SAN MARTIN
A las Memorias del general Miller, (tomo 1), pertenece
esta silueta: “Los hechos y proezas del general San
Martín se han especificado en la narración de estas
Memorias, y algunas veces con particular aplauso,
pero siempre estrictamente sujetos a la verdad y a
la justicia. San Martín es alto, grueso, bien hecho
y de formas marcadas; rostro interesante, moreno y
ojos negros rasgados y penetrantes. Sus maneras son
dignas, naturales, amistosas, sumamente francas y
que disponen infinito a su favor. Su conversación
es animada, fina e insinuante, como la de un hombre
de mundo y de buen trato. Las amistades que contrae
son sinceras y duraderas; sus costumbres son sencillas,
poco dispendiosas y sin ostentación, pero nobles y
generosas. Escribe bien su idioma y habla muy bien
el francés. Aunque ha tenido enemigos políticos, siempre
fue personalmente popular; y aun cuando su ejército
pesaba demasiado sobre los recursos de una provincia,
los habitantes hablaban de él con respeto y entusiasmo.
Tanto en la formación del gobierno del Perú, como
en las épocas anteriores, manifestó lo profundo de
su juicio y discernimiento, eligiendo hombres de talentos
distinguidos, como Jonte, Monteagudo, Guido, García
del Río y otros. “Si algunas veces fue menos dichoso
en la elección de jefes militares, no debe atribuirse
a falta de discernimiento. Con respecto a sus miras
políticas, San Martín consideraba la forma de gobierno
monárquico constitucional, la más adecuada para la
América del Sur, aunque sus principios son republicanos,
pero es la opinión decidida de cuantos se hallaron
en el caso de poderla formar correctamente, que jamás
tuvo la menor idea de colocar la corona en sus sienes,
aunque se cree que hubiera ayudado gustoso a un príncipe
de sangre real a subir al trono del Perú.” Guillermo
Miller.
DON JOSE DE SAN MARTÍN
En 1843, Juan Bautista Alberdi le encontró en París
y después concurrió a su casa de Grand Bourg: “París,
14 de Septiembre de 1843. “El primero de septiembre,
a eso de las 11 de la mañana, estaba yo en casa de
mi amigo el señor D. Manuel J. de Guerrico, con quien
debíamos asistir al entierro de una hija del señor
Ochoa (poeta español) en el cementerio de Montmartre.
“Yo me ocupaba, en tanto que esperábamos la hora de
la partida, de la lectura de una traducción de Lamartine,
cuando Guerrico se levantó exclamando: “¡El general
San Martín!” “Me paré lleno de agradable sorpresa,
a ver la gran celebridad americana que tanto ansiaba
conocer. Mis ojos clavados en la puerta por donde
debía entrar, esperaban con impaciencia el momento
de su aparición. Entró por fin, con su sombrero en
la mano, con la modestia y apocamiento de un hombre
común. ¡Que diferente le hallé del tipo que yo me
había formado, oyendo las descripciones hiperbólicas
que me habían hecho de él sus admiradores en América!
Por ejemplo: Yo le esperaba más alto, y no es sino
un poco más alto que los hombres de mediana estatura.
Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían
pintado; y no es más que un hombre de color moreno,
de los temperamentos biliosos. Yo le suponía grueso,
y sin embargo de que lo está más que cuando hacía
la guerra en América, me ha parecido más bien delgado;
yo creía que su aspecto y porte debían tener algo
de grave y solemne; pero lo hallé vivo y fácil en
sus ademanes, y su marcha, aunque grave, desnuda de
todo viso de afectación. Me llamó la atención su metal
de voz, notablemente gruesa y varonil. Habla sin la
menor afectación, con toda la llaneza de un hombre
común. Al ver el modo cómo se considera él mismo,
se diría que este hombre no había hecho nada de notable
en el mundo, porque parece que él es el primero en
creerlo así. Yo había oído que su salud padecía mucho,
pero quedé sorprendido al verle más joven y más ágil
que todos cuantos generales he conocido de la guerra
de nuestra independencia, sin excluir al general Alvear,
el más joven de todos. El general San Martín padece
en su salud cuando está en inacción y se cura con
sólo ponerse en movimiento. De aquí puede inferirse,
la fiebre de acción de que este hombre extraordinario
debió estar poseído en los años de su tempestuosa
juventud. Su bonita y bien proporcionada cabeza, que
no es grande, conserva todos sus cabellos, blancos
hoy casi totalmente; no usa patilla ni bigote a pesar
de que hoy los llevan por moda hasta los más pacíficos
ancianos. Su frente, que no anuncia un gran pensador,
promete sin embargo una inteligencia clara y despejada;
un espíritu deliberado y audaz. Sus grandes cejas
negras suben hacia el medio de la frente, cada vez
que se abren sus ojos llenos aún del fuego de la juventud.
La nariz es larga y aguileña; la boca, pequeña y ricamente
dentada, es graciosa cuando sonríe; la barba es aguda.
“Estaba vestido con sencillez y propiedad: corbata
negra atada con negligencia, chaleco de seda negro,
levita del mismo color, pantalón mezcla celeste, zapatos
grandes. Cuando se paró para despedirse, acepté y
cerré con mis dos manos la derecha del grande hombre
que había hecho vibrar la espada libertadora de Chile
y el Perú. En ese momento se despedía para uno de
los viajes que hace en el interior de la Francia en
la estación del verano. “No obstante su larga residencia
en España, su acento es el mismo de nuestros hombres
de América, coetáneos suyos. En su casa habla alternativamente
el español y el francés, y muchas veces mezcla palabras
de los dos idiomas, lo que le hace decir con mucha
gracia, que llegará un día en que se verá privado
de uno y otros o tendrá que hablar un patois de su
propia invención. Rara vez o nunca habla de política.
Jamás trae a la conversación, con personas indiferentes,
sus campañas de Sud América; sin embargo, en general
le gusta hablar de empresas militares.”Juan Bautista
Alberdi.