VIGIA Y CUSTODIO

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ESPÍRITU AMERICANISTA DE LA EPOPEYA SANMARTINIANA - Enrique Mario Mayochi
 

Al marcharse San Martín del Perú el 20 de septiembre de l822, concluyó para él su vida pública y se inició una nueva etapa de su existencia, que culminaría con el definitivo ostracismo. Empero, su propósito inicial no fue el de trasladarse a Europa, sino el de quedarse en su patria. Tal es lo que surge de la carta que remitió a O’Higgins desde Bruselas, el 20 de octubre de 1827: “Confinado en mi hacienda de Mendoza y sin más relación que con algunos de los vecinos que venían a visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar a la desconfiada administración de Buenos Aires. Ella me cercó de espías, mi correspondencia era abierta con grosería, los papeles ministeriales hablaban de un plan para formar un gobierno militar bajo la dirección de un soldado afortunado, etc., etc. En fin, yo ví claramente que no era posible vivir tranquilo en mi patria ínterin la exaltación de las pasiones no se calmase, y esta incertidumbre fue la que me decidió a partir a Europa”. Aunque recluido en Mendoza, la memoria de sus hechos y la confianza que le profesaban los peruanos no se había perdido entre éstos. Por ello, piensan otra vez en él luego de la última y desastrosa campaña a Puertos Intermedios. Así se lo dicen en la petición suscripta por eminentes ciudadanos: “Hay ciertos hombres elegidos por el destino cuyos nombres pertenecen a la historia y cuya historia consagrada a la felicidad de los pueblos está reclamada por ellos, principalmente cuando éstos caen en la desgracia. “Entonces, los hombres viles, que en tiempo de prosperidad han insultado al genio y al valor, desaparecen de la escena peligrosa, la envidia se calla, y todos los corazones llaman al héroe que solo puede salvar al Estado. “El Perú, que debe a V.E. sus esperanzas de independencia; el Perú que acaba de sufrir una dispersión en el ejército que había nacido en su mano y hacía su principal fuerza, hoy reclama el regreso del Fundador de su libertad a V.E., que ha cimentado las bases del ejército, está reservado el acabar de consolidarlo. Vuelva entre nosotros; su presencia destruirá la esperanza de todo ambicioso y hará desaparecer todos los partidos. El pueblo volverá con entusiasmo a ver al héroe que ha roto sus cadenas. El ejército con energía se unirá bajo los estandartes del vencedor de San Lorenzo, Chacabuco y Maipú; V.E. tendrá la gloria de haber asegurado la Independencia de un Estado que siempre le será reconocido y de haber terminado una obra que tan gloriosamente ha principiado”. El mensaje había sido firmado el 28 de septiembre de 1823 y San Martín lo respondió, el 20 de noviembre siguiente, con una carta en la que repite su pensamiento cardinal y reitera el espíritu americanista animador de su epopeya: “Usted, mi querido amigo, dice a José Luis Orbegoso, a quien la dirige, me ha tratado con inmediación; usted tiene la idea de mi modo de pensar y conoce hasta el punto que llegan mis pensamientos, no sólo con respecto al Perú sino de toda la América, su independencia y felicidad; a estos dos objetos sacrificaría mil vidas; y partiendo de este principio tan sagrado y de la amistad sincera que siempre le he profesado y lo mismo al almirante Guise, tengo que decir a usted mi opinión franca y sencillamente. El Perú se pierde. Si, se pierde irremediablemente, y tal vez la causa general de América: un solo arbitrio hay de salvarlo y éste, en manos de usted, de Guise, de Soyer, de Santa Cruz y Porfocarrero, y está dicho: estos solos individuos son o los redentores de la América o sus verdugos, no hay que dudarlo; repito, ustedes van a decidir sus nombres. “Sin perder un solo momento cedan de las quejas y resentimientos que puedan tener; reconózcase la autoridad del congreso, malo o bueno o como sea, pues los pueblos lo han jurado; únanse como es necesario y con este paso desaparezcan los españoles del Perú y después matémonos unos contra otros, si este es el desgraciado destino que espera a los patriotas. Muramos pero no como viles esclavos de los despreciables y estúpidos españoles, que es lo que irremediablemente va a suceder. “He dicho a usted mi opinión: si ella es aceptada por ustedes, estoy pronto a sacrificar mi vida privada; venga sin pérdida de un solo momento la contestación de haberse reconocido la autoridad del congreso pues la espero para decidir mi destino.” Su pensamiento permanecerá invariable. Por ello, vuelto al Plata a fines de 1828 y aprestándose a retornar a Europa, al recibir en Montevideo un mensaje de Fructuoso Rivera, reitera una idea que en él es constante. El caudillo oriental le expresó en esa ocasión: “Regresa usted a Europa cuando todos lo creíamos deseoso de vivir en América. Qué puede inferirse de aquí sino que a usted o la patria no le inspira ya interés o que ha desesperado de su salud? Cualquiera de las dos cosas es un mal que para mí agrava mucho el de la ausencia; pero usted lo quiere, a usted le conviene, sea para bien.

En cualquier destino que tenga usted mi nombre, mi amistad y posición cuando ésta pueda serle útil en algo.” La respuesta de San Martín será tan cortes como firme: “Un solo caso podía llegar en que desconfiase de la salud del país, esto es cuando viese una casi absoluta mayoría en él por someterse otra vez al infame yugo de los españoles. Usted conoce como yo que esto es tan imposible como que se sometan nuestros antiguos amos a nosotros. Más o menos males, más o menos adelantos en nuestra ambición; he aquí lo que resultara de nuestras discusiones. Es verdad que las consecuencias más frecuentes de la anarquía son las de producir un tirano, que como Francia haga sufrir al país lo males que experimenta el que a él domina; más aún, en este caso yo tampoco desconfiaría de su salud, porque sus males estarían sujetos a la duración de la vida de un solo hombre. “Después de lo expuesto, queda pendiente el por qué me voy, siendo así que ninguna de las dos razones que usted cree, son las causales de mi regreso a Europa. Varias tengo, pero las dos principales son las que me han decidido a privarme del consuelo por ahora de estar en mi patria. La primera no mandar; la segunda, la convicción de no poder habitar mi país como particular en tiempos de convulsión sin mezclarme en divisiones. En el primer caso no se persuada usted que son tan afligentes las circunstancias en que se halla la patria las que me hacen no desearlo, persuadido por la experiencia que jamás se puede gobernar a los pueblos con más seguridad que después de una gran crisis; pero es la certeza de que mi carácter no es propio para el desempeño de ningún mando político; y el segundo, el que habiendo figurado en nuestra revolución, siempre seré un foco en el que los partidos creerán encontrar un apoyo, como me lo ha acreditado la experiencia a mi regreso del Perú y en las actuales circunstancias. “He aquí en extracto general los motivos que me impulsan a confinarme de mi suelo, porque firme e inalterable es mi resolución de no mandar jamás, mi presencia en el país es embarazosa. Si éste cree algún día, que como un soldado le puedo ser útil en una guerra extranjera - nunca contra mis compatriotas- yo le serviré con la lealtad que siempre lo he hecho, no sólo como General, sino en cualquier clase inferior en que me ocupe; si no lo hiciese, yo no seria digno de ser americano”.

Radicado otra vez en Europa, y sin abandonar su propósito de volver a América, el Libertador no se desentenderá de los progresos y acaeceres políticos de las naciones hispanoamericanas cuya independencia contribuyó a fundar. En su correspondencia -con los chilenos O’Higgins, Rosales, Prieto y otros; con sus compatriotas Tomás Guido y Vicente López, con los peruanos que no lo olvidan, como Mariano Alvarez y Ramón Castilla-son constantes sus opiniones y reflexiones sobre lo americano. Mientras el tiempo transcurre y el hogar de Grand Bourg se alegra con las gracias de las nietas, sigue al detalle la vida americana, comprobando como se desarrollan las nuevas naciones, aunque lamentando que su progreso se vea retardado por las discordias internas y las ambiciones de dos potencias europeas.

 
 
Monumento a San Martín y Bolívar. Ecuador.
 
 

Verdadero el diálogo en sus términos o no, la respuesta sanmartiniana, en cuanto a prioridades , tiene el carácter de lo definitivo y de lo definitorio. Y si no dijo tales palabras en esa ocasión, bien pudo haberlas dicho, porque para él nada hubo superior a la independencia americana, y al logro de ésta dedicó todos sus esfuerzos, a la vez que en su homenaje realizó todos los sacrificios, hasta el máximo del renunciamiento personal. El, como expresó Ricardo Levene, “... es un soldado de una causa: la causa de la independencia en América, que ha subordinado todos sus movimientos a ideas esenciales. Y por eso fue un guerrero en el que la vocación por la libertad y la paz brillan con luz propia en su genio político”. Y porque “argentinidad y americanismo - en feliz frase de José Pacífico Otero- son los dos términos de un binomio dinámico que se conjuga armoniosa y solidariamente en su corazón”, desde el primer momento de su llegada luchará a la vez por el buen futuro de su patria nativa y por el de la América toda. Lo intuye en lo más íntimo de su ser, siempre iluminado por su espíritu americanista que carece de repliegues y que no conoce las ambigüedades, y se juega íntegramente para lograr los apoyos necesarios que le permitan llevar adelante la empresa. Como bien fue expresado por Mitre, es indudable que ya en 1814 San Martín está convencido de que los Andes y el Pacífico son el camino obligado de la guerra argentina y de la revolución argentina americanizada. En virtud de esto se revelará al presidente del Consejo de Estado, don Nicolás Rodríguez Peña, a través de la carta que le remite con fecha 22 de abril de 1814, con motivo de haber asumido el comando en jefe del Ejército del Norte, y en la que expresa: “No se felicite, mi querido amigo, con anticipación de lo que yo pueda hacer en ésta; no haré nada y nada me gusta aquí. No conozco los hombres ni el país, y todo está tan anarquizado, que yo sé mejor que nadie lo que poco o nada puedo hacer. Ríase usted de esperanzas alegres. La patria no hará camino por este lado del norte, que no sea una guerra permanente, defensiva, defensiva y nada más; para eso bastan los valientes gauchos de Salta, con dos escuadrones buenos de veteranos. Pensar en otra cosa es echar al Pozo de Airón hombres y dinero. Así es que yo no me moveré, ni intentaré expedición alguna. Ya le he dicho a usted mi secreto: un ejército pequeño y bien disciplinado en Mendoza, para pasar a Chile y acabar allí con los godos, apoyando un gobierno de amigos sólidos, para acabar también con los anarquistas que reinan. Aliando las fuerzas, pasaremos por el mar a tomar Lima; es ése el camino y no éste, mi amigo. Convénzase usted que hasta que no estemos sobre Lima, la guerra no acabará.” Su secreto está revelado y confiado al amigo. Ahora queda a cargo de éste - varón también como el juramentado en el seno de la logia Lautaro a luchar por la independencia americana- lograr del gobierno por él integrado que se favorezca la puesta en marcha del plan de liberación sobre la base de concederse una petición aparentemente de tono menor: “Estoy bastante enfermo y quebrantado; más bien me retiraré a un rincón y me dedicaré a enseñar reclutas para que los aproveche el gobierno en cualquier parte. Lo que yo quisiera que ustedes me dieran cuando me restablezca, es el gobierno de Cuyo. Allí podría organizar una pequeña fuerza de caballería para reforzar a Balcarce en Chile, cosa que juzgo de gran necesidad, si hemos de hacer algo de provecho, y le confieso que me gustaría pasar mandando este cuerpo”. Todo está dicho, pero inteligentemente cubierto con el velo de la discreción militar y de la agudeza política. Para ciertos espíritus medrosos, y de éstos había buenos exponentes en el gobierno bonaerense, hubiera carecido de sentido proponerles la formación de un gran ejército para con él llegar hasta Lima en momentos en que, con gesto de Júpiter tonante, se reinstalaba en su trono Fernando VII de Borbón. Resultaría mucho mejor que Rodríguez Peña hablase de “una pequeña fuerza de caballería.” Si en toda tragedia sofoclea no faltaba la “pequeña palabra” preñada de consecuencias trágicas, aquí, en la raíz de la frase deslizada casi como al pasar, está la clave del plan de liberación americana: “Lo que yo quisiera que ustedes me dieran... es el gobierno de Cuyo... una pequeña fuerza de caballería para reforzar a Balcarce a Chile...”. Con acuerdo de su Consejo de Estado, el director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, don Gervasio Antonio Posadas, firma el 10 de agosto de 1814 el decreto de designación de José de San Martín como gobernador intendente de Cuyo. Ya instalado el futuro Libertador en su nueva sede, la región comenzará enseguida a convertirse en la base de la gran empresa. Allí se desarrollará la primera etapa del plan merced a una realización sorprendente tanto por la suma de logros que debió alentar como por la suma de voluntades que logró conjugar.

En Cuyo, en la ínsula cuyana, se dio la síntesis más expresiva del espíritu americanista que, a impulsos de una fe desbordante, ofreció lo mejor de sí por tener esperanza en su destino. “Quizá en ningún otro momento de su actuación aparezca San Martín más identificado con el espíritu de su pueblo que en esos años de gobierno administrativo y militar, en cuyo ejercicio la severidad del magistrado se confundió muchas veces con el amor del padre y su autoridad inflexible de conductor halló la correspondencia más fiel”. Cuyo respondió afirmativamente al llamado de su nuevo gobernante, hecho a través de un bando que dirigió al pueblo a poco de asumir el mando: “Cuando la América por un rasgo de virtud sublime quebrantó las cadenas de la opresión peninsular, juró a la patria sacrificarlo todo por arribar al triunfo de aquel glorioso empeño. Así es que desde entonces debió desaparecer de entre nosotros el ocio, la indiferencia, la molicie y todo cuanto podía enervar la fuerza de aquella valiente resolución. Consecuente a esto, la actividad, la dureza de la vida armada, es el verdadero carácter que debe distinguirnos. No es suficiente dar nuestro sosiego, nuestra existencia misma”. Al hablarse del plan continental de San Martín, es de estricta justicia recordar a quien fue pieza capital en la operación destinada a convencer a los gobernantes rioplatenses no sólo de la bondad de ese plan, sino de la urgencia de ponerlo en práctica: Tomás Guido, “mi lancero” como lo llama invariablemente el Libertador en la correspondencia que le dirige. Una correspondencia epistolar que es la viva expresión de la mutua confianza y amistad que se profesaron y que sólo la muerte logró interrumpir. En su condición de oficial mayor de Guerra, presentó Guido el 10 de mayo de 1816, al supremo director del Estado, por entonces con carácter interino, Antonio González Balcarce, un extenso y profundo estudio sobre la factibilidad de organizar una expedición militar llamada a emancipar a Chile y al Perú. No es exagerado decir que el documento, que no era otra cosa sino la exposición razonada y hecha en detalle del plan sanmartiniano, tuvo influencia decisiva sobre el Poder Ejecutivo directorial y el Congreso a la sazón reunido en Tucumán. Gracias al memorial se cambió por completo de rumbo en lo político y de estrategia en lo militar, decidiéndose dar a San Martín cuanta ayuda fuera menester para realizar la campaña libertadora de Chile, cuya ejecución fue en adelante el gran objetivo que reemplazó al propósito de buscar solamente por el Norte la revancha de las derrotas sufridas en Vilcapugio, Ayohuma y Sipe-Sipe.

Las conclusiones a las que se llega en la Memoria sin restarle a ésta nada del indudable mérito que tuvo como medio para llegar a la realización de la epopeya, muestran acabadamente -y el valor testimonial de Guido es irrecusable porque sin discusión fue uno de los pocos hombres que gozó de la intimidad del Libertador y para quien éste no tuvo reservas- que el proyecto de San Martín era realmente un plan continental, o sea que estaba alentado por un espíritu americanista que derivaba del hecho de concebir al Nuevo Mundo hispánico como la patria común, y no como una ancha base geográfica para que sobre ella tomaran ubicación los parcelamientos nacionales o regionales. A mayor abundamiento, repitamos una vez más esas conclusiones: “La ocupación del Reino de Chile es el objetivo principal que a mi juicio debe proponerse el gobierno a todo trance, y a expensas de todo sacrificio: 1 ) Porque es el único flanco por donde el enemigo se presenta más débil, 2 ) Porque es el camino más corto, fácil y seguro para libertar a las provincias del Alto Perú; 3º) Porque la restauración de la libertad en aquel país puede consolidar la emancipación de América, bajo el sistema que aconsejen los ulteriores acontecimientos”. El nuevo director supremo designado por el Congreso, don Juan Martín de Pueyrredón, hasta entonces diputado por San Luis, tras imponerse reflexivamente de la Memoria escrita por Guido, no vaciló en dar todo su apoyo al plan continental. La entrevista que mantuvo con San Martín en Córdoba, alrededor del 20 de julio de 1816, fue el medio idóneo para llegar al gran acuerdo y la casi inmediata creación del ejército de los Andes, la primera expresión concreta de que el plan se ponía en marcha, y con él una epopeya que tendría por causa y consecuencia la libertad de América.

“Consecuente a este justísimo principio (o sea que los nuevos Estados americanos se hermanasen todos en torno de una misma finalidad), mi primer paso era hacer declarar su independencia y crearles una fuerza militar propia que la asegurase”, afirmó San Martín en su antes recordada carta a Ramón Castilla.

Nada más cierto, como lo probó con hechos tanto en las Provincias Unidas como en Chile y en el Perú. Así, si en aquellas insistió ante sus amigos oportuna e inoportunamente hasta que finalmente vio concretado su anhelo de declaración de la independencia, en Chile la apoyó como un paso necesario y en el Perú la proclamó de viva voz en acto solemnísimo. Por estar imbuido de sólidos principios políticos y por ser sumamente respetuoso de las formas legales, bien comprendía y sostenía que su misión libertadora carecería de eficacia si no se sustentaba en el mandato dado por un gobierno elegido regularmente y que fuera expresión cabal de la soberanía popular. En el caso concreto de las Provincias Unidas, es bien conocida y siempre recordada su apelación a Tomás Godoy Cruz, diputado por Mendoza al Congreso reunido en San Miguel del Tucumán: “¿Hasta cuando esperamos para declarar nuestra independencia? ¿No le parece a usted una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cocarda nacional y por última hacer la guerra al soberano de quien en el día se dice dependemos y no decirlo, cuando no nos falta más que decirlo? ¿Qué relaciones podemos emprender cuando estamos a pupilo? Los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, puesto que nos reconocemos vasallos. Nadie nos auxiliará en tal situación. Por otra parte, el sistema ganaría un cincuenta por ciento con tal paso. Para los hombres de corazón se han hecho las empresas. Si esto no se hace, el Congreso es nulo en todas partes, porque resumiendo la soberanía, es una usurpación que se hace al que se cree verdadero soberano, es decir, a Fernandito”. Como el diputado le respondiese arguyendo que la empresa no era tan sencilla, San Martín volvió otra vez sobre el tema, con tanta picardía como firmeza: “Veo lo que me dice sobre el punto de la independencia ‘no es soplar y hacer botellas’; yo respondo, que mil veces es más fácil hacer la independencia que el que haya un americano que haga una sola botella”. La gran noticia de la declaración de la independencia la recibe en Córdoba, adonde ha viajado para entrevistarse con el director Pueyrredón, con quien ajustará todos los detalles para poner en marcha el plan continental. Al enterarse, escribe a Godoy Cruz: “Ha dado el Congreso el golpe magistral con la declaración de la independencia. Sólo hubiera deseado que al mismo tiempo hubiera hecho una pequeña exposición de los justos móviles que tenemos los americanos para tal proceder.

Esto nos conciliaría y ganaría afectos en Europa”. Y agrega: “En el momento que el director me despache, volaré a mi ‘ínsula cuyana’. La maldita suerte no ha querido el que yo no me hallase en mi pueblo para el día de la celebración de la independencia. Crea usted que hubiera echado la casa por la ventana”. Si bien carecemos de elementos documentales como para probar que San Martín haya promovido la declaración formal de la independencia chilena -para lo que no se había presentado una ocasión propicia ni antes ni después de Rancagua-, no resulta arbitrario afirmar que debe haber alentado la concreción de un acto que ya tenía suficientes precedentes en los similares efectuados por otros pueblos hispanoamericanos. No nos consta documentalmente la gestión del Libertador en favor de esa declaración formal -que se hizo, tras una amplia consulta popular, por medio de la redacción de un acta que O’Higgins, como director, aprobó en Talca el 2 de febrero de 1818, aunque antidatándola en Concepción el 1 de enero anterior, para que coincidiera con el comienzo del año el de la vida independiente del país-, pero sí nos consta la activa participación de San Martín en la ceremonia realizada en Santiago el 12 de febrero -primer aniversario de Chacabuco- para jurar la independencia. Cuando en medio de la multitud reunida con tal motivo, le correspondió el turno de hacerlo en su condición de coronel mayor de los ejércitos de Chile y general en jefe del Ejército Unido, juró “sostener la presente declaración de independencia absoluta del Estado chileno, de Fernando V1I, sus sucesores y de cualquier otra nación extraña”. Siguiéndose el ejemplo dado por varias ciudades peruanas -entre las primeras, la de Trujillo, con el marqués de Torre Tagle a su frente-, también la de Lima fue instada a declarar la independencia una vez que se posesionó de ella el Libertador. Fue él, precisamente, quien desde su campamento se dirigió al Cabildo de la ciudad para señalarle la conveniencia de convocar a una junta general que, por representar a los habitantes de la capital, expresase si la opinión general estaba en favor de esa independencia. De acuerdo a lo propuesto por San Martín y aceptado por el Ayuntamiento con fecha 14 de julio de 1821, al día siguiente se reunieron en cabildo abierto los notables de Lima, quienes decidieron “que la voluntad general -según reza el acta levantada con tal motivo- está decidida por la independencia del Perú de la dominación española y de cualquiera otra extranjera y que para que se proceda a su sanción por medio del correspondiente juramento, se conteste con copia certificada de esta acta al mismo Excmo. señor don José de San Martín”. Como consecuencia de lo decidido en cabildo abierto, San Martín, ya instalado en Lima, lanzó el 25 de julio un bando en el que expresaba: “Por cuanto esta ilustre y gloriosa capital ha declarado así por medio de las personas visibles como por voto y aclamación general del público su voluntad decidida por su independencia y ser colocada en el alto grado de los pueblos libres, quedando notado en el tiempo de su existencia por el día más grande y glorioso, el domingo quince del presente mes, en que las personas más respetables suscribieron el acta de su libertad que confirmó el pueblo con voz común en medio del júbilo, por tanto, ciudadanos, mi corazón, que nada apetece más que nuestra gloria y a la cual consagro mis afanes, ha determinado que el sábado inmediato 28, se proclame vuestra feliz independencia y el primer paso que dais a la libertad de los pueblos soberanos en todos los lugares públicos en que en otro tiempo se nos anunciaba la continuación de vuestras tristes y pesadas cadenas”. Y prosigue San Martín: “Y para que se haga con la solemnidad correspondiente, espero que este noble vecindario autorice el augusto acto de la jura concurriendo a él; que adorne e ilumine sus casas en las noches del viernes, sábado y domingo, para que con las demostraciones de júbilo, se den al mundo los más fuertes testimonios del interés con que la ilustre capital del Perú celebre el día primero de su independencia y el de su incorporación a la gran familia americana”. El 28, como estaba dispuesto, en la plaza principal de Lima se proclamó y juró la independencia. Puesto sobre un tablado y haciendo tremolar por sus manos la bandera peruana que él había creado y enarbolado en Pisco, San Martín pronunció de viva voz estas palabras: “El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende”. El día en que Lima declaró la independencia del Perú, San Martín dispuso que para conmemorar el acontecimiento se levantase un monumento en el camino al Callao y que los días 26, 27 y 28 de julio de cada año fuesen para Lima de fiesta cívica. “El día más augusto y solemne de una nación independiente -declaró con tal motivo-, no debe quedar sepultado en el olvido del tiempo. Al americano libre corresponde transmitir a sus hijos la gloria de los que contribuyeron a la restauración de sus derechos.

La memoria del gran momento en que por la unión y el patriotismo se dio la libertad a medio mundo, es el legado más sublime de un pueblo a la posteridad”. Con esto quedará plenamente cumplido su propósito, tanto en el Plata como en Chile y el Perú: “... mi primer paso era hacer declarar su independencia...”. Y fue así porque él era un libertador y no un conquistador.

Una característica constante de la acción sanmartiniana en América, como ya quedó dicho, fue la de evitar por todos los medios posibles la división entre quienes debían tener por objetivo fundamental la independencia americana y la total derrota de cuantos se oponían a ello. Tal propósito inquebrantable de conducta lo llevó a no alinearse jamás en facción alguna, tratando de estar siempre por encima de todas. Conducta tan conteste le permitiría decir a su amigo Tomás Guido, en una carta que le envió desde Nápoles el 20 de octubre de 1845, una frase que constituye por sí la definición más expresiva: “Usted sabe que yo no pertenezco a ningún partido; me equivoco, yo soy del Partido Americano”. Ningún hecho de su vida pública y privada desmintió jamás el aserto. Su puja por la unidad rioplatense se manifestó en toda su máxima hondura en 1819, año en que la crisis directorial se hizo manifiesta y la lucha más acerba entre el poder central y los caudillos federales del Litoral. Ante esta realidad que ponía en peligro la causa americana, San Martín decidió intervenir personalmente para evitar que lo ya logrado se perdiera y evitar un enfrentamiento que, entre sus consecuencias más funestas, determinase la suspensión de la expedición al Perú o que definitivamente quedase trunco el plan continental. Antes de partir rumbo a Mendoza desde su acantonamiento de Curimón, envió San Martín a O’Higgins una carta destinada a explicar la causa de su extrema decisión. En ella decía a su amigo:

“La interrupción de correos que hace más de un mes se experimenta con la capital de las Provincias Unidas, las noticias que me suministra el gobernador intendente de la Provincia de Cuyo con respecto a la guerra de anarquía que se está haciendo en las referidas provincias por parte de Santa Fe, me han movido como un ciudadano interesado en la felicidad de la América, a tomar una parte activa a fin de emplear todos los medios conciliativos que estén a mis alcances para evitar una guerra que puede tener la mayor transcendencia a nuestra libertad. A ese objeto he resuelto marchar a dicha provincia de Cuyo, tanto para poner a ésta al cubierto del contagio de anarquía que la amenaza, como de interponer mi corto crédito, tanto con mi gobierno como con el de Santa Fe, a fin de transar una contienda que no puede menos que continuada poner en peligro la causa que defendemos. El general Balcarce queda encargado del mando del ejército de los Andes. V.E. podrá nombrar para el de Chile el que sea de su superior agrado; tendré la satisfacción de volver a ponerme a la cabeza de ambos ejércitos luego que cesen los motivos que llevo expuestos y que los aprestos para las operaciones ulteriores que tengo propuestas y confirmadas por V.E. estén prontos”. Con la claridad de miras que era una de sus características, San Martín comprendía de un solo golpe lo tremendo de la situación: la guerra civil rioplatense, además de sus funestas consecuencias internas, determinaría al abandonarse la frontera Norte, para que el ejército que hasta entonces la custodiaba ocurriera en ayuda del gobierno acosado, que la permanente amenaza de las tropas de La Serna pudiera concretarse a través de una ofensiva total. Y como éste sería un golpe fatal para la causa americana, hacíase menester eliminar las causas que lo posibilitasen. Decidido a actuar, no vaciló en poner el interés de la patria por encima de sus convicciones, muchas de las cuales, por ser coincidentes con las de sus amigos alineados en la Logia de Buenos Aires, estaban incluidas en el capítulo de cargos hecho por los caudillos federales. Y estaba tan decidido a evitar los horrores de la división facciosa, que sin hesitar se dirige por carta, desde Mendoza y en febrero de 1819, al gobernador de Santa Fe, don Estanislao López. Después de significarle que su separación del mando del ejército tenía por finalidad la de interponer sus oficios para que desapareciesen los males que pesaban sobre quienes “teniendo las mismas ideas de libertad americana, emplean algunos medios encontrados”, agrega cuanto sigue: “El que escribe a usted no quiere otra cosa que la emancipación absoluta del gobierno español; respeta toda opinión y sólo desea la paz y unión; sí, mi paisano, éstos son mis sentimientos.

Libre la patria de los enemigos peninsulares, no me queda más que desear”. Poco después, con fecha 13 de marzo, vuelve a dirigirse a López para pedirle que acepte la mediación que el gobierno de Chile, a su solicitud, ha interpuesto entre el gobierno directorial y el de Santa Fe. Y en esta carta es donde expone luminosamente su actitud en favor de la unidad fraterna de los pueblos americanos al manifestar: “Unámonos paisano mío, para batir a los maturrangos que nos amenazan: divididos seremos esclavos, unidos estoy seguro de que los batiremos: hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra con honor. La sangre americana que se vierta es muy preciosa y debía emplearse contra los enemigos que quieren subyugarnos. El verdadero patriotismo, en mi opinión, consiste en hacer sacrificios: hagámoslo y la patria, sin duda alguna, es libre, de lo contrario seremos amarrados al carro de la esclavitud. “Mi sable, agrega, jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas. Usted es un patriota, y yo espero que hará en beneficio de nuestra independencia todo género de sacrificios sin perjuicio de las pretensiones que usted tenga que reclamar y que estoy seguro accederán los diputados mediadores. No tendré el menor inconveniente en personalizarme con usted en el punto que me indique si lo cree necesario. Tal es la confianza que tengo en su honradez y buena comportación, lo que espero me avise”. Y concluye con este párrafo que es un estremecedor mensaje en pro de esta unidad de acción que juzga imprescindible: “Transemos nuestras diferencias; unámonos para batir a los maturrangos que nos amenazan y después nos queda tiempo para concluir de cualquier modo nuestros disgustos en los términos que hallemos por convenientes sin que haya un tercero en discordia que nos esclavice”. También el 13 de marzo, y con igual finalidad, escribe el Libertador al caudillo oriental José Artigas. A éste le dice: “Me hallaba en Chile acabando de destruir el resto de maturrangos que quedaba como se ha verificado e igualmente aprontando los artículos de guerra necesarios para atacar a Lima, cuando me hallo con noticias de haberse roto las hostilidades por las tropas de usted y de Santa Fe contra las de Buenos Aires. La interrupción de correos, igualmente que la venida del general Belgrano con su ejército de la provincia de Córdoba, me confirmaron este desgraciado suceso. El movimiento del Ejército del Perú ha desbaratado todos los planes que debían ejecutarse, pues como dicho ejército debía cooperar en combinación con el que yo mando, ha sido preciso suspender todo procedimiento por este desagradable incidente. Calcule usted, paisano apreciable, los males que resultan, tanto mayores cuanto íbamos a ver la conclusión de una guerra finalizada con honor y debido sólo a los esfuerzos de los americanos”. Manifiesta después San Martín que, de acuerdo con las informaciones por él recibidas tanto desde Cádiz como desde Inglaterra, de un momento a otro debe llegar a Buenos Aires una expedición española formada por 16.000 hombres y que muy poco le preocuparía esta real amenaza si los compatriotas estuviesen unidos. Mas por no ser así, y para lograrlo, teniendo por único propósito el bien y la felicidad de la patria, el gobierno de Chile ha enviado una comisión para que medie entre las facciones en lucha con el fin de que transen las diferencias existentes. Y concluye su instancia con palabras muy similares a las utilizadas en la carta que con igual fecha y por igual motivo envía a Estanislao López: “Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón. Paisano mío, hagamos un esfuerzo, transemos todos, y dediquémonos únicamente a la destrucción de los enemigos que quieran atacar nuestra libertad. No tengo más pretensiones que la felicidad de la patria. En el momento que ésta se vea libre renunciaré el empleo que obtenga para retirarme; mi sable jamás se sacará de la vaina por opiniones políticas, como éstas no sean en favor de los españoles y de su dependencia”. Al analizar esta intervención del Libertador en la crisis política desatada en el ámbito rioplatense, comenta lúcidamente uno de sus biógrafos: “Esta actitud de San Martín ante los caudillos del Litoral ha de contarse sin ambages entre las decisiones más notables de su intervención en el problema político argentino y por ello corresponde señalar su trascendencia en la crisis final del régimen y medirla por la significación nacional de quien tuvo la extraordinaria entereza de producir un acto que era una clara definición histórica. Por mucho que San Martín estuviera vinculado al equipo gobernante; por más que compartiera la responsabilidad de sus planes como gran dirigente de la Logia, y por poco que le gustara, según expresó más de una vez, la solución federativa, no pudo permanecer indiferente ni sordo ante la guerra civil, ni su visión penetrante de las cosas podía dejar de advertir la realidad y características del drama político y social que se estaba desarrollando en su tierra y que los ideólogos se empeñaban en no ver. Por eso hizo cuestión de patriotismo al promover y favorecer la mediación chilena entre los partidos en lucha. E hizo más: desahució rotundamente a quienes contaban con el prestigio de su espada para dirimir la contienda”. Pocos días después de haber enviado San Martín el 13 de marzo las cartas antes recordadas a López y Artigas -cartas que no habrían llegado a sus destinatarios por haberlas interceptado tropas directoriales en la frontera de Córdoba-, el 9 de abril se acordaba entre Estanislao López y el jefe gubernista Juan José Viamonte un armisticio que siete días después se ratificaría en San Lorenzo. Al ser informado por Belgrano del acuerdo, San Martín le respondía el 17 de abril: “Este pueblo (el de Mendoza) ha recibido el mayor placer con su noticia, esperanzados en que se corte una guerra en que sólo se vierte sangre americana.” Los dichos de San Martín a López y Artigas no son el fruto de una opinión circunstancial ni son dictados por el afán de ganarlos con engaño para su causa. Para él, la unidad del frente interno es requisito indispensable para luchar contra el gran enemigo, y si algo resultará imperdonable será que se ponga en riesgo la causa de la libertad por el mero afán de enfrentarse un americano con otro por simple espíritu faccioso. Porque tal fue siempre su convicción, en su momento condenó severamente a quienes, buscando sacar ventajas en lo interno, habían hecho posible la derrota de Rancagua y con ello, la pérdida de la incipiente libertad lograda por la Patria Vieja chilena. También llevado por este principio, escribirá con una violencia inusual en él a Riva Aguero cuando éste, insolentemente, poco menos que le exige su retorno al Perú, le demanda equivocadamente el cumplimiento de la promesa que el Libertador había hecho a los peruanos, promesa, sí, pero subordinada no a los avatares de la lucha fratricida, sino a razones más fundamentales. Dirá entonces el Libertador: “Pero ¿cómo ha podido usted persuadirse de que los ofrecimientos del general San Martín -a los que usted se ha dignado contestar-fueron jamás dirigidos a un particular y mucho menos a su despreciable persona? ¡Es incomprensible su osadía grosera, al hacerme la propuesta de emplear mi sable con una guerra civil! ¡Malvado! ¿Sabe usted si éste se ha teñido jamás en sangre americana? Y me invita a ello usted, al mismo tiempo que la gaceta que me incluye del 24 de agosto proscribe al Congreso y lo declara traidor, al Congreso que usted ha supuesto tuvo la principal parte en la formación: sí, tuvo usted gran parte, pero fue en las bajas intrigas que usted fraguó para la elección de diputados y para continuarlas en desacreditar por medio de la prensa y sus despreciables secuaces, los ejércitos aliados, y a un general de quien usted no había recibido más que beneficios, y que siempre será responsable al Perú de no haber hecho desaparecer a un malvado cargado de crímenes como usted...”. Duros son los términos empleados por San Martín en su carta a Riva Agüero, mas se corresponden -no en cuanto a la violencia verbal, pero sí en cuanto a la idea que les da origen- con una conducta que fue en él norma de vida: no intervenir jamás en las contiendas internas y no disculpar a quien osara arriesgar la causa de la independencia americana para dar satisfacción a menguados intereses.

Ningún período en la vida del Libertador fue más indicativo de la firmeza de su espíritu americanista que el corrido entre su entrevista con Bolívar en Guayaquil y su salida del Perú despojado ya de la pesada carga del Protectorado. Fue en ese crucial momento de su vida cuando demostró con hechos encarnados en su persona cuanto había sostenido desde siempre. Con el comienzo de 1822 se hizo evidentísima la necesidad de una cooperación militar entre las tropas que, respectivamente, mandaban Simón Bolívar y José de San Martín para lograr el triunfo final sobre quienes se oponían a la independencia de América y a su definitiva constitución política. Por ello, luego de aprobar el envío de parte de sus tropas al Ecuador para ayudar así a las mandadas por Sucre, San Martín se decidió en febrero a entrevistarse con Bolívar, quien había anunciado su propósito de ir a Guayaquil. Cuando se aprestaba a partir de Lima, San Martín explicó públicamente las razones de su viaje con estas palabras:

“La causa del Continente Americano me lleva a realizar un designio que halaga mis más caras esperanzas. Voy a encontrar en Guayaquil al Libertador de Colombia. Los intereses generales del Perú y de Colombia, la enérgica terminación de la guerra y la estabilidad del destino a que con rapidez se acerca la América hacen a nuestra entrevista necesaria ya que el orden de los acontecimientos nos ha constituido en alto grado responsables del éxito de esta sublime empresa”. La entrevista que no pudo efectuarse en esta ocasión se haría meses después, entre el 25 y el 27 de julio de 1822. Y como en ella no se llegó al gran acuerdo deseado por San Martín para favorecer la rápida conclusión de la lucha por el definitivo triunfo de la causa americana, el vencedor de Maipú resolvió inmolarse, abnegarse, para que el objetivo se alcanzara. Inútil es, nos parece, seguir rodeando a la entrevista de Guayaquil de un halo de misterio que no se compadece ni con la realidad de los hechos ni con cuanto puede razonarse sobre la base del sentido común y de una afinada perspectiva política. Cuanto se trató entre los dos libertadores está suficientemente explicado en la carta que San Martín envió a Bolívar desde Lima el 29 de agosto de 1822 y cuya copia, facilitada por aquél, publicó en 1844 el marino francés Gabriel Lafond de Lurcy en su libro “Voyages autour-du monde et voyages célebres. Voyages dans les deux Ameriques.” Mas si para muchos resulta discutible la autenticidad de este documento , publicado cuando aún vivía San Martín, se convendrá en que lo allí afirmado es exacto porque coincide en sus líneas fundamentales con lo expresado por San Martín en la carta que remitió desde Bruselas, el 19 de abril de 1827, al general Guillermo Miller, quien para la redacción de sus Memorias habíale requerido datos sobre la famosa entrevista. “En cuanto a mi viaje a Guayaquil - manifiesta San Martín a Miller-, él no tuvo otro objeto que el de reclamar del general Bolívar los auxilios que pudiera prestar para terminar la guerra del Perú: auxilio que una justa retribución (prescindiendo de los intereses generales de América) lo exigía por los que el Perú tan generosamente había prestado para libertar el territorio de Colombia. Mi confianza en el buen resultado estaba tanto más fundada, cuanto el ejército de Colombia después de la batalla de Pichincha, se había aumentado con los prisioneros y contaba 9.600 bayonetas; pero mis esperanzas fueron burladas al ver que en mi primera conferencia con el libertador me declaró que haciendo todos los esfuerzos posibles sólo podría desprenderse de tres batallones con la fuerza de 1.070 plazas (N. del A.: en realidad, 1.700). Estos auxilios no me parecieron suficientes para terminar la guerra, pues estaba convencido de que el buen éxito de ella no podía esperarse sin la activa y eficaz cooperación de todas las fuerzas de Colombia: Así es que mi resolución fue tomada en el acto creyendo de mi deber hacer el último sacrificio en beneficio del país. Al siguiente día y a presencia del vicealmirante Blanco, dije al Libertador que habiendo convocado al Congreso para el próximo mes, el día de su instalación sería el último de mi permanencia en el Perú, añadiendo: “Ahora le queda a Ud. general, un nuevo campo de gloria en el que va Ud. a poner el último sello a la libertad de la América. Yo autorizo y ruego a Ud. escriba al general Blanco a fin de ratificar este hecho. A las dos de la mañana del siguiente día me embarqué habiéndome acompañado Bolívar hasta el bote, y entregándome su retrato con una memoria de lo sincero de su amistad. Mi estadía en Guayaquil no fue más que de 40 horas, tiempo suficiente para el objeto que llevaba”. Y conociendo la sinceridad con que perpetuamente obró San Martín, no puede caber la menor duda de que durante la entrevista , como se lee en la denominada Carta de Lafond, ofreció a Bolívar servir a sus órdenes con las fuerzas a su mando. Resultando imposible conseguir del libertador de Colombia los auxilios que había ido a demandarle, San Martín propuso durante la entrevista la unión de los ejércitos con la conducción bolivariana. Esto se conjuga perfectamente con el pensamiento sanmartiniano expuesto en la antes recordada carta a Artigas: “Paisano mío, hagamos un esfuerzo, transemos todo, y dediquémonos únicamente a la destrucción de los enemigos que quieran atacar nuestra libertad”. Cuando San Martín retornó a Lima, su decisión, la gran decisión, estaba tomada. Y acordada consigo mismo, en lo más íntimo de su conciencia, aún al margen de los hechos que por entonces ocurrían en el Perú, entre los que no era el de menor cuantía la deposición de su ministro Monteagudo, producida el 21 de julio, el día precisamente en que él había llegado a Guayaquil. El 20 de septiembre de 1822 se realizó la solemne instalación del Congreso Peruano -ante cuyos miembros el Protector se despojó de los atributos materiales del mando- y por la tarde, acompañado por el fiel amigo Tomás Guido, San Martín se marchó a la quinta de La Magdalena, en las cercanías de Lima. Caía la noche cuando el Libertador participó a su confidente el propósito de embarcarse pocas horas después y dirigirse a Chile. Desconcertado y afligido, casi en el límite de la desesperación, Guido intentó disuadirlo argumentando que reputaba fatal la decisión para la lucha por la independencia americana y la libertad de los pueblos. El héroe, profundamente conmovido y con palabra emocionada, respondióle así: “Todo lo he meditado, no desconozco ni los intereses de América ni de mis deberes, y me devora el pesar de abandonar camaradas que quiero como hijos y a los guerreros patriotas que me han ayudado en mis afanes: pero no podría demorarme un solo día sin complicar mi situación: me marcho. Nadie, amigo, me apeará de la convicción en que estoy de que mi presencia en el Perú acarrearía peores desgracias que mi separación. Así me lo presagia el juicio que he formado de lo que pasa dentro y fuera de este país. Tenga usted por cierto que por muchos motivos no puedo ya mantenerme en mi puesto, sino bajo condiciones decididamente contrarias a mis sentimientos y a mis convicciones más firmes. Voy a decirlo: una de ellas es la inexcusable necesidad a que me han estrechado, si he de sostener el honor del ejército y su disciplina, de fusilar algunos jefes; y me falta valor para hacerlo con compañeros de armas que me han seguido en los días prósperos y adversos”. El bueno de Guido intentó refutar lo escuchado arguyendo que para no llegar a derramar sangre, bien podíase alejar de las filas castrenses a los indignos, contándose para ello con el apoyo fervoroso de los soldados y de la mayoría de los jefes y oficiales. “Bien aprecio -dijo los sentimientos que acaloran a usted; pero en realidad hay una dificultad mayor que yo no podría vencer, sino a expensas del país y de mi propio crédito, y a tal cosa no me resuelvo. Lo diré a usted sin doblez: Bolívar y yo no cabemos en el Perú, he penetrado sus miras arrojadas, he comprendido su desabrimiento por la gloria que pudiera caberme en la prosecución de la campaña; el no excusará medios, por audaces que fuesen, para penetrar a esta República seguido de sus tropas, y quizá entonces no me sería dado evitar un conflicto a que la fatalidad pudiera llevarnos, dando así al mundo un humillante escándalo.

Los despojos del triunfo, de cualquier lado a que se inclinase la fortuna, los recogerían los maturrangos, nuestros implacables enemigos, y apareceríamos convertidos en instrumentos de pasiones mezquinas. No seré yo, mi amigo, quien deje tal legado a mi patria, y preferiría perecer antes de hacer alarde de laureles recogidos a semejante precio. ¡Eso no!, entre tanto puede el general Bolívar aprovechar de mi ausencia; si lograse afianzar en el Perú lo que hemos ganado, y algo más, me daré por satisfecho: su victoria sería, de cualquier modo, victoria americana”. Y enseguida repitió con insistencia: “No, no será San Martín quien contribuya con su conducta a dar un día siquiera de zambra al enemigo, contribuyendo a franquearle el paso para saciar su venganza”. Sí, San Martín se iba, mas no como quien hurta el bulto, sino como quien hace con esa ida un supremo acto de servicio. Por eso deja escrita y dirigida al pueblo peruano una despedida pública que, a pesar de su laconismo, irradia en plenitud la grandeza de su decisión: “Presencié la declaración de la independencia de los Estados de Chile y del Perú. Existe en mi poder el estandarte que trajo Pizarro para esclavizar el imperio de los Incas, y he dejado de ser hombre público: he aquí recompensados con usura diez años de revolución y de guerra. “Mis promesas para con el pueblo en que he hecho la guerra están cumplidas: hacer su independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos. “La presencia de un militar afortunado, por más desprendimiento que tenga, es temible a los Estados que de nuevo se constituyen; por otra parte, ya estoy aburrido de oír decir que quiero hacerme soberano. Sin embargo, siempre estaré pronto a hacer el último sacrificio por la libertad del país, pero en clase de particular, y no más. “En cuanto a mi conducta pública, mis compatriotas -como en lo general de las cosas- dividirán sus opiniones; los hijos de éstos darán el verdadero fallo”. La posteridad ha dado largamente su fallo. Por encima de argumentaciones sectarias o de estériles polémicas seudoeruditas, el pueblo americano y la historia consideran hoy la salida de San Martín del Perú como un acto de abnegación realizado en aras del definitivo triunfo de la causa independentista.

 
     
 
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