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VIGIA
Y CUSTODIO
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» VIGIA
Y CUSTODIO DE LA LIBERTAD AMERICANA - Enrique Mario Mayochi
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» ESPÍRITU
AMERICANISTA DE LA EPOPEYA SANMARTINIANA - Enrique Mario
Mayochi |
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VIGIA Y CUSTODIO
DE LA LIBERTAD AMERICANA - Enrique Mario Mayochi
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Al marcharse San Martín del Perú el 20 de septiembre
de l822, concluyó para él su vida pública y se inició
una nueva etapa de su existencia, que culminaría con
el definitivo ostracismo. Empero, su propósito inicial
no fue el de trasladarse a Europa, sino el de quedarse
en su patria. Tal es lo que surge de la carta que
remitió a O’Higgins desde Bruselas, el 20 de octubre
de 1827: “Confinado en mi hacienda de Mendoza y sin
más relación que con algunos de los vecinos que venían
a visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar
a la desconfiada administración de Buenos Aires. Ella
me cercó de espías, mi correspondencia era abierta
con grosería, los papeles ministeriales hablaban de
un plan para formar un gobierno militar bajo la dirección
de un soldado afortunado, etc., etc. En fin, yo ví
claramente que no era posible vivir tranquilo en mi
patria ínterin la exaltación de las pasiones no se
calmase, y esta incertidumbre fue la que me decidió
a partir a Europa”. Aunque recluido en Mendoza, la
memoria de sus hechos y la confianza que le profesaban
los peruanos no se había perdido entre éstos. Por
ello, piensan otra vez en él luego de la última y
desastrosa campaña a Puertos Intermedios. Así se lo
dicen en la petición suscripta por eminentes ciudadanos:
“Hay ciertos hombres elegidos por el destino cuyos
nombres pertenecen a la historia y cuya historia consagrada
a la felicidad de los pueblos está reclamada por ellos,
principalmente cuando éstos caen en la desgracia.
“Entonces, los hombres viles, que en tiempo de prosperidad
han insultado al genio y al valor, desaparecen de
la escena peligrosa, la envidia se calla, y todos
los corazones llaman al héroe que solo puede salvar
al Estado. “El Perú, que debe a V.E. sus esperanzas
de independencia; el Perú que acaba de sufrir una
dispersión en el ejército que había nacido en su mano
y hacía su principal fuerza, hoy reclama el regreso
del Fundador de su libertad a V.E., que ha cimentado
las bases del ejército, está reservado el acabar de
consolidarlo. Vuelva entre nosotros; su presencia
destruirá la esperanza de todo ambicioso y hará desaparecer
todos los partidos. El pueblo volverá con entusiasmo
a ver al héroe que ha roto sus cadenas. El ejército
con energía se unirá bajo los estandartes del vencedor
de San Lorenzo, Chacabuco y Maipú; V.E. tendrá la
gloria de haber asegurado la Independencia de un Estado
que siempre le será reconocido y de haber terminado
una obra que tan gloriosamente ha principiado”. El
mensaje había sido firmado el 28 de septiembre de
1823 y San Martín lo respondió, el 20 de noviembre
siguiente, con una carta en la que repite su pensamiento
cardinal y reitera el espíritu americanista animador
de su epopeya: “Usted, mi querido amigo, dice a José
Luis Orbegoso, a quien la dirige, me ha tratado con
inmediación; usted tiene la idea de mi modo de pensar
y conoce hasta el punto que llegan mis pensamientos,
no sólo con respecto al Perú sino de toda la América,
su independencia y felicidad; a estos dos objetos
sacrificaría mil vidas; y partiendo de este principio
tan sagrado y de la amistad sincera que siempre le
he profesado y lo mismo al almirante Guise, tengo
que decir a usted mi opinión franca y sencillamente.
El Perú se pierde. Si, se pierde irremediablemente,
y tal vez la causa general de América: un solo arbitrio
hay de salvarlo y éste, en manos de usted, de Guise,
de Soyer, de Santa Cruz y Porfocarrero, y está dicho:
estos solos individuos son o los redentores de la
América o sus verdugos, no hay que dudarlo; repito,
ustedes van a decidir sus nombres. “Sin perder un
solo momento cedan de las quejas y resentimientos
que puedan tener; reconózcase la autoridad del congreso,
malo o bueno o como sea, pues los pueblos lo han jurado;
únanse como es necesario y con este paso desaparezcan
los españoles del Perú y después matémonos unos contra
otros, si este es el desgraciado destino que espera
a los patriotas. Muramos pero no como viles esclavos
de los despreciables y estúpidos españoles, que es
lo que irremediablemente va a suceder. “He dicho a
usted mi opinión: si ella es aceptada por ustedes,
estoy pronto a sacrificar mi vida privada; venga sin
pérdida de un solo momento la contestación de haberse
reconocido la autoridad del congreso pues la espero
para decidir mi destino.” Su pensamiento permanecerá
invariable. Por ello, vuelto al Plata a fines de 1828
y aprestándose a retornar a Europa, al recibir en
Montevideo un mensaje de Fructuoso Rivera, reitera
una idea que en él es constante. El caudillo oriental
le expresó en esa ocasión: “Regresa usted a Europa
cuando todos lo creíamos deseoso de vivir en América.
Qué puede inferirse de aquí sino que a usted o la
patria no le inspira ya interés o que ha desesperado
de su salud? Cualquiera de las dos cosas es un mal
que para mí agrava mucho el de la ausencia; pero usted
lo quiere, a usted le conviene, sea para bien.
En cualquier destino que tenga usted mi nombre, mi
amistad y posición cuando ésta pueda serle útil en
algo.” La respuesta de San Martín será tan cortes
como firme: “Un solo caso podía llegar en que desconfiase
de la salud del país, esto es cuando viese una casi
absoluta mayoría en él por someterse otra vez al infame
yugo de los españoles. Usted conoce como yo que esto
es tan imposible como que se sometan nuestros antiguos
amos a nosotros. Más o menos males, más o menos adelantos
en nuestra ambición; he aquí lo que resultara de nuestras
discusiones. Es verdad que las consecuencias más frecuentes
de la anarquía son las de producir un tirano, que
como Francia haga sufrir al país lo males que experimenta
el que a él domina; más aún, en este caso yo tampoco
desconfiaría de su salud, porque sus males estarían
sujetos a la duración de la vida de un solo hombre.
“Después de lo expuesto, queda pendiente el por qué
me voy, siendo así que ninguna de las dos razones
que usted cree, son las causales de mi regreso a Europa.
Varias tengo, pero las dos principales son las que
me han decidido a privarme del consuelo por ahora
de estar en mi patria. La primera no mandar; la segunda,
la convicción de no poder habitar mi país como particular
en tiempos de convulsión sin mezclarme en divisiones.
En el primer caso no se persuada usted que son tan
afligentes las circunstancias en que se halla la patria
las que me hacen no desearlo, persuadido por la experiencia
que jamás se puede gobernar a los pueblos con más
seguridad que después de una gran crisis; pero es
la certeza de que mi carácter no es propio para el
desempeño de ningún mando político; y el segundo,
el que habiendo figurado en nuestra revolución, siempre
seré un foco en el que los partidos creerán encontrar
un apoyo, como me lo ha acreditado la experiencia
a mi regreso del Perú y en las actuales circunstancias.
“He aquí en extracto general los motivos que me impulsan
a confinarme de mi suelo, porque firme e inalterable
es mi resolución de no mandar jamás, mi presencia
en el país es embarazosa. Si éste cree algún día,
que como un soldado le puedo ser útil en una guerra
extranjera - nunca contra mis compatriotas- yo le
serviré con la lealtad que siempre lo he hecho, no
sólo como General, sino en cualquier clase inferior
en que me ocupe; si no lo hiciese, yo no seria digno
de ser americano”.
Radicado otra vez en Europa, y sin abandonar su propósito
de volver a América, el Libertador no se desentenderá
de los progresos y acaeceres políticos de las naciones
hispanoamericanas cuya independencia contribuyó a
fundar. En su correspondencia -con los chilenos O’Higgins,
Rosales, Prieto y otros; con sus compatriotas Tomás
Guido y Vicente López, con los peruanos que no lo
olvidan, como Mariano Alvarez y Ramón Castilla-son
constantes sus opiniones y reflexiones sobre lo americano.
Mientras el tiempo transcurre y el hogar de Grand
Bourg se alegra con las gracias de las nietas, sigue
al detalle la vida americana, comprobando como se
desarrollan las nuevas naciones, aunque lamentando
que su progreso se vea retardado por las discordias
internas y las ambiciones de dos potencias europeas.
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Porque se siente vigía y custodio de la independencia
americana, no vacila en tomar posición cuando
el jefe de una flota francesa decreta el bloqueo
del puerto de Buenos Aires y del litoral argentino.
El se da cuenta de que esa actitud no será causa
de un conflicto, sino consecuencia de una política
contraria a la soberanía americana. Digna y
delicadamente ofrece sus servicios al gobernador
de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, por carta
fechada en Grand Bourg el 5 de agosto de 1838:
“He visto por los papeles públicos de ésta,
el bloqueo que el gobierno francés ha establecido
contra nuestro país; ignoro los resultados de
esta medida: si son los de la guerra, yo sé
lo que mi deber me impone como americano; pero
en mis circunstancias y la de que no se fuese
a creer que me supongo un hombre necesario,
hacen, por un exceso de delicadeza que usted
sabrá valorar, si usted me cree de alguna utilidad,
que espere sus ordenes, tres días después de
haberlas recibido me pondré en marcha para servir
a la patria que me vio nacer”. Y como se anoticia
de que hay compatriotas que consienten o apoyan
la agresión, esperando obtener con ello ventajas
sobre la facción que podría resultar vencida,
se reitera en la línea americanista que lo llevó
a repudiar a quienes posibilitaron el desastre
de Rancagua o a quienes ponían en riesgo la
independencia del Perú.
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Monumento
al Ejército de los Andes (Cerro de la Gloria,
Mendoza)
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Por ello, le dirá al gobernador bonaerense
por carta del 10 de julio de 1839: “Lo que no
puedo concebir es que haya americanos que por
un indigno espíritu de partido se unan al extranjero
para humillar a su patria y reducirla a una
condición peor que la que sufríamos en tiempo
de la dominación española; una tal felonía ni
el sepulcro la puede hacer desaparecer.” Corrido
el tiempo, una nueva amenaza se cierne sobre
América con motivo de la intervención combinada
de Francia y de Gran Bretaña en el Plata. Estaba
San Martín en Nápoles cuando fue consultado
sobre la situación que podría derivarse de esa
acción europea, requisitoria hecha por Jorge
Federico Dickson, representante del alto comercio
en Londres. Respondió con verdad y sagacidad
política, demostrando a la vez un preciso conocimiento
de las posibilidades defensivas de los rioplatenses.
El Morning Chronicle, de la capital británica,
reprodujo su carta en la edición del 12 de febrero
de 1846 y al hacerlo la acompañó con un comentario,
en uno de cuyos párrafos se reconocía la preocupación
del héroe por lo americano: “Como hace tiempo
que se ha retirado de la vida pública y ha residido
en Europa, en donde sabemos piensa pasar el
resto de sus días, no tiene interés en la cuestión
sino el que naturalmente debe suponerse experimenta
por el honor y la felicidad de su país, su opinión
puede considerarse del todo imparcial. La recomendamos
fuertemente a la atención de nuestros lectores”.
Razón tenía el periodista inglés al hablar de
la imparcialidad, pero de una tal que no debía
confundirse con desdén por el honor y la felicidad
de la Confederación Argentina y de América.
Al comenzar 1846, el anciano, azotado en su
salud, volveré a expresar su confianza en el
triunfo final. No puede ofrecer su participación
personal, pero en carta del 11 de enero manifestará
al gobernador de Buenos Aires: “En principio
de noviembre pasado me dirigí a Italia con el
objeto de experimentar si con su benigno clima
recuperaba mi arruinada salud; bien poca es
hasta el presente la mejoría que he sentido,
lo que me es tanto más sensible cuanto en las
circunstancias en que se halla nuestra patria
me hubiera sido muy lisonjero poder nuevamente
ofrecerle mis servicios como lo hice a usted
en el primer bloqueo por la Francia, servicios
que aunque conozco serian inútiles, sin embargo
demostrarían que en la injustísima agresión
y abuso de la fuerza de la Inglaterra y Francia
contra nuestro país, éste tenía aún un viejo
defensor de su honra e independencia. Ya que
el estado de mi salud me priva de esta satisfacción.
Por lo menos me complazco en manifestar a usted
estos sentimientos, así como mi confianza no
dudosa del triunfo de la justicia que nos asiste”.
El 20 de mayo siguiente, Juan Manuel de Rosas
le responderá con una misiva cuyo contenido
podría ser suscripto por todos los americanos
en mérito a la verdad que surge de su texto
y al testimonio que da. Dice así: “General,
no hay un verdadero argentino, un americano
que al oír su nombre ilustre de usted y saber
lo que usted hace todavía por su patria y por
la causa americana no sienta redoblar su ardor
y su confianza. La influencia moral de los votos
patrióticos americanos de usted en las presentes
circunstancias, como en el anterior bloqueo
francés, importa un distinguido servicio a la
independencia de nuestra patria y del continente
americano, a la que usted consagro con tan glorioso
honor sus florecientes días. “Me es profundamente
sensible el continuado quebranto de la importante
salud de usted. Deseo se restablezca y conserve
y que le sea más favorable que hasta aquí el
templado clima de Italia. “Así, enfermo, después
de tantas fatigas, usted expresa la grande y
dominante idea de toda su vida: la independencia
de América es irrevocable, dijo usted después
de haber libertado a su patria, Chile y el Perú,
Esto es digno de usted”. Sabedor el Libertador
del combate de la Vuelta de Obligado, está una
vez más con los americanos. Por esto, dirá en
su carta del 10 de mayo de 1846, al gobernante
porteño: “Ya sabía yo de la acción de Obligado.
Los interventores habrán visto lo que son los
argentinos. A tal proceder no nos queda otro
partido que cumplir con el deber de hombres,
sea cual sea la suerte que nos prepare el destino,
que por mi íntima convicción, no sería un momento
dudoso en nuestro favor si todos los argentinos
se persuadiesen del deshonor que recaerá sobre
nuestra patria si las naciones europeas triunfan
en esta contienda que, en mi opinión, es de
tanta trascendencia como la de nuestra emancipación
de España.” Al levantarse el bloqueo, su corazón
americano se alegra al máximo. “He tenido una
verdadera satisfacción -dice a Rosas en su carta
del 2 de noviembre de 1848- al saber el levantamiento
del injusto bloqueo con que nos hostilizaban
las dos primeras naciones de Europa. Esta satisfacción
es tanto más completa cuanto el honor del país
no ha tenido nada que sufrir y por el contrario
presenta a todos los nuevos estados americanos
un modelo a seguir.”
Más si Gran Bretaña tuvo la habilidad necesaria
como para dar fin al conflicto, Francia no lograba
aún una decisión similar. La revolución de 1848,
que derribó a la dinastía orleanista, favoreció
el arreglo, mas no se llegaría a ello sin grandes
esfuerzos. Para quebrar la impasse, el ministro
Bouther creyó importante leer ante los diputados
una carta dirigida el 23 de diciembre de 1849
por San Martín al ministro Bienau. Su texto
decía: “Cuando tuve el honor de hacer vuestro
conocimiento en la casa de Madame Aguado, estaba
muy distante de creer que debía algún día escribiros
sobre asuntos políticos; pero la posición que
hoy ocupáis y una carta que el diario “La Presse”
acaba de reproducir el 22 de este mes, carta
que había escrito en 1845 al señor Dickson sobre
la intervención unida de la Francia y la Inglaterra
en los negocios del Plata y que se publicó sin
mi consentimiento en esa época en los diarios
ingleses, me obligan a confirmaros su autenticidad
y aseguráos nuevamente que la opinión que entonces
tenía no solamente es la misma aún, sino que
las actuales circunstancias en que la Francia
se encuentra sola, empeñada en la contienda,
vienen a darle una nueva consagración. “Estoy
persuadido de que esta cuestión es más grave
que lo que se la supone generalmente; y los
once anos de guerra por la independencia americana
durante los que he comandado en jefe los ejércitos
de Chile, del Perú y de las Provincias Unidas
de la Confederación Argentina me han colocado
en situación de poder apreciar las dificultades
enormes que ella presenta y que son debidas
a la posición geográfica del país, al carácter
de sus habitantes y a su inmensa distancia de
la Francia. Nada es imposible al poder francés
y a la intrepidez de sus soldados; mas antes
de emprender, los hombres políticos pesan las
ventajas que deben compensar los sacrificios
que hacen “No lo dudéis, os lo repito: las dificultades
y los gastos serán inmensos y una vez comprometida
en esta lucha, la Francia tendrá el honor de
no retrogradar y no hay poder humano capaz de
calcular su duración. “Os he manifestado francamente
una opinión en cuya imparcialidad debéis tanto
más creer cuanto que establecido y propietario
en Francia veinte años ha, y contando acabar
ahí mis días, las simpatías de mi corazón se
hallan divididas entre mi país natal y la Francia
mi segunda patria.
“Os escribo desde mi cama en que me hallo rendido
por crueles padecimientos que me impiden tratar
con toda la atención que habría querido un asunto
tan serio y tan grave”.
Por sentirse americano hasta lo mas íntimo,
no quiso negar jamás ni su condición de tal
ni la de haber sido el jefe militar de los ejércitos
independentistas. Así, prefirió no viajar en
1841 a España porque para hacerlo debía aceptar
un pasaporte que se le extendía en condición
de particular español y no como general de un
nuevo Estado. No pudiendo ir como militar americano,
prefirió renunciar a la visita y permanecer
fiel a sus principios. Si fue tan argentino
en su patria como fuera de ella, otro tanto
cabe decir de su americanismo. El largo ostracismo
fue para su espíritu como un fluir constante
de recuerdos de lo americano y de esperanzas
sobre su futuro. Fue, hasta el fin de sus días,
como lo había dicho, un hombre del Partido Americano,
sin pertenecer a facción o partido alguno.
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