
la campaña emancipadora, vivió durante breve
tiempo en Mendoza dedicado a labores campestres
en su chacra. Retenido en Cuyo, sufrió con dolor
no estar junto al lecho de muerte de su esposa.
Llegó a Buenos Aires después de la muerte de
Remedios: tomó a su pequeña hija y se embarcó
para Europa. Cuando, en 1829, quiso regresar
al país, no desembarcó en el puerto de Buenos
Aires. Desde la rada siguió viaje a Montevideo
y nuevamente a Europa, para no volver con vida
a su patria. Regresaron sus restos, treinta
años después de su muerte, cuando las pasiones
tumultuosas habían acallado.
El Libertador nunca olvidó su tierra natal:
en el último testamento expresó el deseo de
que su corazón fuese depositado en Buenos Aires.
|
|
|
| |
|
|
|
|