| |
PRIMERO
Martín testa por tercera vez y definitiva
el 3 de enero de 1844. Al hacerlo señala decisiones,
órdenes y mandas: que se suministre una pensión a su
hermana María Elena; que su sable sea entregado al general
Juan Manuel de Rosas; que no se le hagan funerales;
que su cadáver sea conducido directamente al cementerio
sin ningún acompañamiento; que se devuelva al Perú el
estandarte que el creía ser de Francisco Pizarro. En
la cuarta cláusula testamentaria se suceden una prohibición,
una disposición y un deseo. Aquélla se refiere a la
no realización de funerales, como ya se ha dicho; la
disposición, también ya mencionada, a que sus restos
sean conducidos sin acompañamiento al cementerio. Por
último, “desearía que mi corazón fuese depositado en
el de Buenos Aires”. Esto, o sea un deseo que no obliga,
muestra una vez más su discreción y su respeto por la
libertad de decisión del prójimo. Son disposiciones
claras y precisas, cuyo cumplimiento estará a cargo
de su hija Mercedes y de su yerno Mariano Balcarce.
Será Mercedes quien privadamente cuidará de que las
mandas sean ejecutadas; será Balcarce quien las asumirá
públicamente . El 30 de agosto de 1850, corridos trece
días desde el deceso del héroe, Mariano Balcarce comunica
la triste noticia al gobernador de Buenos Aires, Juan
Manuel de Rosas, como también que los venerados restos
fueron depositados en la bóveda de la Catedral boloñesa
(en aquel tiempo en construcción) “hasta que puedan
ser trasladados a esa capital, según su deseos, para
que reposen en el suelo de la patria querida”. En la
ocasión, Balcarce también comunica el contenido de la
cláusula tercera del testamento Sanmartiniano y, en
consecuencia, que el sable será remitido al gobernante
porteño “tan pronto como se presente una ocasión”. Agreguemos
que ésta se dio poco después y que Rosas llevó el corvo
consigo cuando, tras ser vencido en la batalla de Caseros,
se marchó de Buenos Aires rumbo al exilio. En cuanto
al llamado Estandarte de Pizarro, digamos que le fue
entregado por Mariano Balcarce al ministro del Perú,
señor Pedro Gálvez, el 21 de noviembre de 1861. O sea
en el día en que los restos del Libertador fueron trasladados
desde la Catedral de Boulogne-sur-Mer al panteón familiar
de Brunoy.
¿Por qué tuvieron que pasar treinta
años para que los restos del Libertador -el corazón
en primer término- se trajesen a Buenos Aires? La demora
llama más la atención si se tiene en cuenta que se produjo
a pesar de conocerse el deseo de San Martín y que en
otros casos -el de Rivadavia, por ejemplo- ocurrió en
forma inversa. Lo cierto es que, desde casi el momento
del deceso, se habló y escribió acerca del traslado
de los restos. Así, Felix Frías, que asistió a las exequias,
dirá poco después que el cadáver permanecerá en el templo
boloñés hasta “que sea conducido más tarde a Buenos
Aires, donde según sus últimos deseos, deben reposar
los restos del general San Martín”. También se menciona
el posible traslado en la conocida nota necrológica
que el señor Alfredo Gerard publicó en Boulogne-sur-Mer,
nota en la que se recordó que, según los votos de San
Martín, sus restos mortales serían transportados a Buenos
Aires. Por otra parte, cabe recordar que, con fecha
1 de noviembre de 1850, el ministro de Relaciones Exteriores
de la Provincia de Buenos Aires, don Felipe Arana, comunica
a Balcarce que el gobernador Rosas le previene por su
intermedio que “luego que sea posible proceda, a verificar
la traslación de los restos mortales del finado general
a esta ciudad por cuenta del gobierno de la Confederación
Argentina para que, a la par que reciba de este modo
un testimonio elocuente del íntimo aprecio que su patriotismo
le hacía merecer de su gobierno y de su país, quedé
también cumplida su ultima voluntad”. Por razones públicamente
desconocidas, Mariano Balcarce no llevó adelante lo
dispuesto por el gobierno porteño. En los años siguientes
no se habló más del asunto, por lo menos en forma pública.
Resulta incomprensible que así haya ocurrido de no mediar
alguna razón fundamental, quizá esa de la que hablaré
después. Porque, en principio, parece que hubiera sido
posible para el gobierno porteño realizar ante la familia
de San Martín alguna gestión con cierta probabilidad
de éxito. Dos razones había para ello: San Martín señaló
expresamente a Buenos Aires como sede última para su
corazón y Mariano Balcarce era agente diplomático del
gobierno porteño. Llegamos así a 1.862, año en que fue
inaugurado en la ciudad de Buenos Aires el monumento
a San Martín, dispuesto por la Municipalidad porteña.
En la ceremonia que se realizó con tal motivo, habló
el General Mitre, a la sazón gobernador provincial y
encargado del Poder Ejecutivo Nacional, quien dijo que
el pedazo de tierra argentina en que se asentaba el
pedestal de la estatua era el único ocupado por San
Martín en su país “mientras llega el momento en que
sus huesos ocupen un pedazo de tierra en ella”. Tengo
para mí que fueron muy pocos los que entendieron el
mensaje existente en lo más hondo de esas palabras:
“mientras llega el momento...”. Poco tiempo después
de la inauguración del monumento, Mariano Balcarce escribía
el 4 de septiembre de 1862 desde Inglaterra, una carta
dirigida a D. S. R. Albarracín. En uno de sus párrafos
decía lo siguiente: “A Buenos Aires correspondía dar
ese ejemplo de justicia y reparación que, no dudo, será
muy pronto imitado por Chile y el Perú que deben principalmente
su independencia a aquel benemérito argentino, de cuya
abnegación y desprendimiento no ofrece otro ejemplo
la historia de nuestra revolución. Ud., mi señor Albarracín
ha sido el ciudadano elegido por la Providencia en suerte
para llevar cabo no sólo este acto de justicia del pueblo
argentino, sino también para ser autor de la moción
ante las Cámaras para la traslación de los restos mortales
del General que aún reposan en el hospitalario pueblo
francés.”. Dos años después, en 1864, siendo Mitre presidente
de la Nación, será cuando el Congreso sancione la ley
que asegure los fondos necesarios para la repatriación
de los restos del héroe. El correspondiente proyecto
de ley fue presentado por el diputado Martín Ruiz Moreno,
a quien acompañó en la oportunidad con su firma don
Adolfo Alsina. Corresponde señalar que, por la ley sancionada,
el Congreso daba autorización al Poder Ejecutivo para
hacer los gastos que demandase la traslación a la República
de los restos del Libertador. El proyecto de Ruiz Moreno,
en cambio, disponía. en primer término, que “el Poder
Ejecutivo practicará inmediatamente las diligencias
que fueren necesarias para trasladar la República Argentina
los restos del benemérito general José de San Martín”.
Ciertamente, en apariencia nada se hizo tras la promulgación
de la ley. Pero también es cierto que ningún ciudadano
ni institución, siquiera el propio autor del proyecto
de ley, requirió públicamente que se urgiera la traslación
de los restos o presentase un pedido de informes al
Gobierno sobre el estado del asunto, ya estuviese el
Poder Ejecutivo a cargo de Mitre, o de su sucesor, Domingo
Faustino Sarmiento.
Interín, como en 1.949 recordó el historiador
Tomás Diego Bernard (h), el presidente del Perú, José
Balta, dispuso que se erigiese en Lima una estatua al
Libertador y que se trasladasen sus cenizas a la mencionada
ciudad capital. El contenido de dicho decreto le fue
comunicado a Mariano Balcarce por don Pedro Gálvez,
ex presidente del Consejo de Ministros del Perú durante
el mandato de Balta. “Suponemos -decía Bernard en un
articulo publicado en la revista Tellus de la ciudad
de Paraná, Entre Ríos- cuánta habrá sido la emoción
y gratitud del hijo de San Martín ante esta prueba de
lealtad y aprecio del Perú a su Protector. Qué disponía
el decreto de honores, y cuál fue su resolución al respecto,
lo sabemos con exactitud a través del testimonio que
nos brinda la carta que sobre el particular escribió
poco después al general Bartolomé Mitre, de fecha 24
de junio del año 1.869 y que se conserva hoy en el Museo
Mitre...”. La misiva de Balcarce dice así en la parte
relativa al tema que nos ocupa: “Ahora tengo el gusto
de incluirle el decreto del presidente Balta, relacionado
a la erección de la estatua del Gral. San Martín, y
al traslado de las respetables cenizas de éste a Lima,
a lo que no me ha sido posible adherir por haber anteriormente
contraído otro compromiso con mi gobierno, a más de
lo dispuesto en una cláusula testamentaria de mi Padre
a ese respecto.” Corrió el tiempo hasta el 28 de febrero
de 1875, día en que fallece Mercedes San Martín de Balcarce
en Francia, cuando estaba próxima a cumplir los cincuenta
y nueve años de edad. El 1 de abril siguiente, o sea
apenas pasado un mes desde el deceso de la hija del
Libertador, el diario La Nación, de Buenos Aires, da
lugar en sus páginas a una carta firmada por un suscriptor,
quien se domicilia en Córdoba 541. La carta, que lleva
fecha del día anterior, 31 de marzo, dice textualmente:
“He leído un suelto en el diario de ayer en el cual,
hablando de una carta del general Alvear sobre la muerte
del general San Martín, se hace presente que habiendo
pasado veinticinco años desde la muerte de este ilustre
guerrero, sus restos descansan olvidados todavía en
el suelo extranjero. Me parece, señor, que a pesar de
lo muy justo de su patriótico recuerdo, convendría hacer
conocer ciertos hechos que darán alguna luz sobre este
punto. Bajo la administración del general Mitre se tomaron
serias medidas para el transporte al seno de la patria
de las cenizas de San Martín. Un caballero francés hizo
arreglos con el gobierno y se le confió esa importante
comisión. Pero se dice que encontró dificultades insuperables
para llevarla a cabo. Según nos ha informado una persona
muy versada y competente en materia de Historia Nacional,
y conocida ilustración en todo lo referente a ella,
esas dificultades consistieron en negativa que opuso
la señora de Balcarce, única hija del general San Martín,
a la realización de los deseos del presidente Mitre.
La Sra. de Balcarce, fundada en un sentimiento natural
y piadoso, dijo que por nada consentiría en separarse
de los restos de su glorioso padre, y que mientras ella
viviera en el suelo de Francia, allí permanecerían esos
restos, para poderles tributar siempre el homenaje del
amor filial. Esta versión debe ser cierta pues, de otra
manera, no se explicaría cómo la administración Sarmiento
no ha dado ningún paso en ese sentido. Pero hoy, señor,
las circunstancias han cambiado. La Sra. Balcarce ha,
desgraciadamente, fallecido, según lo anunciaron todos
los periódicos de esta capital, hace un mes poco más
o menos. Por consiguiente, ha llegado el momento de
la reparación. Los restos de San Martín deben ser transportados
cuanto antes a Buenos Aires para que reciban la unánime
oración que merece en el pueblo del que se alejó para
siempre en 1829, por las miserias y las infames calumnias
de sus enemigos políticos. Si el Sr. Balcarce persiste
en las mismas ideas que dominaban a su esposa, recuerde
que en los restos de este ilustre muerto tendrá derecho
a todo, pero no al corazón, que San Martín legó a Buenos
Aires. Es de esperar, por consiguiente, que el Gobierno
Nacional, inspirándose en los sentimientos de verdadero
patriotismo, satisfaga cuanto antes los legítimos derechos
del pueblo argentino”. Las afirmaciones hechas en esta
carta no fueron ni desmentidas ni refutadas en las ediciones
siguientes de La Nación, lo que permite suponer que
resultaron aprobadas o compartidas por todos, amigos
del fundador del diario o no. Por otra parte, no cuesta
mucho aceptar que la persona muy versada y competente
en materia de Historia Nacional, y conocida por su ilustración
en todo lo referente a ella, a la que alude el anónimo
autor de la carta, no era otra que Mitre, quien -no
es osado suponerlo- alentó o promovió la redacción de
esa carta del anónimo suscriptor para salvar de alguna
manera la equivocada afirmación hecha por un redactor
poco avisado del propio diario. Diario en el que, cabe
recordarlo, se venía publicando desde el 1 de marzo
anterior la “Introducción a la Historia de San Martín”,
firmada por Mitre en la cárcel del Cabildo de Luján,
donde permaneció detenido largo tiempo tras su participación
en la frustrada revolución de 1874. Lo dicho en la carta
reproducida debió corresponder a la estricta verdad
histórica. Y es de suponer que no sólo y sucesivamente
conocían el íntimo pensamiento de la Sra. de Balcarce
los presidentes Mitre y Sarmiento, sino que también
era partícipe de él uno de los firmantes del proyecto
de ley de repatriación, o sea don Adolfo Alsina, gobernador
de Buenos Aires durante parte de la presidencia de Mitre,
vicepresidente de la Nación con Sarmiento y ministro
de Guerra y Marina del presidente Avellaneda. Lo que
se viene diciendo fue también afirmado en la revista
francesa “Correo de Ultramar”, del 1 de mayo de 1880,
una de cuyas copias se conserva en el Archivo General
de la Nación y que es recordado por el doctor Isidoro
Ruiz Moreno en su trabajo antes mencionado. Bastará
reproducir el principio de la crónica de la partida
desde Francia de los restos del Libertador hecha por
“Correo de Ultramar” para comprobar su coincidencia
con lo expresado cinco años antes desde las columnas
del diario de Mitre. Así, se dice esto: “Todos los gobiernos
que han venido acreditándose en la República Argentina
habían deseado verificar la traslación de los restos
del ilustre general que reposaban en la tierra hospitalaria
de la Francia desde el año de 1850 en que murió. Mientras
vivió la digna hija del general, la distinguida señora
doña Mercedes San Martín, esposa del ministro argentino
en París, don Mariano Balcarce, fueron vanos estos deseos;
la amante hija no quiso separarse en vida de los restos
de aquel a quien debía el ser.“Pero la muerte vino también
a arrebatarla, y todo un pueblo, y en su nombre su gobierno,
a reclamar nuevamente las cenizas del Patricio, que
no podía ni debía resistir a los deseos de toda una
nación que reclamaba para ella la honra de poseer los
restos de uno de sus más esclarecidos hijos”. No resulta
necesario encarecer la coincidencia que existe entre
lo dicho en la carta firmada por “un suscriptor” en
1875, lo afirmado en Francia al partir de allí el buque
que transportaba los restos del Libertador y alguna
de las expresiones contenidas en la antes recordada
carta enviada por Mariano Balcarce al señor Albarracín.
Sobre la base de lo expuesto, de los testimonios dados
y de las reflexiones hechas con sentido lógico, nos
parece que esta fuera de duda que la repatriación de
los restos de San Martín no se realizó antes por alguna
razón mezquina propia de sus compatriotas, sino, simplemente,
por la decisión de su hija de tener los restos paternos
junto a sí durante los días de vida que Dios le deparase
a ella.
Y esto resulta mas indudable si se
piensa que, de haberlo querido, Mercedes podría haber
repatriado los restos de su padre sin que mediase intervención
oficial alguna. Casi nos animaríamos a decir que el
tejido de rumores, versiones, interpretaciones y suposiciones
hecho en torno de la repatriación de los restos de San
Martín es uno más, y no el postrero, de los forjados
para intentar vanamente ensombrecer la gloria del héroe
o empequeñecer el amor que sus compatriotas le profesaron
y le profesan. Recordemos, por último, que entre los
que tomaron ubicación junto a los restos del Libertador
cuando éstos llegaron al país en 1880 se contaban quienes
ya en 1862, año en que se inauguró su estatua en Buenos
Aires, poseían perfiles políticos destacados o desempeñaban
cargos gubernativos de relevancia. Obviamente, quienes
habían propiciado o apoyado la erección de ese monumento
no serían, a la vez, olvidadizos lectores de la voluntad
testamentaria del héroe. Quienes se contaban entre sus
primeros reivindicadores y biógrafos, tales Mitre y
Sarmiento, no podían, como supremos magistrados del
país, ni oponerse a la traída de los restos ni olvidarse
de hacerlo. Más cuando los posibles obstáculos financieros
estaban allanados desde 1864, año en que el Congreso
votó el proyecto de ley de Ruiz Moreno. Estimo que lo
aquí recordado contribuirá a concluir con esta especie
de complejo de culpa que nos afecta, esta especie de
reproche que nos hacemos aún los argentinos por no haber
repatriado rápidamente los restos del Libertador. Creo
que podemos decir, asegurar y sostener que el deseo
de San Martín acerca del definitivo lugar de reposo
para su corazón se vio demorado en su cumplimiento por
la decisión de su hija Mercedes, firme en su posición
de dejar en suspenso la ejecución de la cláusula testamentaria
hasta, por lo menos, su muerte. Así fue afirmado tras
su deceso y no fue desmentido ni por su esposo Mariano
Balcarce ni por su hija Josefa.
SEGUNDO
Pasemos ahora al segundo de los asuntos
que deseamos abordar, o sea, la ejemplaridad de la Comisión
Nacional que organizó la repatriación de los restos
y la vasta adhesión popular que logró su convocatoria.
A comienzos de 1877 han corrido dos años de la muerte
de Mercedes San Martín de Balcarce y falta uno para
que se cumpla el centenario del nacimiento del Libertador.
En este comienzo del año la actuación política del país
muestra cambios favorables y se van restañando las heridas
dejadas por la revolución de 1874. Se está pisando ya
el umbral de la Conciliación, o sea una nueva etapa
que, a la vez, permita y obligue a todos a participar
en la lucha política dentro del terreno de la Constitución.
El presidente Nicolás Avellaneda estima que, sobre la
base de lo que ya viene haciendo la Municipalidad porteña,
el momento es propicio para hacer un llamado al pueblo.
Lo formula el 5 de abril, día en que se cumple un nuevo
aniversario de la batalla de Maipú, y convoca a todos
“para reunirse en asociaciones patrióticas, recoger
fondos y promover la traslación de los restos mortales
de don José de San Martín para encerrarlo dentro de
un monumento nacional, bajo las bóvedas de la Catedral
de Buenos Aires”. Seis días después, el 11, Avellaneda
firma el decreto de creación de la Comisión encargada
de restituir a la Patria los restos del Libertador.
La comisión designada se constituye el 24 de abril,
a las cuatro de la tarde, en las antesalas del Senado
de la Nación. La integran inicialmente el vicepresidente
de la Nación, don Mariano Acosta, que será su presidente;
el presidente de la Corte Suprema de Justicia de la
Nación, don Salvador María del Carril; el presidente
de la Municipalidad de Buenos Aires, don Enrique Perisena,
quien ya ha tenido mucho que ver con las gestiones de
repatriación; el general Julio de Vedia; don Antonio
Malaver; el secretario del Senado, don Carlos Saravia,
y el secretario de la Suprema Corte de justicia de la
Provincia de Buenos Aires, don Aurelio Prado y Rojas,
quien fallecerá corrido un año. Esta comisión funcionará
durante casi cuatro años, hasta el 6 de abril de 1881,
día en que realizará su última reunión y dará por concluido
su cometido. La atenta lectura de las actas de las reuniones
efectuada por la Comisión impresiona tanto por su sencillez
como porque reflejan una actividad inteligente cumplida
sin desmayos y con responsabilidad. Todo fue pensado,
analizado, resuelto y ejecutado: desde la invitación
a los gobiernos de las provincias para constituir Comisiones
locales, lo que se acordó en la primera sesión, hasta
la rendición final de cuentas y la devolución de fondos
sobrantes, lo que se aprobó en la postrera.
Por aquello de que el estilo es el
hombre, nos animamos a decir, sin desmedro para nadie,
que la Comisión fue lo que era Mariano Acosta. Muchos
años después, don Luis Sáenz Peña lo señaló como “el
ciudadano honrado, el ciudadano que representa la austeridad”.
La Comisión fue honrada y austera. Prácticamente, no
incurrió en gastos de funcionamiento, salvo los propios
de la adquisición de elementos de escritorio y librería;
no tuvo mas personal estable que un escribiente y no
necesitó de asesores rentados; sus ordenanzas fueron
los del Senado, quienes se prestaron a cumplir la doble
función, y no incurrió en gastos ni de franqueo ni telegráficos
por gozar de las exenciones correspondientes. Pero no
sólo debemos destacar lo relativo al módico presupuesto
de la Comisión. Esta fue mucho mas importante por la
obra que realizó, atendiendo a la vez a los más diversos
asuntos y aspectos que hacían a la repatriación de los
restos de San Martín. La documentación de la Comisión
se conserva, felizmente, en el Archivo General de la
Nación y su atenta lectura confirma plenamente lo dicho.
Allí están desde la decisión tomada respecto de un ofrecimiento
de retratos del Libertador hasta la ardua tramitación
del concurso convocado para escoger un proyecto de mausoleo.
El ejemplar funcionamiento de la Comisión se evidencia
también por lo realizado tras la llegada de los restos
del Libertador. Se remiten notas de agradecimiento a
cuantos han colaborado para el mejor éxito de la empresa
y se dispone el destino final de los elementos utilizados
durante las ceremonias. Así, se decide donar a la Catedral
los terciopelos y demás enseres que sirvieron para la
decoración del carro fúnebre; éste, por decisión del
Gobierno, será entregado a la Municipalidad porteña
y los cordones del féretro, obsequiados como recuerdo
a Mariano Acosta, Eustaquio Frías, Arístides Villanueva,
José María Moreno, Manuel Quintana, Ceferino Araujo,
José Benjamin Gorostiaga, Sixto Villegas, Bartolomé
Mitre, Domingo Faustino Sarmiento, Manuel María Escalada,
José Prudencio de Guerrico, Carlos Pellegrini y Gerónimo
Espejo. Con relación a la rendición de cuentas, digamos
que en total ingresaron casi un millón cuatrocientos
mil pesos de la moneda corriente por entonces, correspondiendo,
en cifras redondas, ochocientos cincuenta mil a la colecta
popular y noventa mil a la realizada en las guarniciones
militares. El resto lo aportaron el Gobierno Nacional
y la Municipalidad porteña.
Respecto de esa colecta popular, recordemos
que hubo una amplia y generosa colaboración tanto de
parte de las comisiones provinciales como de instituciones
y personas. Así, por ejemplo, el Círculo Médico Argentino
colabora con más de seis mil pesos, integrados, entre
otros, por Ignacio Pirovano, Rafael Herrera Vegas, Pedro
A. Pardo, Ricardo Gutiérrez, Manuel Augusto Montes de
Oca, José María Ramos Mejía, Domingo Sicardi y Domingo
Cabrera. El ministro de Guerra y Marina, general Roca,
contribuye con mil pesos y el general Mitre, con quinientos.
Los empleados de la Casa de Gobierno, entre los que
se cuenta Marcelino Ugarte, dan más de siete mil pesos.
La comisión de estudiantes de la Facultad de Humanidades
y Filosofía remite tres mil cuatrocientos, reunidos
entre docentes y alumnos, tales como Matías Calandrelli,
Amancio Alcorta, Aristóbulo del Valle, Ernesto Quesada
y Eduardo Navarro Viola. El rector del Colegio Nacional
de Corrientes, don Santiago Fitz Simon, remite ochenta
y seis pesos fuertes, reunidos por profesores y alumnos.
El presidente Avellaneda dona seis mil pesos de moneda
corriente. El director de la Escuela Normal de Paraná,
don José María Torres, remite ciento treinta y seis
pesos fuertes, reunidos por los profesores, entre los
que figuran don Pedro Scalabrini, empleados y alumnos,
uno de los cuales es Alejandro Carbo. El personal de
la cañonera Paraná contribuye con ochenta y tres pesos
fuertes, que se descontarán de los haberes que el Gobierno
les adeuda. Aportan desde el comandante, teniente coronel
Laserre, hasta el foguista, Carlos Rose. La colecta
realizada en la provincia de Buenos Aires supera largamente
a todas las otras contribuciones. La comisión bonaerense
es presidida por el general Eustaquio Frías, uno de
los sobrevivientes de las guerras por la Independencia,
y tiene por secretario a Carlos Pellegrini. El 19 de
agosto de 1878, Frías avisa a Acosta que pone a disposición
de la Comisión Central 350.000 pesos corrientes, dos
libras esterlinas y bonos municipales por valor de 210.000
pesos corrientes. También aquí esta presente la contribución
de las escuelas normales, en este caso las dos fundadas
por Mariano Acosta en 1874. Los argentinos residentes
en la Banda Oriental mandan 637 pesos fuertes y el cónsul
en Gran Bretaña, don Carlos Calvo y Capdevila, remite
25 libras esterlinas reunidas entre los pocos argentinos
que allí residen. El director de la Escuela Normal de
Tucumán, señor Stearn, manda 49 pesos fuertes, “pequeña
cantidad -dice-que sirva al menos para indicar que los
jóvenes aspirantes al magisterio se interesan vivamente
en este acto nacional de justicia póstuma”. No es sencilla
la contabilidad de la Comisión porque las donaciones
en metálico llegan en oro, plata o cobre, ya sean onzas
áureas, cóndores, libras esterlinas, napoleones, monedas
brasileñas o plata fuerte. Gran parte de los envíos
hechos desde el noroeste se efectúan en moneda boliviana.
En homenaje al espacio, no podemos seguir con la lista
de los donantes, mas lo mencionado es suficiente para
tener idea de la fervorosa adhesión que despertó en
los corazones argentinos el llamado hecho por la Comisión
de repatriación. Cerraremos la mención entonces, con
el ofrecimiento hecho por el pueblo santafesino de San
Lorenzo, que está dispuesto a remitir dinero y gajos
del pino histórico. Señalemos, finalmente, que un peso
fuerte equivalía a veinticinco pesos de moneda corriente.
Esta recordación de la Comisión que presidió Mariano
Acosta no puede omitir señalar que su gestión culminó
en uno de los momentos más difíciles vividos por el
gobierno que presidía Nicolás Avellaneda y cruciales
para la Provincia de Buenos Aires. Precisemos esto con
la simple mención de algunas fechas y hechos: el 11
de abril hubo comicios en todo el país para designar
electores de presidente de la Nación. El 1 de mayo quedo
inaugurado el período legislativo bonaerense con un
discurso del gobernador Carlos Tejedor, quien más que
hablar pareció hacer sonar clarinadas de guerra. El
10 de mayo, 30.000 ciudadanos se reunieron en la Plaza
de la Victoria para participar del llamado Mitin de
la Paz. La situación política se fue complicando mientras
por el río llegaban cargamentos de armas. El 28 arriban
los restos del héroe. Tres días después, el conflicto
se agudiza y el 2 de junio el presidente Avellaneda
se marcha al vecino pueblo de Belgrano (hoy Barrio de
Belgrano), al que erigirá en capital provisoria de la
Nación. Paralelamente, se entabla la lucha armada y
en pocos días habrá cientos de muertos y heridos. La
breve reseña hecha sirve para valorar aun más la acción
de la Comisión, cuyo presidente, Mariano Acosta, vive
por esos días el tremendo conflicto surgido en el espíritu
de quien es integrante del Gobierno Federal y, a la
vez, porteño por nacimiento y autonomista por militancia.
TERCERO
Hecho el recuerdo de la Comisión que
presidió Mariano Acosta, a cuya acción no podemos menos
que seguir admirando y destacando, pasemos al tercer
asunto que deseamos señalar a la consideración de todos.
Nos referimos a la acción periodística realizada con
motivo de la repatriación de los restos del héroe y
a la presencia de los hombres de prensa porteños en
el acto de su desembarco y traslado a la Catedral. En
cuanto a la acción periodística, digamos que se hizo
presente desde la convocatoria formulada por el presidente
Avellaneda, en abril de 1877, por medio de artículos
editoriales de apoyo y una constante información de
lo actuado por la comisión nacional, información que
se acrecentó al máximo en los postreros días de mayo
de 1880. De esta suma de información, nos parece conveniente
destacar la que realizó como cronista el recordado Ernesto
Quesada, el único argentino civil que tuvo el privilegio
de participar del viaje inaugural del transporte Villarino,
buque que recibió los restos de San Martín en el puerto
francés de El Havre y los condujo a Buenos Aires. La
emotiva y completa crónica de Quesada fue publicada
por el diario La Nación en su edición del 25 de mayo
de 1880. Señalamos que muchos después, merced a la sagaz
investigación realizada por el ingeniero Enrique Landini,
hubo oportunidad de conocer el contenido del libro de
bitácora del Villarino, lo que constituye también un
valioso aporte para el mejor conocimiento del histórico
viaje. En los días previos y posteriores a la llegada
de los restos, la información periodística fue amplísima,
incluyendo muchísimos datos harto interesantes, los
que no es posible referir en la presente ocasión por
el espacio que ello insumiría. En cambio, sí creo que
es de justicia recordar la participación personal de
los periodistas porteños en las ceremonias de recepción
de los restos del Libertador. La convocatoria para esa
participación fue hecha por Bartolomé Mitre, Juan Carlos
Gómez, Juan José Lanusse y Manuel Bilbao, quienes para
mejor proveer invitaron a los directores y redactores
de los diarios nacionales y extranjeros a la reunión
por realizarse el jueves 27 de mayo, a las 2 de la tarde,
en la redacción de La Nación, sita en la calle San Martín
208 de la antigua numeración, o sea la casa del propio
Mitre, hoy convertida en museo.
Durante la mencionada reunión, que
presidió Mitre, se resolvió que a la cabeza del grupo
marchase el doctor Bilbao en mérito a que aquél y el
doctor Gómez ya tenían fijados puestos obligatorios
en otros lugares de la procesión. También se acordó
señalar como punto de reunión para el día 28, a las
12, la imprenta de La Nación, o sea, como antes se dijo,
la casa de Mitre, y que al frente de la columna periodística
hubiera un pendón blanco y celeste enlutado y con esta
inscripción: “La Prensa de Buenos Aires”. Otro acuerdo
tomado fue invitar a la Sociedad Tipográfica Bonaerense,
o sea la organización gremial de los obreros tipográficos,
a integrar un solo grupo con los periodistas, invitación
que quedo aceptada esa misma tarde. También se decidió
que los miembros de la prensa vistiesen traje negro
y que llevasen en el brazo izquierdo, como distintivo,
un lazo con los colores de su respectiva nacionalidad.
No resulto fácil contratar la confección del pendón
por estar cerrados la mayoría de los comercios en ese
27 de mayo, día feriado por celebrarse la festividad
del Corpus Christi. Se logró merced a la buena voluntad
de los señores Brum, propietarios de la tienda “A la
Ciudad de Londres”, y así el pendón fue hecho y entregado
a los periodistas, con el carácter de obsequio, en la
mañana del viernes 28, cuando ya se estaban encolumnando
en la imprenta de La Nación.Para dar final a esta parte
de la evocación, digamos que los hombres de la prensa
desfilaron a la cabeza de un grupo del que también formaron
parte, entre otros, los estudiantes universitarios ,
los miembros de la Sociedad Rural Argentina y del Club
Industrial, los escribanos y procuradores, las sociedades
del barrio de La Boca, los alumnos del Colegio Nacional
y varios clubes de africanos.
CUARTO
Llegamos, finalmente, al cuarto aspecto
que nos propusimos desarrollar. ¿Cómo y cuándo se decidió
elegir a la Catedral de Buenos Aires para recinto destinado
a guardar perpetuamente los restos del Libertador? ¿Fue
la elección fruto de la inspiración del presidente Avellaneda
y comunicada al pueblo en su antes recordada proclama
del 5 de abril de 1877 o, acaso, ya estaba hecha desde
tiempo antes? Cabe afirmar, sin posibilidad de error,
que la decisión de dar sepultura definitiva a los venerados
restos en la Catedral estaba tomada desde un año antes
y que desde entonces se contaba con el asentimiento
del Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires para así hacerlo.
Los documentos que dan soporte a lo que desarrollaremos
seguidamente están reproducidos en un folleto editado
por la Municipalidad de Buenos Aires en 1877, folleto
que en su edición original me fue obsequiado por el
distinguido investigador e historiador Alberto Octavio
Córdoba. Cuanto se dice en los documentos municipales
antes mencionados tiene comprobación paralela en otros
documentos, conservados éstos en el archivo del ya mencionado
Cabildo Eclesiástico porque, felizmente, no sufrieron
daño alguno en el salvaje incendio al que fue sometido
la Curia bonaerense en la trágica noche del 16 de junio
de 1955. Su conocimiento lo debemos al difunto historiador
canónigo Ludovico Gracia de Loydi, quien lo dio a conocer
en 1971. Vayamos, pues, a esos antecedentes. En 1870
se presentó don Manuel Guerrico a la Municipalidad de
Buenos Aires para solicitar, en nombre de la familia
del general San Martín , un terreno en el cementerio
del Norte, o de la Recoleta, para colocar allí los restos
del héroe. La petición se resolvió favorablemente y
se acordó también que la Municipalidad construyera a
sus expensas un monumento en ese terreno. El monumento
no se construyó y en cambio se hizo, sí, un modesto
mausoleo, sin embargo, tiempo después el terreno fue
cedido a otra persona, situación que quedó sin efecto
al reivindicar la corporación municipal sus derechos
sobre ese terreno y quedar de su propiedad lo construido
en él. Pasados los años y ya fallecida Mercedes San
Martín de Balcarce, el señor Enrique Perisena, integrante
de la Comisión Municipal, solicito a ésta que el mencionado
mausoleo fuese mejorado y que, en virtud de la ley nacional
de 1864, se comunicase al Poder Ejecutivo Nacional que
se creía llegado el momento para disponer la traslación
de los restos. Finalmente, también se proponía designar
una comisión formada por cinco municipales para que
se tratara de realizar los tramites previos a esa traslación,
comisión a la que también se daba autorización para
hacer los gastos necesarios. Todo fue aprobado por la
Comisión Municipal el 4 de febrero de 1871.
|
|