Con repique de campanas, música, iluminación extraordinaria
y enarbolamiento de bandera en el Fuerte, Buenos Aires
celebró el 25 de mayo de 1810 la instalación y juramento
de la Junta Provisoria de Gobierno del Virreinato
del Río de la Plata. La jornada, con la que culminó
una semana intensa, mereció de un agudo testigo este
interesante juicio crítico: “No es posible que mutación
como la anterior se haya hecho en ninguna parte con
el mayor sosiego y orden, pues ni un solo rumor de
alboroto hubo, pues todas las medidas se tomaron con
anticipación a efecto de obviar toda discordia, pues
las tropas estuvieron en sus cuarteles, y no salieron
de ellos hasta estar todo concluido, y a la plaza
no asistió más pueblo que los convocados para el caso,
teniendo éstos una cabeza que en nombre de ellas,
y de todo el pueblo, daba la cara públicamente y en
su nombre hablaba; cuyo sujeto era un oficial segundo
de las reales cajas de esta capital, don Antonio Luis
Beruti. Verdaderamente, la revolución se hizo con
la mayor madurez y arreglo que correspondía, no habiendo
corrido ni una sola gota de sangre, extraño en toda
conmoción popular, pues por lo general en tumultos
de igual naturaleza no deja de haber desgracias, por
los bandos y partidos que trae mayormente cuando se
trata de voltear los gobiernos e instalar otros; pero
la cosa fue dirigida por hombres sabios, y que esto
se estaba coordinando algunos meses hacía; y para
conocerse, los partidarios se habían puesto una señal,
que era una cinta blanca que pendía de un ojal de
la casaca, señal de la unión que reinaba, y en el
sombrero, una escarapela encarnada y un ramo de olivo
por penacho, que lo uno era paz, y el otro sangre
contra alguna oposición que hubiera a favor del virrey.”
(Biblioteca de Mayo, Senado de la Nación, Buenos Aires,
1960, incluye en su T. IV varios Diarios y Crónicas
anónimos, así como las “Memorias Curiosas de JUAN
MANUEL BERUTI”, textos todos que dan amplia información
sobre los festejos). De la alegría, casi euforia inicial,
han pasado poco menos de dos años al ocurrir el regreso
de San Martín a su tierra nativa. ¿Cómo se presenta
la situación política y militar a los ojos y a la
inteligencia del recién llegado en sus primeros meses
de estada en Buenos Aires?
El gobierno se ha ido desacreditando gradualmente
y al presente carece de apoyo significativo aún en
la capital. Sin recato, se habla de dictadura. De
la Junta inicial -la Primera, según el nomenclador
tradicionalmente aceptado- se pasó a la Junta Grande,
así denominada porque a los miembros originales comenzaron
a agregarse en diciembre de 1810 los diputados de
los pueblos del interior, con lo que, sin duda, se
había logrado mayor representatividad y aceptación.
Mas en setiembre de 1811 -so pretexto de agilitar
la gestión oficial- se da un verdadero golpe de Estado:
se constituye un Poder Ejecutivo compuesto por tres
vocales y tres secretarios. Aquellos serán Feliciano
Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan José Paso; éstos,
Julián Pérez para Gobierno, Bernardino Rivadavia para
Guerra y Vicente López y Planes para Hacienda. Con
el resto supérstite del gobierno anterior, se integra
una denominada Junta Conservadora de los derechos
de Fernando VII, a la que -con expresión de José Luis
Busaniche- “quedan relegados los diputados de las
provincias”. Y el 7 de noviembre culminará la situación
al ser disuelta la Junta Conservadora por el Triunvirato,
organismo que, al sancionar un Estatuto Provisional
hecho a su gusto y medida, se autocalificará de Gobierno
Superior de las Provincias Unidas del Río de la Plata
a nombre de Fernando VII.
SITUACIÓN EN EL ANTIGUO VIRREINATO
Los criollos que promovieron la revolución sabían
desde un principio que no les sería fácil imponer
su autoridad sobre todo el Virreinato y menos, en
tres lugares bien determinados: el Alto Perú, el Paraguay
y Montevideo. El tiempo demostró que no estaban equivocados.
El control sobre el Alto Perú quedó perdido de hecho
como consecuencia del desastre de Huaqui, ocurrido
cerca del lago Titicaca el 20 de junio de 1811. Tras
la derrota, nuestras tropas retrocedieron a la desbandada
y sólo la energía de Juan Martín de Pueyrredón, designado
poco después nuevo general en jefe, pudo poner algo
de orden en medio de la confusión reinante, salvar
caudales y metálico, reordenar los dispersos.
En Yatasto, posta entre Salta y Tucumán, el 27 de
marzo de 1812 -o sea, a poco del arribo de San Martín
a Buenos Aires- entregó el ejército a su nuevo conductor,
Manuel Belgrano. En el futuro, y por dos veces, las
tropas rioplatenses tornarán a penetrar en el Alto
Perú, mas nunca se volverá a alcanzar la posibilidad
de controlar un área tan vasta como la dominada durante
la primera entrada. Y ahora, los ejércitos del virrey
del Perú quien prácticamente ha ampliado su jurisdicción
a la región altoperuana muestran sus bayonetas a la
retaguardia de los soldados de Buenos Aires, cuya
morosa retirada no cesa. En Paraguay, los hechos se
plantearon y resolvieron de distinta manera. Allí
existían “motivos de resentimiento con Buenos Aires.
Las actividades comerciales provocadas por la reglamentación
del comercio libre y la autorización dada por Cisneros
en 1809 en favor del tráfico inglés habían mermado
la importancia de su ya precario potencial económico.
La formación de la Junta Provisional Gubernativa no
fue, en consecuencia, recibida con entusiasmo. Paraguay
se sentía más alejado de Buenos Aires que lo que estaba
por la distancia que los separaba. Recibida en Asunción
la noticia de lo acaecido en Buenos Aires en mayo
de 1810, una asamblea popular, integrada por vecinos
de la ciudad y representantes de toda la gobernación
intendencia, decidió el 24 de julio jurar lealtad
al Consejo de Regencia formado en España y mantener
armoniosas relaciones con la Junta de Buenos Aires,
cuyo reconocimiento de superioridad quedaría en suspenso
hasta tanto el monarca resolviese lo que fuese de
su agrado. Por ser el Paraguay zona de frontera con
los portugueses, siempre dispuestos a invadir, el
gobernador intendente Bernardo de Velasco y Huidobro
disponía de efectivos militares harto superiores en
número aunque - escasamente organizados- los que,
al mando de Manuel Belgrano, penetraron en el territorio
de su mando en diciembre de 1810. El fracaso de los
rioplatenses fue grande -con sendas derrotas en Paraguarí
y Tacuarí- y Belgrano, con los pocos efectivos que
le quedaban, debió dejar el Paraguay el 15 de marzo
de 1815. Corridos apenas dos meses, un movimiento
cívico militar formó el 14 de mayo un gobierno interino
-a Velasco se asociaron Juan Valeriano de Zeballos
y José Gaspar Rodríguez de Francia-, que enseguida
convocó un Congreso General. Este se inició el 17
de junio, privó de todo mando a Velasco e integró
una Junta de cinco miembros para que gobernase el
territorio. Corridas las semanas, llegaban a Asunción,
como comisionados de la Junta de Buenos Aires, Manuel
Belgrano y Vicente Anastasio de Echevarría. Estos
firmaron con la representación local, el 12 de octubre,
un tratado por cuyo artículo 5 se reconocía la independencia
del Paraguay, acuerdo que el Triunvirato porteño aprobó
poco después. Más allá de cuanto pudiere argüirse
o intentarse en el futuro, el pueblo paraguayo quedó
así al margen del proceso revolucionario nacido en
Buenos Aires y no participará de ninguno de los congresos
que congreguen a diputados de los pueblos del antiguo
virreinato. Así como Buenos Aires se erigió en rival
de Asunción casi desde el momento en que la fundó
Juan de Garay, Montevideo, surgida menos de un siglo
antes de la Revolución de Mayo, enseguida pretendió
serlo de la futura capital virreinal. En gran mayoría,
los comerciantes allí instalados eran metropolitanos
o respondían a personas o grupos residentes en España.
Y si bien carecía de relevancia por las tropas terrestres
de guarnición, la tenía y harta en el orden marinero
por ser apostadero de la escuadra real destacada en
el Plata. Llegada oficialmente a Montevideo el 30
de mayo de 1810 la noticia de la formación en Buenos
Aires del gobierno provisional, un cabildo abierto
reunido el 1 de junio, resolvió que “convenía la unión
a la Capital y reconocimiento de la nueva Junta a
la seguridad del territorio y conservación de los
derechos de nuestro amado rey, el señor Don Fernando
VII”. Mas como también se decidió que dicha unión
“debería hacerse con ciertas limitaciones”, las estaba
tratando al día siguiente la asamblea popular en momentos
en que irrumpió el jefe del apostadero naval, José
María de Salazar, para avisar la llegada de un navío
con agradables noticias sobre la situación en la Metrópoli
y la instalación en Cádiz del Consejo de Regencia.
Esto hizo que se cambiase la decisión tomada el 1
por la de condicionar el reconocimiento de la Junta
bonaerense al que ésta prestase al Consejo gaditano.
Ante este giro de la situación los revolucionarios
porteños optaron por enviar a Juan José Paso a Montevideo
en misión conciliadora. Recibido el 8 por la asamblea,
sólo obtuvo una rotunda declaración de no reconocimiento.
Quedó así planteada una situación que se resolvería
por las armas en 1814. Ínterin, todo se complicó por
los intentos portugueses de apoderamiento de la Banda
Oriental: el 24 de marzo de 1811 -mientras en Montevideo
gobernaba Francisco Javier de Elío con el título de
virrey- las tropas lusitanas trasponían la frontera
para ocupar zonas del Este.
Así se llegará -derrota de Huaqui por medio-al 24
de octubre, día en que el Triunvirato ratifica el
tratado de paz suscripto por su representante cuatro
días antes en Montevideo, tratado por el que ambas
partes protestan “que no reconocen ni reconocerán
jamás otro soberano que al señor D. Fernando VII y
sus legítimos sucesores y descendientes”. Y mientras
Buenos Aires se comprometía a retirar sus tropas de
la Banda Oriental - jurisdicción sobre la que se aceptaba
en plenitud la autoridad del virrey Elío-, éste no
pasaba de ofrecer el retiro de las tropas portuguesas.
Como miles de orientales no quisieron convalidar la
situación emergente del tratado, todos siguieron a
José Gervasio de Artigas - militar constituido en
caudillo popular- en el éxodo que él inició en los
finales del año a la tierra entrerriana. Vuelto Elío
a la Península, se encargó del gobierno oriental don
Gaspar de Vigodet, quien a principios de 1812 reinició
las hostilidades. El 4 de marzo de 1812 - pocos días
antes de la llegada de San Martín- la artillería de
ocho buques de guerra montevideanos bombardeaba a
Buenos Aires.
LA REVOLUCIÓN EN HISPANOAMÉRICA
“Sabedores de los primeros movimientos acaecidos
en Caracas, Buenos Aires, etc....”, dirá San Martín
en su ya recordada carta a Ramón Castilla. ¿Cuáles
eran esos movimientos ? La invasión napoleónica, la
crisis de la Monarquía hispana y la posterior disolución
de la Junta Central de Sevilla habían puesto a toda
Hispanoamérica en crisis. Y la evocación del Libertador
sigue un correcto orden cronológico. El primer movimiento
se dio en Caracas, de Venezuela, donde el 19 de abril
de 1810 se reúne un Cabildo Abierto, se logra la dimisión
del capitán general Vicente Emparán y se integra una
Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII.
Un Congreso General, que delibera a partir de marzo
de 1811, el 5 de julio declara la independencia y
elabora una Constitución. La lucha militar que se
traba prontamente favorece a las llamadas tropas del
Rey. En 1812, el general español Monteverde hace suya
a Caracas.
Francisco de Miranda -el Precursor- es entregado
por sus compatriotas a los metropolitanos y Simón
Bolívar -que algo ha tenido que ver en ello y que
aspira a la jefatura del movimiento- dejará el país.
El independentismo parece estar condenado al fracaso.
En Nueva Granada, la situación no presenta caracteres
mucho más favorables para los revolucionarios debido
a las disensiones internas. Producida la agitación
popular en Santa Fe de Bogotá, el 20 de julio de 1810
se depuso al virrey Amar y enseguida hubo Cabildo
Abierto, del que surgió una Junta de Gobierno presidida
por el ex mandatario y subordinada al Consejo de Regencia.
Poco duró esto: el 26 se eliminaba a Amar y se anulaba
el juramento de lealtad al Consejo. Convocado un Congreso
General, éste no logró imponer su autoridad y casi
de inmediato varias provincias se declararon independientes
y constituyeron juntas. Así, en Bogotá se creó el
Estado de Cundinamarca, en tanto que Cartagena y Antioquía
formaban el Congreso de Medellín. Agréguese a esto
que en diciembre de 1811 también había proclamado
Quito su absoluta independencia. Poco antes quedaba
suscripta el Acta de Confederación de las Provincias
de Nueva Granada, documento que sólo quedó en tal.
La acción del famoso patriota revolucionario Antonio
Nariño logró la unión de varias provincias y conducir
la lucha armada contra las tropas reales, mas, vencido
y prisionero, terminaría sus días en Cádiz, como Miranda.
En el Virreinato de Méjico, la revolución, iniciada
el 16 de setiembre de 1810, asumió un carácter a la
vez popular y religioso. A poco, el párroco de Dolores,
Miguel Hidalgo, encabezaba alrededor de cien mil indios
y mestizos, quienes recorrieron buena parte del territorio
al grito de “¡Viva la Virgen de Guadalupe y mueran
los gachupines!” Vencido por tropas que respondían
al virrey Francisco Javier Venegas -al igual que San
Martín, él se contó entre los vencedores de Bailén-,
el padre Hidalgo murió fusilado el 30 de julio de
1811. La jefatura del movimiento pasó a su discípulo,
el sacerdote José María Morelos, cura párroco de Caracuaro.
A poco, los desordenados agrupamientos de indígenas
cedieron su lugar a guerrillas móviles, las que, sobre
la base de una elemental coordinación, dominaron los
distritos sureños. Y si bien la independencia será
declarada el 22 de octubre por un congreso reunido
en Chilpacingo, el movimiento, entre 1812 y 1815,
año del fusilamiento de Morelos, parecerá carecer
de futuro.
La crisis de la Monarquía también se dejó sentir
en Chile y especialmente en Santiago, donde una reunión
de vecinos, realizada el 18 de setiembre de 1810,
resolvió constituir una Junta para que rigiese a la
Capitanía General mientras se mantuviera el cautiverio
de Fernando VII. Constituida con la presidencia de
don Mateo de Toro y Zambrano, pronto se iniciarían
los contactos con Buenos Aires. Elegidos en abril
de 1811 los diputados para el Congreso General, pudo
apreciarse que buena parte de ellos, si no la mayoría,
eran de espíritu timorato y poco decididos a llevar
adelante la acción revolucionaria. Precisamente, esto
hizo que al designarse una segunda Junta se dejase
fuera a Juan Martínez de Rozas, líder de los decididos.
A poco, éstos encontraron un nuevo jefe en José Miguel
Carrera, joven criollo recién llegado de España, donde
había sido oficial real. Un movimiento producido el
4 de setiembre determinó que tomasen el control gubernativo
los progresistas. Poco después, Carrera logró incorporarse
a la Junta y el 2 de diciembre, mediante un golpe
de Estado, disolvió el Congreso. Mientras tanto, Martínez
de Rozas había organizado en Concepción una junta
provincial que no respondía a Santiago. Como la mitad
del país, desde el río Maule al sur, quedaba independiente
de la autoridad de Carrera, éste resolvió afirmarla
por las armas. La situación se resolverá a mediados
de 1812, al triunfar en el sur un grupo disidente
y subordinarse al joven caudillo. Y mientras desde
Méjico hasta el Río de la Plata habíase desarrollado,
desde 1810 y con suerte varia, el movimiento independentista,
el Virreinato del Perú mostrábase como el bastión
de la causa fernandina. Desde 1806, ejercía allí el
mando don José Fernando de Abascal, buen político
y diestro administrador. Enérgico y prudente, supo
valerse del prestigio que tenía entre los grupos dirigentes
para evitar la formación de juntas gubernativas y
anular todo intento promovido por núcleos revolucionarios
de menor importancia. Mas no se reducirá sólo a esto
su gestión, sino que también concurrirá con tropas
y auxilio financiero para sostener la causa real en
el Alto Perú y en Chile.
EN LA ESPAÑA INVADIDA
La lucha armada proseguía en España con suerte diversa
al comenzar 1812, sin que la ayuda británica a los
invadidos lograse quebrar el afán napoleónico por
dominar a todo el país. El año anterior, los soldados
hispánicos y sus aliados habían obtenido el 11 de
mayo un gran éxito en la batalla de Albuera. Ahora,
en cambio, con enero se dan a la vez los éxitos y
los fracasos: si por un lado, el de la región mediterránea,
el francés Suchet se adueña de Valencia, por otro,
el de la frontera con Portugal, Lord Wellington toma
a Ciudad Rodrigo, éxito que le reportará su incorporación
a la primera grandeza de España al concedérsele un
título ducal. Mientras tanto, proseguían reunidas
en Cádiz las Cortes. Estas habían decidido, por constituir
los dominios españoles de ambos hemisferios “una sola
y misma Monarquía, una misma y sola Nación y una sola
familia”, que en todas las Cortes por celebrarse en
lo sucesivo tendrían igual derecho de representación
los españoles de América y los de la Península. En
enero de 1812 decidió llevar el número de integrantes
del Consejo de Regencia de tres a cinco - Regencia
del Quintillo llamará con chanza el pueblo a este
cambio- y al designar a los nuevos miembros, en algunos
casos -como en el del Duque del Infantado- lo hizo
a pesar de que el candidato se contaba entre quienes
habían jurado fidelidad a José Y Bonaparte. Y en marzo
será aprobada y promulgada la Constitución. Señalemos,
finalmente, que en tanto América todavía se dice gobernar
provisoriamente en nombre del monarca prisionero en
Valençay y mientras en España mueren muchos dando
vivas a Fernando VII, éste, “en su apacible destierro,
prodigó las pruebas de adhesión al Emperador en forma
que harto delataba su condición ingrata y acomodaticia.
Cuando aquí se luchaba para restaurarle en el trono,
él insistía en contraer matrimonio con una sobrina
del César francés, y con ocasión del enlace de éste
con la hija del Emperador de Austria, alzaba su copa
en famoso banquete para brindar por sus augustos soberanos,
el gran Napoleón y María Luisa, su esposa; cuando
aquí se le presentaba como sufrido mártir de la Patria
y se planeaban los medios de arrancarle de las manos
de su cancerbero, él se entregaba en Valençay a los
placeres del campo y a las gratas intimidades de un
hogar amenizado por las veladas familiares que organizaba
la hermosa Princesa de Benevento con el concurso del
pianista Daneck y el guitarrista Castro”. Con harta
razón, “el Deseado” no pasará de ser “Fernandito”
para San Martín, quien, casi sin excepción, así lo
llamará, con evidente y justa intención peyorativa,
al hablar o escribir.
AMÉRICA EN GUERRA CIVIL
En un breve y sustancioso ensayo, un estudioso francés
escribirá en 1922 que “la guerra hispanoamericana
es guerra civil entre americanos que quieren, los
unos la continuación del régimen español, los otros
la independencia con Fernando VII o uno de sus parientes
por rey, o bajo un régimen republicano”. Ciertamente,
si lo transcripto no es verdad histórica total, lo
es en buena y grande medida. Muy pocos son los que
desde un principio tienen claridad de objetivos para
el proceso de la revolución americana en marcha. Uno
de ellos será, precisamente, San Martín. Y así lo
dirá y tratará de realizar desde el día en que volvió
a pisar la tierra de su nacimiento, como lo expresa
cabalmente una anécdota harto narrada, de dudosa verosimilitud
en cuanto a algunas de sus incidencias, mas no respecto
del pensamiento del Libertador: “En el año 1812 -dice
Juan Bautista Alberdi-, en una reunión de patriotas,
en que San Martín, recién llegado al país, expresó
sus ideas en favor de la monarquía, como la forma
conveniente al nuevo gobierno patrio, Rivadavia hubo
de arrojarle una botella a la cara, por el sacrilegio.
«¿Con qué objeto viene usted, entonces, a la república?»,
le preguntó a San Martín. «Con el de trabajar por
la independencia de mi país natal, le contestó, que
en cuanto a la forma de su gobierno, él se dará la
que quiera en uso de esa misma independencia»”. Dejemos
de lado la actitud un tanto grotesca que se adjudica
a Rivadavia -nos parece que la mención de una botella
arrojada por los aires no pasa de ser una figura poco
feliz para expresar que don Bernardino se desagradó-
y quedémonos con lo sustancial: la independencia es
para San Martín el objetivo prioritario. El tiempo
demostrará que en punto a esto su pensamiento no variará
ni en un ápice: no descansará hasta obtener en su
tierra la declaración del 9 de julio de 1816; tras
Chacabuco, insistirá ante O’Higgins para que ratifique
la de Chile -como se hará a principios de 1817- y
se encargará personalmente de realizarlo respecto
del Perú apenas liberada Lima. Será consecuente con
su pensamiento inicial: “Con su natural perspicacia
y su natural buen sentido, dice Mitre, había visto
claramente que la revolución estaba tan mal organizada
en lo militar como en lo político, que carecía de
plan, de medios eficaces de acción y hasta de propósitos
netamente formulados. Así es que, guardando una prudente
reserva sobre los asuntos de gobierno, no excusaba
expresarse con franqueza sobre aquel punto en las
tertulias políticas de la época, diciendo: ‘Hasta
hoy, las Provincias Unidas han combatido por una causa
que nadie conoce, sin bandera y sin principios declarados
que expliquen el origen y tendencias de la insurrección:
preciso es que nos llamemos independientes para que
nos conozcan y respeten.”