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Verdadero el diálogo en sus términos
o no, la respuesta sanmartiniana, en cuanto a prioridades
, tiene el carácter de lo definitivo y de lo definitorio.
Y si no dijo tales palabras en esa ocasión, bien pudo
haberlas dicho, porque para él nada hubo superior a
la independencia americana, y al logro de ésta dedicó
todos sus esfuerzos, a la vez que en su homenaje realizó
todos los sacrificios, hasta el máximo del renunciamiento
personal. El, como expresó Ricardo Levene, “... es un
soldado de una causa: la causa de la independencia en
América, que ha subordinado todos sus movimientos a
ideas esenciales. Y por eso fue un guerrero en el que
la vocación por la libertad y la paz brillan con luz
propia en su genio político”. Y porque “argentinidad
y americanismo - en feliz frase de José Pacífico Otero-
son los dos términos de un binomio dinámico que se conjuga
armoniosa y solidariamente en su corazón”, desde el
primer momento de su llegada luchará a la vez por el
buen futuro de su patria nativa y por el de la América
toda. Lo intuye en lo más íntimo de su ser, siempre
iluminado por su espíritu americanista que carece de
repliegues y que no conoce las ambigüedades, y se juega
íntegramente para lograr los apoyos necesarios que le
permitan llevar adelante la empresa. Como bien fue expresado
por Mitre, es indudable que ya en 1814 San Martín está
convencido de que los Andes y el Pacífico son el camino
obligado de la guerra argentina y de la revolución argentina
americanizada. En virtud de esto se revelará al presidente
del Consejo de Estado, don Nicolás Rodríguez Peña, a
través de la carta que le remite con fecha 22 de abril
de 1814, con motivo de haber asumido el comando en jefe
del Ejército del Norte, y en la que expresa: “No se
felicite, mi querido amigo, con anticipación de lo que
yo pueda hacer en ésta; no haré nada y nada me gusta
aquí. No conozco los hombres ni el país, y todo está
tan anarquizado, que yo sé mejor que nadie lo que poco
o nada puedo hacer. Ríase usted de esperanzas alegres.
La patria no hará camino por este lado del norte, que
no sea una guerra permanente, defensiva, defensiva y
nada más; para eso bastan los valientes gauchos de Salta,
con dos escuadrones buenos de veteranos. Pensar en otra
cosa es echar al Pozo de Airón hombres y dinero. Así
es que yo no me moveré, ni intentaré expedición alguna.
Ya le he dicho a usted mi secreto: un ejército pequeño
y bien disciplinado en Mendoza, para pasar a Chile y
acabar allí con los godos, apoyando un gobierno de amigos
sólidos, para acabar también con los anarquistas que
reinan. Aliando las fuerzas, pasaremos por el mar a
tomar Lima; es ése el camino y no éste, mi amigo. Convénzase
usted que hasta que no estemos sobre Lima, la guerra
no acabará.” Su secreto está revelado y confiado al
amigo. Ahora queda a cargo de éste - varón también como
el juramentado en el seno de la logia Lautaro a luchar
por la independencia americana- lograr del gobierno
por él integrado que se favorezca la puesta en marcha
del plan de liberación sobre la base de concederse una
petición aparentemente de tono menor: “Estoy bastante
enfermo y quebrantado; más bien me retiraré a un rincón
y me dedicaré a enseñar reclutas para que los aproveche
el gobierno en cualquier parte. Lo que yo quisiera que
ustedes me dieran cuando me restablezca, es el gobierno
de Cuyo. Allí podría organizar una pequeña fuerza de
caballería para reforzar a Balcarce en Chile, cosa que
juzgo de gran necesidad, si hemos de hacer algo de provecho,
y le confieso que me gustaría pasar mandando este cuerpo”.
Todo está dicho, pero inteligentemente cubierto con
el velo de la discreción militar y de la agudeza política.
Para ciertos espíritus medrosos, y de éstos había buenos
exponentes en el gobierno bonaerense, hubiera carecido
de sentido proponerles la formación de un gran ejército
para con él llegar hasta Lima en momentos en que, con
gesto de Júpiter tonante, se reinstalaba en su trono
Fernando VII de Borbón. Resultaría mucho mejor que Rodríguez
Peña hablase de “una pequeña fuerza de caballería.”
Si en toda tragedia sofoclea no faltaba la “pequeña
palabra” preñada de consecuencias trágicas, aquí, en
la raíz de la frase deslizada casi como al pasar, está
la clave del plan de liberación americana: “Lo que yo
quisiera que ustedes me dieran... es el gobierno de
Cuyo... una pequeña fuerza de caballería para reforzar
a Balcarce a Chile...”. Con acuerdo de su Consejo de
Estado, el director supremo de las Provincias Unidas
del Río de la Plata, don Gervasio Antonio Posadas, firma
el 10 de agosto de 1814 el decreto de designación de
José de San Martín como gobernador intendente de Cuyo.
Ya instalado el futuro Libertador en su nueva sede,
la región comenzará enseguida a convertirse en la base
de la gran empresa. Allí se desarrollará la primera
etapa del plan merced a una realización sorprendente
tanto por la suma de logros que debió alentar como por
la suma de voluntades que logró conjugar.
En Cuyo, en la ínsula cuyana, se dio
la síntesis más expresiva del espíritu americanista
que, a impulsos de una fe desbordante, ofreció lo mejor
de sí por tener esperanza en su destino. “Quizá en ningún
otro momento de su actuación aparezca San Martín más
identificado con el espíritu de su pueblo que en esos
años de gobierno administrativo y militar, en cuyo ejercicio
la severidad del magistrado se confundió muchas veces
con el amor del padre y su autoridad inflexible de conductor
halló la correspondencia más fiel”. Cuyo respondió afirmativamente
al llamado de su nuevo gobernante, hecho a través de
un bando que dirigió al pueblo a poco de asumir el mando:
“Cuando la América por un rasgo de virtud sublime quebrantó
las cadenas de la opresión peninsular, juró a la patria
sacrificarlo todo por arribar al triunfo de aquel glorioso
empeño. Así es que desde entonces debió desaparecer
de entre nosotros el ocio, la indiferencia, la molicie
y todo cuanto podía enervar la fuerza de aquella valiente
resolución. Consecuente a esto, la actividad, la dureza
de la vida armada, es el verdadero carácter que debe
distinguirnos. No es suficiente dar nuestro sosiego,
nuestra existencia misma”. Al hablarse del plan continental
de San Martín, es de estricta justicia recordar a quien
fue pieza capital en la operación destinada a convencer
a los gobernantes rioplatenses no sólo de la bondad
de ese plan, sino de la urgencia de ponerlo en práctica:
Tomás Guido, “mi lancero” como lo llama invariablemente
el Libertador en la correspondencia que le dirige. Una
correspondencia epistolar que es la viva expresión de
la mutua confianza y amistad que se profesaron y que
sólo la muerte logró interrumpir. En su condición de
oficial mayor de Guerra, presentó Guido el 10 de mayo
de 1816, al supremo director del Estado, por entonces
con carácter interino, Antonio González Balcarce, un
extenso y profundo estudio sobre la factibilidad de
organizar una expedición militar llamada a emancipar
a Chile y al Perú. No es exagerado decir que el documento,
que no era otra cosa sino la exposición razonada y hecha
en detalle del plan sanmartiniano, tuvo influencia decisiva
sobre el Poder Ejecutivo directorial y el Congreso a
la sazón reunido en Tucumán. Gracias al memorial se
cambió por completo de rumbo en lo político y de estrategia
en lo militar, decidiéndose dar a San Martín cuanta
ayuda fuera menester para realizar la campaña libertadora
de Chile, cuya ejecución fue en adelante el gran objetivo
que reemplazó al propósito de buscar solamente por el
Norte la revancha de las derrotas sufridas en Vilcapugio,
Ayohuma y Sipe-Sipe.
Las conclusiones a las que se llega
en la Memoria sin restarle a ésta nada del indudable
mérito que tuvo como medio para llegar a la realización
de la epopeya, muestran acabadamente -y el valor testimonial
de Guido es irrecusable porque sin discusión fue uno
de los pocos hombres que gozó de la intimidad del Libertador
y para quien éste no tuvo reservas- que el proyecto
de San Martín era realmente un plan continental, o sea
que estaba alentado por un espíritu americanista que
derivaba del hecho de concebir al Nuevo Mundo hispánico
como la patria común, y no como una ancha base geográfica
para que sobre ella tomaran ubicación los parcelamientos
nacionales o regionales. A mayor abundamiento, repitamos
una vez más esas conclusiones: “La ocupación del Reino
de Chile es el objetivo principal que a mi juicio debe
proponerse el gobierno a todo trance, y a expensas de
todo sacrificio: 1 ) Porque es el único flanco por donde
el enemigo se presenta más débil, 2 ) Porque es el camino
más corto, fácil y seguro para libertar a las provincias
del Alto Perú; 3º) Porque la restauración de la libertad
en aquel país puede consolidar la emancipación de América,
bajo el sistema que aconsejen los ulteriores acontecimientos”.
El nuevo director supremo designado por el Congreso,
don Juan Martín de Pueyrredón, hasta entonces diputado
por San Luis, tras imponerse reflexivamente de la Memoria
escrita por Guido, no vaciló en dar todo su apoyo al
plan continental. La entrevista que mantuvo con San
Martín en Córdoba, alrededor del 20 de julio de 1816,
fue el medio idóneo para llegar al gran acuerdo y la
casi inmediata creación del ejército de los Andes, la
primera expresión concreta de que el plan se ponía en
marcha, y con él una epopeya que tendría por causa y
consecuencia la libertad de América.
“Consecuente a este justísimo principio
(o sea que los nuevos Estados americanos se hermanasen
todos en torno de una misma finalidad), mi primer paso
era hacer declarar su independencia y crearles una fuerza
militar propia que la asegurase”, afirmó San Martín
en su antes recordada carta a Ramón Castilla.
Nada más cierto, como lo probó con
hechos tanto en las Provincias Unidas como en Chile
y en el Perú. Así, si en aquellas insistió ante sus
amigos oportuna e inoportunamente hasta que finalmente
vio concretado su anhelo de declaración de la independencia,
en Chile la apoyó como un paso necesario y en el Perú
la proclamó de viva voz en acto solemnísimo. Por estar
imbuido de sólidos principios políticos y por ser sumamente
respetuoso de las formas legales, bien comprendía y
sostenía que su misión libertadora carecería de eficacia
si no se sustentaba en el mandato dado por un gobierno
elegido regularmente y que fuera expresión cabal de
la soberanía popular. En el caso concreto de las Provincias
Unidas, es bien conocida y siempre recordada su apelación
a Tomás Godoy Cruz, diputado por Mendoza al Congreso
reunido en San Miguel del Tucumán: “¿Hasta cuando esperamos
para declarar nuestra independencia? ¿No le parece a
usted una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el
pabellón y cocarda nacional y por última hacer la guerra
al soberano de quien en el día se dice dependemos y
no decirlo, cuando no nos falta más que decirlo? ¿Qué
relaciones podemos emprender cuando estamos a pupilo?
Los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes,
puesto que nos reconocemos vasallos. Nadie nos auxiliará
en tal situación. Por otra parte, el sistema ganaría
un cincuenta por ciento con tal paso. Para los hombres
de corazón se han hecho las empresas. Si esto no se
hace, el Congreso es nulo en todas partes, porque resumiendo
la soberanía, es una usurpación que se hace al que se
cree verdadero soberano, es decir, a Fernandito”. Como
el diputado le respondiese arguyendo que la empresa
no era tan sencilla, San Martín volvió otra vez sobre
el tema, con tanta picardía como firmeza: “Veo lo que
me dice sobre el punto de la independencia ‘no es soplar
y hacer botellas’; yo respondo, que mil veces es más
fácil hacer la independencia que el que haya un americano
que haga una sola botella”. La gran noticia de la declaración
de la independencia la recibe en Córdoba, adonde ha
viajado para entrevistarse con el director Pueyrredón,
con quien ajustará todos los detalles para poner en
marcha el plan continental. Al enterarse, escribe a
Godoy Cruz: “Ha dado el Congreso el golpe magistral
con la declaración de la independencia. Sólo hubiera
deseado que al mismo tiempo hubiera hecho una pequeña
exposición de los justos móviles que tenemos los americanos
para tal proceder.
Esto nos conciliaría y ganaría afectos
en Europa”. Y agrega: “En el momento que el director
me despache, volaré a mi ‘ínsula cuyana’. La maldita
suerte no ha querido el que yo no me hallase en mi pueblo
para el día de la celebración de la independencia. Crea
usted que hubiera echado la casa por la ventana”. Si
bien carecemos de elementos documentales como para probar
que San Martín haya promovido la declaración formal
de la independencia chilena -para lo que no se había
presentado una ocasión propicia ni antes ni después
de Rancagua-, no resulta arbitrario afirmar que debe
haber alentado la concreción de un acto que ya tenía
suficientes precedentes en los similares efectuados
por otros pueblos hispanoamericanos. No nos consta documentalmente
la gestión del Libertador en favor de esa declaración
formal -que se hizo, tras una amplia consulta popular,
por medio de la redacción de un acta que O’Higgins,
como director, aprobó en Talca el 2 de febrero de 1818,
aunque antidatándola en Concepción el 1 de enero anterior,
para que coincidiera con el comienzo del año el de la
vida independiente del país-, pero sí nos consta la
activa participación de San Martín en la ceremonia realizada
en Santiago el 12 de febrero -primer aniversario de
Chacabuco- para jurar la independencia. Cuando en medio
de la multitud reunida con tal motivo, le correspondió
el turno de hacerlo en su condición de coronel mayor
de los ejércitos de Chile y general en jefe del Ejército
Unido, juró “sostener la presente declaración de independencia
absoluta del Estado chileno, de Fernando V1I, sus sucesores
y de cualquier otra nación extraña”. Siguiéndose el
ejemplo dado por varias ciudades peruanas -entre las
primeras, la de Trujillo, con el marqués de Torre Tagle
a su frente-, también la de Lima fue instada a declarar
la independencia una vez que se posesionó de ella el
Libertador. Fue él, precisamente, quien desde su campamento
se dirigió al Cabildo de la ciudad para señalarle la
conveniencia de convocar a una junta general que, por
representar a los habitantes de la capital, expresase
si la opinión general estaba en favor de esa independencia.
De acuerdo a lo propuesto por San Martín y aceptado
por el Ayuntamiento con fecha 14 de julio de 1821, al
día siguiente se reunieron en cabildo abierto los notables
de Lima, quienes decidieron “que la voluntad general
-según reza el acta levantada con tal motivo- está decidida
por la independencia del Perú de la dominación española
y de cualquiera otra extranjera y que para que se proceda
a su sanción por medio del correspondiente juramento,
se conteste con copia certificada de esta acta al mismo
Excmo. señor don José de San Martín”. Como consecuencia
de lo decidido en cabildo abierto, San Martín, ya instalado
en Lima, lanzó el 25 de julio un bando en el que expresaba:
“Por cuanto esta ilustre y gloriosa capital ha declarado
así por medio de las personas visibles como por voto
y aclamación general del público su voluntad decidida
por su independencia y ser colocada en el alto grado
de los pueblos libres, quedando notado en el tiempo
de su existencia por el día más grande y glorioso, el
domingo quince del presente mes, en que las personas
más respetables suscribieron el acta de su libertad
que confirmó el pueblo con voz común en medio del júbilo,
por tanto, ciudadanos, mi corazón, que nada apetece
más que nuestra gloria y a la cual consagro mis afanes,
ha determinado que el sábado inmediato 28, se proclame
vuestra feliz independencia y el primer paso que dais
a la libertad de los pueblos soberanos en todos los
lugares públicos en que en otro tiempo se nos anunciaba
la continuación de vuestras tristes y pesadas cadenas”.
Y prosigue San Martín: “Y para que se haga con la solemnidad
correspondiente, espero que este noble vecindario autorice
el augusto acto de la jura concurriendo a él; que adorne
e ilumine sus casas en las noches del viernes, sábado
y domingo, para que con las demostraciones de júbilo,
se den al mundo los más fuertes testimonios del interés
con que la ilustre capital del Perú celebre el día primero
de su independencia y el de su incorporación a la gran
familia americana”. El 28, como estaba dispuesto, en
la plaza principal de Lima se proclamó y juró la independencia.
Puesto sobre un tablado y haciendo tremolar por sus
manos la bandera peruana que él había creado y enarbolado
en Pisco, San Martín pronunció de viva voz estas palabras:
“El Perú es desde este momento libre e independiente
por la voluntad general de los pueblos y por la justicia
de su causa que Dios defiende”. El día en que Lima declaró
la independencia del Perú, San Martín dispuso que para
conmemorar el acontecimiento se levantase un monumento
en el camino al Callao y que los días 26, 27 y 28 de
julio de cada año fuesen para Lima de fiesta cívica.
“El día más augusto y solemne de una nación independiente
-declaró con tal motivo-, no debe quedar sepultado en
el olvido del tiempo. Al americano libre corresponde
transmitir a sus hijos la gloria de los que contribuyeron
a la restauración de sus derechos.
La memoria del gran momento en que
por la unión y el patriotismo se dio la libertad a medio
mundo, es el legado más sublime de un pueblo a la posteridad”.
Con esto quedará plenamente cumplido su propósito, tanto
en el Plata como en Chile y el Perú: “... mi primer
paso era hacer declarar su independencia...”. Y fue
así porque él era un libertador y no un conquistador.
Una característica constante de la
acción sanmartiniana en América, como ya quedó dicho,
fue la de evitar por todos los medios posibles la división
entre quienes debían tener por objetivo fundamental
la independencia americana y la total derrota de cuantos
se oponían a ello. Tal propósito inquebrantable de conducta
lo llevó a no alinearse jamás en facción alguna, tratando
de estar siempre por encima de todas. Conducta tan conteste
le permitiría decir a su amigo Tomás Guido, en una carta
que le envió desde Nápoles el 20 de octubre de 1845,
una frase que constituye por sí la definición más expresiva:
“Usted sabe que yo no pertenezco a ningún partido; me
equivoco, yo soy del Partido Americano”. Ningún hecho
de su vida pública y privada desmintió jamás el aserto.
Su puja por la unidad rioplatense se manifestó en toda
su máxima hondura en 1819, año en que la crisis directorial
se hizo manifiesta y la lucha más acerba entre el poder
central y los caudillos federales del Litoral. Ante
esta realidad que ponía en peligro la causa americana,
San Martín decidió intervenir personalmente para evitar
que lo ya logrado se perdiera y evitar un enfrentamiento
que, entre sus consecuencias más funestas, determinase
la suspensión de la expedición al Perú o que definitivamente
quedase trunco el plan continental. Antes de partir
rumbo a Mendoza desde su acantonamiento de Curimón,
envió San Martín a O’Higgins una carta destinada a explicar
la causa de su extrema decisión. En ella decía a su
amigo:
“La interrupción de correos que hace
más de un mes se experimenta con la capital de las Provincias
Unidas, las noticias que me suministra el gobernador
intendente de la Provincia de Cuyo con respecto a la
guerra de anarquía que se está haciendo en las referidas
provincias por parte de Santa Fe, me han movido como
un ciudadano interesado en la felicidad de la América,
a tomar una parte activa a fin de emplear todos los
medios conciliativos que estén a mis alcances para evitar
una guerra que puede tener la mayor transcendencia a
nuestra libertad. A ese objeto he resuelto marchar a
dicha provincia de Cuyo, tanto para poner a ésta al
cubierto del contagio de anarquía que la amenaza, como
de interponer mi corto crédito, tanto con mi gobierno
como con el de Santa Fe, a fin de transar una contienda
que no puede menos que continuada poner en peligro la
causa que defendemos. El general Balcarce queda encargado
del mando del ejército de los Andes. V.E. podrá nombrar
para el de Chile el que sea de su superior agrado; tendré
la satisfacción de volver a ponerme a la cabeza de ambos
ejércitos luego que cesen los motivos que llevo expuestos
y que los aprestos para las operaciones ulteriores que
tengo propuestas y confirmadas por V.E. estén prontos”.
Con la claridad de miras que era una de sus características,
San Martín comprendía de un solo golpe lo tremendo de
la situación: la guerra civil rioplatense, además de
sus funestas consecuencias internas, determinaría al
abandonarse la frontera Norte, para que el ejército
que hasta entonces la custodiaba ocurriera en ayuda
del gobierno acosado, que la permanente amenaza de las
tropas de La Serna pudiera concretarse a través de una
ofensiva total. Y como éste sería un golpe fatal para
la causa americana, hacíase menester eliminar las causas
que lo posibilitasen. Decidido a actuar, no vaciló en
poner el interés de la patria por encima de sus convicciones,
muchas de las cuales, por ser coincidentes con las de
sus amigos alineados en la Logia de Buenos Aires, estaban
incluidas en el capítulo de cargos hecho por los caudillos
federales. Y estaba tan decidido a evitar los horrores
de la división facciosa, que sin hesitar se dirige por
carta, desde Mendoza y en febrero de 1819, al gobernador
de Santa Fe, don Estanislao López. Después de significarle
que su separación del mando del ejército tenía por finalidad
la de interponer sus oficios para que desapareciesen
los males que pesaban sobre quienes “teniendo las mismas
ideas de libertad americana, emplean algunos medios
encontrados”, agrega cuanto sigue: “El que escribe a
usted no quiere otra cosa que la emancipación absoluta
del gobierno español; respeta toda opinión y sólo desea
la paz y unión; sí, mi paisano, éstos son mis sentimientos.
Libre la patria de los enemigos peninsulares,
no me queda más que desear”. Poco después, con fecha
13 de marzo, vuelve a dirigirse a López para pedirle
que acepte la mediación que el gobierno de Chile, a
su solicitud, ha interpuesto entre el gobierno directorial
y el de Santa Fe. Y en esta carta es donde expone luminosamente
su actitud en favor de la unidad fraterna de los pueblos
americanos al manifestar: “Unámonos paisano mío, para
batir a los maturrangos que nos amenazan: divididos
seremos esclavos, unidos estoy seguro de que los batiremos:
hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos
particulares y concluyamos nuestra obra con honor. La
sangre americana que se vierta es muy preciosa y debía
emplearse contra los enemigos que quieren subyugarnos.
El verdadero patriotismo, en mi opinión, consiste en
hacer sacrificios: hagámoslo y la patria, sin duda alguna,
es libre, de lo contrario seremos amarrados al carro
de la esclavitud. “Mi sable, agrega, jamás saldrá de
la vaina por opiniones políticas. Usted es un patriota,
y yo espero que hará en beneficio de nuestra independencia
todo género de sacrificios sin perjuicio de las pretensiones
que usted tenga que reclamar y que estoy seguro accederán
los diputados mediadores. No tendré el menor inconveniente
en personalizarme con usted en el punto que me indique
si lo cree necesario. Tal es la confianza que tengo
en su honradez y buena comportación, lo que espero me
avise”. Y concluye con este párrafo que es un estremecedor
mensaje en pro de esta unidad de acción que juzga imprescindible:
“Transemos nuestras diferencias; unámonos para batir
a los maturrangos que nos amenazan y después nos queda
tiempo para concluir de cualquier modo nuestros disgustos
en los términos que hallemos por convenientes sin que
haya un tercero en discordia que nos esclavice”. También
el 13 de marzo, y con igual finalidad, escribe el Libertador
al caudillo oriental José Artigas. A éste le dice: “Me
hallaba en Chile acabando de destruir el resto de maturrangos
que quedaba como se ha verificado e igualmente aprontando
los artículos de guerra necesarios para atacar a Lima,
cuando me hallo con noticias de haberse roto las hostilidades
por las tropas de usted y de Santa Fe contra las de
Buenos Aires. La interrupción de correos, igualmente
que la venida del general Belgrano con su ejército de
la provincia de Córdoba, me confirmaron este desgraciado
suceso. El movimiento del Ejército del Perú ha desbaratado
todos los planes que debían ejecutarse, pues como dicho
ejército debía cooperar en combinación con el que yo
mando, ha sido preciso suspender todo procedimiento
por este desagradable incidente. Calcule usted, paisano
apreciable, los males que resultan, tanto mayores cuanto
íbamos a ver la conclusión de una guerra finalizada
con honor y debido sólo a los esfuerzos de los americanos”.
Manifiesta después San Martín que, de acuerdo con las
informaciones por él recibidas tanto desde Cádiz como
desde Inglaterra, de un momento a otro debe llegar a
Buenos Aires una expedición española formada por 16.000
hombres y que muy poco le preocuparía esta real amenaza
si los compatriotas estuviesen unidos. Mas por no ser
así, y para lograrlo, teniendo por único propósito el
bien y la felicidad de la patria, el gobierno de Chile
ha enviado una comisión para que medie entre las facciones
en lucha con el fin de que transen las diferencias existentes.
Y concluye su instancia con palabras muy similares a
las utilizadas en la carta que con igual fecha y por
igual motivo envía a Estanislao López: “Cada gota de
sangre americana que se vierte por nuestros disgustos
me llega al corazón. Paisano mío, hagamos un esfuerzo,
transemos todos, y dediquémonos únicamente a la destrucción
de los enemigos que quieran atacar nuestra libertad.
No tengo más pretensiones que la felicidad de la patria.
En el momento que ésta se vea libre renunciaré el empleo
que obtenga para retirarme; mi sable jamás se sacará
de la vaina por opiniones políticas, como éstas no sean
en favor de los españoles y de su dependencia”. Al analizar
esta intervención del Libertador en la crisis política
desatada en el ámbito rioplatense, comenta lúcidamente
uno de sus biógrafos: “Esta actitud de San Martín ante
los caudillos del Litoral ha de contarse sin ambages
entre las decisiones más notables de su intervención
en el problema político argentino y por ello corresponde
señalar su trascendencia en la crisis final del régimen
y medirla por la significación nacional de quien tuvo
la extraordinaria entereza de producir un acto que era
una clara definición histórica. Por mucho que San Martín
estuviera vinculado al equipo gobernante; por más que
compartiera la responsabilidad de sus planes como gran
dirigente de la Logia, y por poco que le gustara, según
expresó más de una vez, la solución federativa, no pudo
permanecer indiferente ni sordo ante la guerra civil,
ni su visión penetrante de las cosas podía dejar de
advertir la realidad y características del drama político
y social que se estaba desarrollando en su tierra y
que los ideólogos se empeñaban en no ver. Por eso hizo
cuestión de patriotismo al promover y favorecer la mediación
chilena entre los partidos en lucha. E hizo más: desahució
rotundamente a quienes contaban con el prestigio de
su espada para dirimir la contienda”. Pocos días después
de haber enviado San Martín el 13 de marzo las cartas
antes recordadas a López y Artigas -cartas que no habrían
llegado a sus destinatarios por haberlas interceptado
tropas directoriales en la frontera de Córdoba-, el
9 de abril se acordaba entre Estanislao López y el jefe
gubernista Juan José Viamonte un armisticio que siete
días después se ratificaría en San Lorenzo. Al ser informado
por Belgrano del acuerdo, San Martín le respondía el
17 de abril: “Este pueblo (el de Mendoza) ha recibido
el mayor placer con su noticia, esperanzados en que
se corte una guerra en que sólo se vierte sangre americana.”
Los dichos de San Martín a López y Artigas no son el
fruto de una opinión circunstancial ni son dictados
por el afán de ganarlos con engaño para su causa. Para
él, la unidad del frente interno es requisito indispensable
para luchar contra el gran enemigo, y si algo resultará
imperdonable será que se ponga en riesgo la causa de
la libertad por el mero afán de enfrentarse un americano
con otro por simple espíritu faccioso. Porque tal fue
siempre su convicción, en su momento condenó severamente
a quienes, buscando sacar ventajas en lo interno, habían
hecho posible la derrota de Rancagua y con ello, la
pérdida de la incipiente libertad lograda por la Patria
Vieja chilena. También llevado por este principio, escribirá
con una violencia inusual en él a Riva Aguero cuando
éste, insolentemente, poco menos que le exige su retorno
al Perú, le demanda equivocadamente el cumplimiento
de la promesa que el Libertador había hecho a los peruanos,
promesa, sí, pero subordinada no a los avatares de la
lucha fratricida, sino a razones más fundamentales.
Dirá entonces el Libertador: “Pero ¿cómo ha podido usted
persuadirse de que los ofrecimientos del general San
Martín -a los que usted se ha dignado contestar-fueron
jamás dirigidos a un particular y mucho menos a su despreciable
persona? ¡Es incomprensible su osadía grosera, al hacerme
la propuesta de emplear mi sable con una guerra civil!
¡Malvado! ¿Sabe usted si éste se ha teñido jamás en
sangre americana? Y me invita a ello usted, al mismo
tiempo que la gaceta que me incluye del 24 de agosto
proscribe al Congreso y lo declara traidor, al Congreso
que usted ha supuesto tuvo la principal parte en la
formación: sí, tuvo usted gran parte, pero fue en las
bajas intrigas que usted fraguó para la elección de
diputados y para continuarlas en desacreditar por medio
de la prensa y sus despreciables secuaces, los ejércitos
aliados, y a un general de quien usted no había recibido
más que beneficios, y que siempre será responsable al
Perú de no haber hecho desaparecer a un malvado cargado
de crímenes como usted...”. Duros son los términos empleados
por San Martín en su carta a Riva Agüero, mas se corresponden
-no en cuanto a la violencia verbal, pero sí en cuanto
a la idea que les da origen- con una conducta que fue
en él norma de vida: no intervenir jamás en las contiendas
internas y no disculpar a quien osara arriesgar la causa
de la independencia americana para dar satisfacción
a menguados intereses.
Ningún período en la vida del Libertador
fue más indicativo de la firmeza de su espíritu americanista
que el corrido entre su entrevista con Bolívar en Guayaquil
y su salida del Perú despojado ya de la pesada carga
del Protectorado. Fue en ese crucial momento de su vida
cuando demostró con hechos encarnados en su persona
cuanto había sostenido desde siempre. Con el comienzo
de 1822 se hizo evidentísima la necesidad de una cooperación
militar entre las tropas que, respectivamente, mandaban
Simón Bolívar y José de San Martín para lograr el triunfo
final sobre quienes se oponían a la independencia de
América y a su definitiva constitución política. Por
ello, luego de aprobar el envío de parte de sus tropas
al Ecuador para ayudar así a las mandadas por Sucre,
San Martín se decidió en febrero a entrevistarse con
Bolívar, quien había anunciado su propósito de ir a
Guayaquil. Cuando se aprestaba a partir de Lima, San
Martín explicó públicamente las razones de su viaje
con estas palabras:
“La causa del Continente Americano
me lleva a realizar un designio que halaga mis más caras
esperanzas. Voy a encontrar en Guayaquil al Libertador
de Colombia. Los intereses generales del Perú y de Colombia,
la enérgica terminación de la guerra y la estabilidad
del destino a que con rapidez se acerca la América hacen
a nuestra entrevista necesaria ya que el orden de los
acontecimientos nos ha constituido en alto grado responsables
del éxito de esta sublime empresa”. La entrevista que
no pudo efectuarse en esta ocasión se haría meses después,
entre el 25 y el 27 de julio de 1822. Y como en ella
no se llegó al gran acuerdo deseado por San Martín para
favorecer la rápida conclusión de la lucha por el definitivo
triunfo de la causa americana, el vencedor de Maipú
resolvió inmolarse, abnegarse, para que el objetivo
se alcanzara. Inútil es, nos parece, seguir rodeando
a la entrevista de Guayaquil de un halo de misterio
que no se compadece ni con la realidad de los hechos
ni con cuanto puede razonarse sobre la base del sentido
común y de una afinada perspectiva política. Cuanto
se trató entre los dos libertadores está suficientemente
explicado en la carta que San Martín envió a Bolívar
desde Lima el 29 de agosto de 1822 y cuya copia, facilitada
por aquél, publicó en 1844 el marino francés Gabriel
Lafond de Lurcy en su libro “Voyages autour-du monde
et voyages célebres. Voyages dans les deux Ameriques.”
Mas si para muchos resulta discutible la autenticidad
de este documento , publicado cuando aún vivía San Martín,
se convendrá en que lo allí afirmado es exacto porque
coincide en sus líneas fundamentales con lo expresado
por San Martín en la carta que remitió desde Bruselas,
el 19 de abril de 1827, al general Guillermo Miller,
quien para la redacción de sus Memorias habíale requerido
datos sobre la famosa entrevista. “En cuanto a mi viaje
a Guayaquil - manifiesta San Martín a Miller-, él no
tuvo otro objeto que el de reclamar del general Bolívar
los auxilios que pudiera prestar para terminar la guerra
del Perú: auxilio que una justa retribución (prescindiendo
de los intereses generales de América) lo exigía por
los que el Perú tan generosamente había prestado para
libertar el territorio de Colombia. Mi confianza en
el buen resultado estaba tanto más fundada, cuanto el
ejército de Colombia después de la batalla de Pichincha,
se había aumentado con los prisioneros y contaba 9.600
bayonetas; pero mis esperanzas fueron burladas al ver
que en mi primera conferencia con el libertador me declaró
que haciendo todos los esfuerzos posibles sólo podría
desprenderse de tres batallones con la fuerza de 1.070
plazas (N. del A.: en realidad, 1.700). Estos auxilios
no me parecieron suficientes para terminar la guerra,
pues estaba convencido de que el buen éxito de ella
no podía esperarse sin la activa y eficaz cooperación
de todas las fuerzas de Colombia: Así es que mi resolución
fue tomada en el acto creyendo de mi deber hacer el
último sacrificio en beneficio del país. Al siguiente
día y a presencia del vicealmirante Blanco, dije al
Libertador que habiendo convocado al Congreso para el
próximo mes, el día de su instalación sería el último
de mi permanencia en el Perú, añadiendo: “Ahora le queda
a Ud. general, un nuevo campo de gloria en el que va
Ud. a poner el último sello a la libertad de la América.
Yo autorizo y ruego a Ud. escriba al general Blanco
a fin de ratificar este hecho. A las dos de la mañana
del siguiente día me embarqué habiéndome acompañado
Bolívar hasta el bote, y entregándome su retrato con
una memoria de lo sincero de su amistad. Mi estadía
en Guayaquil no fue más que de 40 horas, tiempo suficiente
para el objeto que llevaba”. Y conociendo la sinceridad
con que perpetuamente obró San Martín, no puede caber
la menor duda de que durante la entrevista , como se
lee en la denominada Carta de Lafond, ofreció a Bolívar
servir a sus órdenes con las fuerzas a su mando. Resultando
imposible conseguir del libertador de Colombia los auxilios
que había ido a demandarle, San Martín propuso durante
la entrevista la unión de los ejércitos con la conducción
bolivariana. Esto se conjuga perfectamente con el pensamiento
sanmartiniano expuesto en la antes recordada carta a
Artigas: “Paisano mío, hagamos un esfuerzo, transemos
todo, y dediquémonos únicamente a la destrucción de
los enemigos que quieran atacar nuestra libertad”. Cuando
San Martín retornó a Lima, su decisión, la gran decisión,
estaba tomada. Y acordada consigo mismo, en lo más íntimo
de su conciencia, aún al margen de los hechos que por
entonces ocurrían en el Perú, entre los que no era el
de menor cuantía la deposición de su ministro Monteagudo,
producida el 21 de julio, el día precisamente en que
él había llegado a Guayaquil. El 20 de septiembre de
1822 se realizó la solemne instalación del Congreso
Peruano -ante cuyos miembros el Protector se despojó
de los atributos materiales del mando- y por la tarde,
acompañado por el fiel amigo Tomás Guido, San Martín
se marchó a la quinta de La Magdalena, en las cercanías
de Lima. Caía la noche cuando el Libertador participó
a su confidente el propósito de embarcarse pocas horas
después y dirigirse a Chile. Desconcertado y afligido,
casi en el límite de la desesperación, Guido intentó
disuadirlo argumentando que reputaba fatal la decisión
para la lucha por la independencia americana y la libertad
de los pueblos. El héroe, profundamente conmovido y
con palabra emocionada, respondióle así: “Todo lo he
meditado, no desconozco ni los intereses de América
ni de mis deberes, y me devora el pesar de abandonar
camaradas que quiero como hijos y a los guerreros patriotas
que me han ayudado en mis afanes: pero no podría demorarme
un solo día sin complicar mi situación: me marcho. Nadie,
amigo, me apeará de la convicción en que estoy de que
mi presencia en el Perú acarrearía peores desgracias
que mi separación. Así me lo presagia el juicio que
he formado de lo que pasa dentro y fuera de este país.
Tenga usted por cierto que por muchos motivos no puedo
ya mantenerme en mi puesto, sino bajo condiciones decididamente
contrarias a mis sentimientos y a mis convicciones más
firmes. Voy a decirlo: una de ellas es la inexcusable
necesidad a que me han estrechado, si he de sostener
el honor del ejército y su disciplina, de fusilar algunos
jefes; y me falta valor para hacerlo con compañeros
de armas que me han seguido en los días prósperos y
adversos”. El bueno de Guido intentó refutar lo escuchado
arguyendo que para no llegar a derramar sangre, bien
podíase alejar de las filas castrenses a los indignos,
contándose para ello con el apoyo fervoroso de los soldados
y de la mayoría de los jefes y oficiales. “Bien aprecio
-dijo los sentimientos que acaloran a usted; pero en
realidad hay una dificultad mayor que yo no podría vencer,
sino a expensas del país y de mi propio crédito, y a
tal cosa no me resuelvo. Lo diré a usted sin doblez:
Bolívar y yo no cabemos en el Perú, he penetrado sus
miras arrojadas, he comprendido su desabrimiento por
la gloria que pudiera caberme en la prosecución de la
campaña; el no excusará medios, por audaces que fuesen,
para penetrar a esta República seguido de sus tropas,
y quizá entonces no me sería dado evitar un conflicto
a que la fatalidad pudiera llevarnos, dando así al mundo
un humillante escándalo.
Los despojos del triunfo, de cualquier
lado a que se inclinase la fortuna, los recogerían los
maturrangos, nuestros implacables enemigos, y apareceríamos
convertidos en instrumentos de pasiones mezquinas. No
seré yo, mi amigo, quien deje tal legado a mi patria,
y preferiría perecer antes de hacer alarde de laureles
recogidos a semejante precio. ¡Eso no!, entre tanto
puede el general Bolívar aprovechar de mi ausencia;
si lograse afianzar en el Perú lo que hemos ganado,
y algo más, me daré por satisfecho: su victoria sería,
de cualquier modo, victoria americana”. Y enseguida
repitió con insistencia: “No, no será San Martín quien
contribuya con su conducta a dar un día siquiera de
zambra al enemigo, contribuyendo a franquearle el paso
para saciar su venganza”. Sí, San Martín se iba, mas
no como quien hurta el bulto, sino como quien hace con
esa ida un supremo acto de servicio. Por eso deja escrita
y dirigida al pueblo peruano una despedida pública que,
a pesar de su laconismo, irradia en plenitud la grandeza
de su decisión: “Presencié la declaración de la independencia
de los Estados de Chile y del Perú. Existe en mi poder
el estandarte que trajo Pizarro para esclavizar el imperio
de los Incas, y he dejado de ser hombre público: he
aquí recompensados con usura diez años de revolución
y de guerra. “Mis promesas para con el pueblo en que
he hecho la guerra están cumplidas: hacer su independencia
y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos.
“La presencia de un militar afortunado, por más desprendimiento
que tenga, es temible a los Estados que de nuevo se
constituyen; por otra parte, ya estoy aburrido de oír
decir que quiero hacerme soberano. Sin embargo, siempre
estaré pronto a hacer el último sacrificio por la libertad
del país, pero en clase de particular, y no más. “En
cuanto a mi conducta pública, mis compatriotas -como
en lo general de las cosas- dividirán sus opiniones;
los hijos de éstos darán el verdadero fallo”. La posteridad
ha dado largamente su fallo. Por encima de argumentaciones
sectarias o de estériles polémicas seudoeruditas, el
pueblo americano y la historia consideran hoy la salida
de San Martín del Perú como un acto de abnegación realizado
en aras del definitivo triunfo de la causa independentista.
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